jueves, 28 de julio de 2011

Las agujas de tejer

Yury Weky (Desde Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las agujas de tejer descansan dentro del vaso de cristal. Los libros, descuidados, yacen en las tablas de la biblioteca cubiertos de polvo. El caballete recostado de la pared. A su lado algunos lienzos amarillentos de moho y abandono. Allí la encuentro. Es un cuarto pequeño invadido de cosas, que según ella, cada una es una historia de su vida.
“Si tuviera que elegir a cuál de esas cosas queridas acercarme
para levantarme de esta cama y reanudar mi vida
me resultaría difícil.
Ellas me han dado tareas con las cuales
he llenado espacios de mi ocio.”
En estos días nada la mueve .Una inclemente indiferencia la invade y yace sobre su lecho casi sin movimientos, perdida la mirada. Me responde el saludo sin prisa, sin emoción .Diría que le es indiferente mi visita. La escucho:
“Imágenes aparentemente inconexas desfilan por mi imaginación.

No sabría decirte si sueño o estoy despierta.

La casa, la de mi infancia, siempre aparece .Es una imagen con escenas múltiples, sin relación cronológica pero con formas y sonidos que se articulan aquí en mi pecho. Creo que algo mío se quedó en esa casa y tengo que recobrarlo.

La casa con su techo de zinc, por donde corría cantando el agua de aquellos torrentosos aguaceros de agosto que me salpicaban la cara.

Yo disfrutaba su caída al patio desde la ventana de mi habitación. A ella llegué de tres años.

Al principio la rechazaba porque no había vecinos cerca, por sus días cortos porque la noche llegaba temprano y no había luz eléctrica, pero con el tiempo esa misma penumbra fue haciéndose mágica y yo esperaba el atardecer para escuchar los cuentos de “A” y después cuando tuve quince años para conocer el amor. El cuarto no era sólo mío, pero cuando venía de vacaciones lo sabía propio.

Además la casa me ofrecía tanto espacio que el cuarto no era tan importante. Sentada en el alféizar de su única ventana solía contemplar las tardes pintadas de cantos de pericos y loros y las tareas que realizaban los peones que regresaban del hato.

Conversaban de las cosas del día (que yo escuchaba por casualidad) mientras guardaban las sillas de montar, los sombreros, las sogas, las botas sucias de estiércol de vaca, los sillones de los burros en la casita de bahareque que quedaba frente a mi ventana.

Las mañanas eran olorosas a leche recién ordeñada, a quesos de mano hechos en casa, a arepas de maíz pilado cocinadas en el fogón, a voces de todos los tonos y matices de los campesinos que desayunaban antes de irse al hato o al conuco y contaban historias que me llenaban de inquietud por los muertos y aparecidos que recobraban vida en sus palabras.

Una que otra madrugada me despertaba con los comentarios, en voz baja, de los hombres que sacrificaban una res.

Portando en las manos una lámpara de kerosén se movían tratando de no hacer ruido. Desde mi cuarto escuchaba: trae el animal, amárralo bien, recoge la sangre, ocúpate del cuero , y así aún cuando nunca vi como lo hacían seguía los pasos del ritual que se prolongaba hasta el amanecer.

Por las voces intuía en la penumbra las figuras de los peones moverse con precisión y destreza en la ejecución de la faena.

Adivinaba en la semi oscuridad a mi madre ordenando las tareas de las mujeres de los peones que trabajaban en la casa y de las otras que venían a ayudar cada vez que había que sacrificar un animal y cuya recompensa eran vísceras , cabezas, patas y todo aquello que no se llevaba a la venta .

El tiempo ocurría tan simple que no necesitaba explicaciones.

Todo se hacía respondiendo a necesidades vitales: ordeñar las vacas para tener leche, queso y mantequilla blanca .Matar un animal para tener carne. Ir al morichal para bañarse. Sacar agua del aljibe para las tareas domésticas.

Montar un caballo y sabanear las reses, cambiarlas de lugar.

Visitar el hato por las noches y contemplar la luna y hasta revisar las trampas de los tutueles y el corral donde estaban los becerros.

Venía al rancho de vacaciones .Los días eran cortos para las emociones que reservaban esos agostos arcádicos.

Sol y lluvia .Morichal y sabana. Nunca me interesó como llegaba el dinero ni quien lo administraba.

Tenía todo lo que quería: mis libros y un radio portátil que funcionaba con baterías y en el cual yo escuchaba un programa de la Radio Nacional que me conectaba con Chopin, con Mozart, con Bethoven. Lo demás lo tenía la casa en abundancia: animales, frutas, verduras.

Sin luz eléctrica la casa consumía gasoil, kerosén, gasolina y baterías. Orfeo tocaba su flauta en el morichal y en los patio florecían naranjos, guamos, pomarrosas, mameyes, castaños, cañas, pomalacas, cocos y tantas otras frutas .Un cóctel paradisíaco.

