jueves, 18 de agosto de 2011

¡Ay amor, ya no me quieras tanto!

Armando Orozco Tovar (Desde Bogotá, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Está bien que los hombres tengamos que morirnos, pero las mujeres no.

Alejandro Obregón

El mundo fue construido desde el punto de vista machista cuando se dijo que Dios era hombre. Concepto al que no escapa Bogotá, ciudad que hemos visto crecer y deformarse hasta llegar a ser una megalópolis sin principio ni fin, una urbe a la que se le cambió desde sus orígenes su nombre aborigen de Bacatá por el de Bogotá.

Esta ciudad tampoco desde sus primeros años fue levantada para hacerle posible la vida a los débiles: minusválidos, ancianos, niños, o a las mujeres, las cuales con los años tuvieron que quitarse sus faldas para ponerse pantalones con el fin de poder saltar, subir, correr, caerse, levantarse, trepar por las paredes como gatas porque con sus elegantes y bellas vestimentas era imposible realizar tales hazañas sólo posibles para el hombre araña en una urbe donde era imposible su total seguridad y movilidad.

Así era la metrópoli en que nací y que en parte sigue siéndolo como si tuviera en su enorme pecho de cemento un letrero diciendo: “Sólo para hombres”, como los avisos que hay en las puertas de los baños públicos. La aldea que recuerdo de los años cuarenta, cincuenta y parte de los sesentas del siglo anterior no tenía por ejemplo cafeterías para que las mujeres pudieran tomarse un tinto, refresco, o cualquier otra cosa, porque estos establecimientos sólo aparecieron hacia el año sesenta y ocho. Tampoco existían baños para que ellas pudieran realizar sus necesidades, como si los había para los hombres que dios los proveyó además de manguerita.
No se puede negar que la mujer en la historia ha sido invisivilizada. Yo recuerdo como hace cincuenta años a la Universidad pública no llegaban y mucho menos ocupaban cargos de importancia en la sociedad, puesto que no tenían ni siquiera derecho al voto. Con respecto a la cultura, el arte, la literatura y la poesía permanecían también con contadas excepciones en la más absoluta inopia, aunque algunas asistían a las charlas de arte dictadas por Marta Traba, que llegó a Bogotá de París a mediados de los cincuenta para enseñar lo que era el arte moderno, porque como dijo la poeta María Mercedes Carranza:”Lo que ocurre con la poesía y el arte es que no hemos llegado ni siquiera al siglo veinte y la poesía sirve para confirmar también que la gran mayoría considera que la buena poesía es sinónimo de verso rimado…o sea que no han llegado aún al verso libre y al juego abierto de asociaciones musicales y de conceptos que hayan revolucionado a la poesía.”

La mujer sólo hacia presencia en la vida nacional cuando emprendía luchas por sus reivindicaciones las cuales la favorecieran como fue el poder votar en las elecciones. La mujer hasta entonces si tenía por “des- fortuna” un hijo fuera del matrimonio católico apostólico y romano, era considerada por su familia y sociedad como prostituta.

Un gran número de campesinas llegaban a la ciudad en busca de trabajo sobretodo de Boyacá, empleándose en su mayoría como domesticas para sufrir toda clase de abusos. No se les reconocían prestaciones, ni afiliación al Seguro Social y muchas veces padecían la violación de sus patrones haciendo que terminaran las más de las veces en prostíbulos de la ciudad sin ninguna protección del estado.

El ama de casa debía ser obediente, resignada, piadosa (y piojosa) con capacidad todo terreno para realizar toda clase de oficios viviendo sólo a despensas del marido. No tenía derecho a cesantía ni prestaciones ni mucho menos a pensión, debiendo resignarse a sufrir callada el mito de Sísifo toda su vida.

Lo más grave de esta situación contra la mujer es que no se ha superado el maltrato contra ella, porque como lo recalca un informe de Medicina Legal: “La violencia intrafamiliar es un fenómeno creciente porque entre el 2008 y el 2009 las denuncias pasaron de 71.632 a 75.490, que cada año le cuesta la vida a más de 100 mujeres…”

El poeta argentino Jorge Luis Borges, dijo alguna vez en una entrevista acerca del amor y la mujer, que: “Cuando más rasgos primitivos tienen las sociedades, menos permiten la participación de la mujer y más actos violentos y de discriminación se comete contra ella.” Añadiendo que, “Con el maltrato a la mujer se demuestra que son las instituciones las que están en crisis.” Esto quiere decir que las instituciones colombianas siempre han estado en crisis.

Algunos periodistas se equivocan cuando en sus comentarios demuestran su misoginia al referirse a la violencia contra la mujer, diciendo: “Los hombres que realizan estos hechos contra la mujer no son asesinos, sino hombres apasionados y locos de amor, los cuales la mayoría de las veces pierden la razón por celos”, como ocurrió en días recientes con el caso del director técnico de la selección Colombia de fútbol…

“¡Ay amor, ya no me quieras tanto!” Debía ser la canción de las mujeres colombianas.

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