jueves, 7 de julio de 2011

La clave Perec

Edgar Borges (Desde Gijón, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Mi amiga Mónica me lo advirtió la semana pasada: Georges Perec entra todos los viernes a Pizarra Café y luego desaparece. ¿Georges Perec, el escritor francés que murió en 1982? ¿Pizarra Café, el local de la plaza de la Catedral en Oviedo?, le pregunté asombrado más por temer que se hubiese vuelto loca que por creer cierta su información. Sí, aseguró molesta, quizá por la duda. Cada viernes, a las seis de la tarde, Perec entra en ese café y desaparece. Hoy no pienso dejar que se me escape.

Y ahora que tengo a Mónica enfrente, justo delante de la biblioteca donde se asoman mis libros de Georges Perec, sospecho que a mi amiga le afectaron nuestros juegos en torno a la lectura de la obra del autor de 'La vida instrucciones de uso'. O acaso su comportamiento sólo sea un juego más, pero mejor elaborado. A Mónica nunca le ha interesado ser escritora; desde que la conozco (hace más de diez años) su única ambición literaria es la lectura juego; nuestra amistad ha coincidido en el gusto por la particularísima escritura de Georges Perec, el autor que creyó en la combinación de elementos (inventarios, observaciones, paseos, rompecabezas, recuerdos) para hacer infinito el juego de la literatura. La inventiva de Perec es la prueba de que la escritura no tiene por qué ser ni aburrida ni superficial, que son los dos extremos que cruzan quienes le temen al sutil brillo de la inteligencia. Todo eso (y más) es cierto; Perec es el máximo divertimento literario, pero sólo una ilusión óptica o un juego podría ser la causa para que alguien lo diera por vivo.
Y por una absurda solidaridad voy por la plaza de la Catedral rumbo a Pizarra Café, tras los pasos de Mónica. Ella lleva en mano el libro (de mi biblioteca) 'El arte de abordar a su jefe de servicio para pedirle un aumento' (brillante artículo que Perec escribió para una revista y que por vez primera publicó, en español, la editorial La uña rota), con el propósito de que se lo firme el autor.

En Pizarra Café, jueves y viernes son días de conciertos de jazz ('Me acuerdo de que Caravan', de Duke Ellington, era una rareza discográfica y de que, durante muchos años, supe de su existencia sin haberla escuchado jamás. Del libro 'Me acuerdo', de Perec). En esta ocasión el jazz tiene color latino, Mónica me dice que se trata de Alfonso Vega Latin Quartet. Los músicos hacen un alto, los aplausos agradecen la interpretación. Mónica y yo nos sentamos en la barra. Ella pide un irlandés y yo un zumo de naranja, no quiero dar motivos para visiones extrañas. Pizarra Café tiene un ambiente ideal para decorar espacios literarios mentales; desde las paredes nos saludan los rostros (fotografiados) de Charles Chaplin, Luis Buñuel, Jorge Luis Borges y Woody Allen; en el escenario hay una pizarra con tiza y borrador para que quien guste coloque su opinión. El propio dueño del local, José Ángel Fernández, invita a la gente a filosofar: «Así me surgió la idea del Pizarra Café: crear un sitio donde cualquier persona que lo desee pueda expresar y escribir lo que quiera. Filosofar, crear, expresar sus ilusiones, sus decepciones». Y si al ofrecimiento le sumas las ensaladas (Catedral, Mediterránea, Cesar`s, Pizarra, Americana, Griega, Gourmet y Cogollos), lo más probable es que te anotes en las mil y una tertulias de la noche. Un chico con rostro de poeta expulsado de la sociedad escribe en la pizarra: «Estamos en el hotel Oscar Wilde. Hace buen tiempo. La organización es perfecta. Todo el congreso os manda recuerdos cariñosos». El participante regresa a su mesa y me deja entre preguntas. ¿Esa no es una de las doscientas cuarenta y tres postales de colores auténticos que clasificó Perec? ¿Acaso ese chico no formará parte del juego de Mónica? Tal vez aquella frase sea la clave Perec para iniciar el infinito juego de las combinaciones (como en los números, el límite de posibilidades sólo existe en la mente del jugador). Mónica se levanta, deja el libro en su asiento y ante los ojos de todos se acerca a la pizarra. Y escribe un poco más abajo del anterior mensaje: «¿Cómo pedir un aumento al jefe en tiempos de crisis?» Tomo un largo trago de zumo, agarro el libro, camino hacia la pizarra, le paso al lado a mi amiga, busco la página 95 y escribo (sin comas, sin pausas, sin límites, como construyó el artículo Perec): «Tras haber reflexionado seriamente tras haber sacado fuerzas de flaqueza usted se decide a ir al encuentro de su jefe de servicio para pedirle un aumento usted va pues al encuentro de su jefe de servicio digamos para simplificar porque siempre hay que simplificar que se llama señor Xavier es decir señor o mejor sr x así que usted va al encuentro del sr x y ahí una de dos o bien el sr x está en su despacho o bien el sr x no está en su despacho si el sr x estuviera en su despacho aparentemente no habría problema pero evidentemente el sr x no está en su despacho.» Dos palmaditas en mi espalda interrumpen mi delirio de copista frenético. Una señora, con amable exigencia, pide su turno. Le entrego la tiza y me aparto a un lado sin quitarle la vista a la mano y al escrito de la mujer: «.y si él tarda un poco usted irá a conversar unos instantes con la srta yolande si es que la srta yolande no está en su despacho si la srta yolande no está en su despacho usted dará una vuelta por las distintas secciones cuya totalidad constituye el todo o una parte de la organización donde usted está empleado digamos mejor de la organización que lo explota a usted después usted volverá a probar fortuna un poco más tarde puede ser que incluso entonces el sr x no esté en su despacho no importa espérelo en el pasillo.» Por mi lado, como un huracán, pasa una chica y borra todas las palabras. Y (como los demás) copia de memoria: «.y a priori no hay ninguna razón para que no levante la cabeza cuando escuche el toctoctoc de usted ni para que no lo invite a pasar y a explicarse ya que en principio es él mismo quien le ha pedido a usted que vuelva hacia las dos y media y es culpa de él y no de usted si son tranquilamente las tres y doce.» Y, con las dos palmaditas de costumbre, pido mi turno, tomo la tiza, cierro el libro, borro y copio una idea para finalizar el juego: Georges Perec nació en París en 1936 y falleció en 1982. En su novela 'El secuestro' nunca aparece la letra E (que en la traducción al español fue la A). Se me antoja pensar que hoy el secuestro de esa letra equivale al secuestro del bienestar laboral. ¿Tiene sentido pedirle al jefe un aumento de sueldo?

Siento dos palmaditas en la espalda, giro y veo al mismísimo Georges Perec. Sí, Perec me quita la tiza, borra mi mensaje y escribe: «Quien abre el juego no lo cierra». Terminada la frase, el hombre de cabello y barba de genio divertido me entrega la tiza y se marcha; mi amiga me arrebata el libro y corre detrás de él. Y pensar que hoy salí decidido a no jugar ni a tomar licor.


Relato que forma parte del libro “Crónicas de bar” (Editorial Milrazones, España 2011).

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