Se cultivaban ocumos, yucas, mapueyes y al frente el jardín de mamá que era todo un pot-pourri de colores y olores. Cuando atardecía “A” insuflaba a sus cuentos brujas, lloronas, duendes y encantamientos que alumbraban esa cabecita mía de cuatro años y que por las noches aumentaban mis miedos.

“A “ se fue cuando Julián vino a vivir a la casa y aún cuando sentí su partida , Julián supo llenar mi interés por otras cosas : los caballos, curar el ombligo de los becerros recién nacidos, revisar el cuajo para los quesos y como le gustaba cantar me llevaba por las noches al potrero y le cantaba coplas y décimas a las vacas y a la luna. En las mañanas me enseñaba a hacer injertos a los limoneros y naranjos... después me castigaba echándome un tobo de leche recién ordeñada porque me negaba a tomarla.

Así que terminaba odiándolo y bañándome en la poza del morichal bajo el cuidado de “R” o “M”. Estas mujeres se encargaban de mí y de las tareas de la casa. Julián fue un personaje controversial, versátil, rudo, estricto, complaciente, cómplice, odiado y admirado.

Registraba en un cuaderno la genealogía de todos los animales y plantas. Llevaba un registro de los partos y de las cosechas. No tenía nivel instruccional, pero, conocía los filósofos griegos, los poetas y la Historia Universal. Además hablaba con propiedad de geografía y versificación.

Escribía versos para mí en la envoltura del palmito que cortaba en el conuco...hacía oraciones y ensalmes en las situaciones de peligro.

Esa casa abre sus puertas algunas noches y yo entro, como si tuviera un salvoconducto que me permitiera penetrarla e ir al encuentro de “A” , de Julián, y todos aquellos rostros queridos que con el tiempo se fueron quedando sin nombres”.
Con dificultad se levanta de la cama .No permite mi ayuda para hacerlo. Toma las agujas de tejer entre sus manos y dice:
“¿Cuáles Dioses enmarañaron los hilos?
¿Quiénes enredaron las hebras confundiendo el punto y los colores?

De esa labor original fue surgiendo un cuadro multicolor de luces y claroscuros a veces impensable. F recobrando autonomía y árboles y adultos y techos viejos y hastío en vacaciones y se fue acabando el hato y los peones se fueron y en la arcadia ya nada es emocionante.

Quiero un niño.

Lo necesito para jugar, para crecer, para compartir.

Oigo voces de la tía Flor y de los primeros vecino.

Eran trinitarios (pero en la casa los llamaban ingleses) tampoco sé que trabajaban pero sí sé de su licor fabricado con las flores de un arbusto que tenían detrás de la cocina, de sus cartas para adivinar el futuro, de su música, sus creencias en brujas que volaban por las noches.

De su casa me atraía la forma de los techos, sus silencios, el cuarto donde tenían velas encendidas, instrumentos musicales, libros, máscaras policromadas y un soberado o desván ...nunca supe qué función le daban . Ellos no eran muy visitados...después desaparecieron. Llegaron otros vecinos que me prestaban libros, revistas y con ellos conocí la Revolución de Octubre y nuevos conceptos: materialismo histórico, explotación, plusvalía, explotación y mi radio portátil empezó a comunicarme con Fidel y con el Che. Las vacaciones se hicieron de miedo y desconfianza.

Había militares, preguntas, vigilancia y hasta persecución a los vecinos. Se fue endureciendo la esperanza y la alegría. Se dio paso a las dicotomías de gobierno y revolución, militares y guerrilleros, perseguidos y perseguidores. Yo estaba con mis vecinos.

Después la aparición luminosa de Corrado que hablaba de música clásica y literatura y su palabra vino a articular el mundo en que vivía. En la casa empezó a escasear la prosperidad, pero entre sus paredes se dejaba colar una luz: la risa de un niño que había venido para quedarse entre nosotros.

Nos mantenía despiertos con su inteligencia y tejía en el alma una nueva historia. Una historia que empezó con amor y con los años se tornó en dolor.

Estas agujas entrelazan hilos que se acaban, se rematan con nuditos por detrás y con nuditos empatamos para seguir tejiendo.

Julián y Flor han muerto dejando dolorosos vacíos en mi pecho. “Ah”, mi cuenta cuentos se lo comió el tiempo. Corrado se fue a Europa, aunque en sueños me visita. El rancho desapareció, mis ideas políticas se fueron en la descreencia y el desencanto . Otros hilos se van incorporando para satisfacer las necesidades de la labor o los caprichos de los dioses que inspiran el tejido.”
Calla por un momento. Me mira fijamente y me increpa:

¿Qué dioses malévolos me robaron mis primeras hebras?
Guardo silencio .Pienso que debo alejarme de allí. Oigo:
“Hilazas...y siempre tejiendo, rematando,
empatando esta gran manta multicolor que me cobija
y que siento es como el salitre que curte la piel,
la endurece y debilita las venas por dentro”
Cierra los ojos. Yo aprovecho ese momento para escaparme de cuarto y aunque sé que volveré a visitarla, en este instante no podría mirarla sin llorar.

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