jueves, 25 de agosto de 2011

China y el incomodo modelo

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Un periodista peruano, que ha estudiado recientemente a la Gigante China, nos ofrece una lectura filosófica, entretenida y futurista de la humanidad, con el atractivo título “El Nuevo Expreso de Oriente”, y sugerentes “Siete ensayos del país emergente”, aporte que amplía las nuevas dimensiones del Modelo Dual, que Latinoamérica aún no lo asimila del todo, no obstante los sucesivos discursos oficialistas como parte del bloque Asia - Pacífico.

Jorge Minaya Vizcarra (Huaraz-Ancash), refuerza sus investigaciones en fuentes académicas de España y luego se traslada a diferentes ciudades de China, y desde allí nos ofrece una mirada didáctica y objetiva, sobre todo para la Comunidad Andina que debería reflexionar mucho más sobre la trascendencia de la unidad geográfica y cultural, como la esencia del “desarrollo sostenible”, para usar la jerga de las multilaterales.

El libro de Minaya, fruto de cinco años de activa participación en la política peruana y colaboraciones de París y Pekín, es un esfuerzo a tomarse muy en cuenta, para comprender el “Modelo Chino”, emprendido por más de 1,300 millones de personas, 56 etnias con preeminencia de la Han, y con 14 países fronterizos. Una primera conclusión: El Gigante Asiático sigue conservando la esencia del pensamiento de Confucio (551-478 A.C.), como la matriz en el proceso mental de la civilización sina, que se sustenta en la idea del “ru” o sus raíces primeras.

El agnóstico Confucio, según las Analectas, “nunca habló de prodigios, hazañas de fuerza, trastornos o espíritus”. Remarcó que la humanidad hay que encontrarla en el prójimo. “No hagas a otro lo que no quieres que hagan contigo”. El gobierno es sinónimo de rectitud. Si el rey es recto, se pregunta: “¿Cómo podría atreverse nadie a ser deshonesto?”.

La sacralización de la élite moral y la percepción de superioridad de los chinos respecto a Occidente, se traduce, por ejemplo, en la respuesta a Jorge III de Inglaterra que, en 1793, la corte de la dinastía Qianlong negó de plano la acreditación ante la Corte Celestial de un representante inglés al frente del comercio, “petición que es contraria a toda la dinastía, y no es posible considerarla siquiera…” y “no atribuye valor alguno a objetos extraños o ingeniosos “ni tengo empleo que dar a los productos manufacturados en vuestro país”, dice la histórica carta.

En el Gran Salto Adelante, que lideró Mao, también estuvo vigente el ideario confuciano, de sacar de la pobreza a la población rural, mediante la rápida industrialización, como lo hacía la Unión Soviética. Pero, el macro estatismo y otros problemas financieros, condujo a una singular autarquía en un mercado interno, el más grande del planeta.

Sin embargo, la tesis maoísta tampoco cercenó el laboratorio de Taiwán, sino lo declaró como parte de “una república, dos sistemas”, al igual que Hong Kong, aspectos que confirman la progresiva visión global del Gigante Asiático.

El sistema administrativo, con organizaciones comunales interdependientes, es parte de esa trilogía indivisible del Partido Comunista, Ejército Popular de Liberación y Gobierno, que se diferencia, claro está, de la democracia occidental, que en las economías subdesarrolladas de América Latina mantienen una presunta separación de poderes.

Deng Xiaoping, siguiendo a Confucio, afirmó ante el Buró Político, que “el poder mientras siga siendo el mismo y obedezca a los mismos, cuál es el temor de que esos mismos reformen económicamente China…“. Fue una sólida argumentación para la transformación gradual, y para romper la distancia con los desarrollados vecinos del Sud Este asiático. Así se consolidó una postura de “cruzaremos el río sintiendo las piedras bajo el agua”, que traduce el sentir de los miles de cantones o comarcas.

La coherencia cultural china sigue vigente. Los inventores de la imprenta, brújula, pólvora, papel y la técnica de las huellas digitales, siempre recorrieron el mundo para seguir impulsando su desarrollo tecnológico. Los alemanes (Los Pioneros 1987, Fundación Ebert, J. Zavaleta) recuerdan a los chinos descansando en los parques de Berlín y Stuttgart, al mismo tiempo que hojeaban páginas de los diarios, tras avisos de empresas en remate o para adquirir novedades como el fax de origen germano, que se viajó pronto a Beijing para universalizarse.

La mayoría de los países mejorarían si los gobiernos se concentraran más en proveer servicios públicos esenciales. No es factible mantener una sana competencia entre China y los estados latinoamericanos, donde campea la corrupción (evasión de impuestos, contrabando, narcotráfico)

Los chinos trajeron a los países latinoamericanos los tejidos de seda, los objetos de porcelana, las artesanías y otros productos. También tradiciones y hábitos culturales. Mientras tanto, de regreso, los galeones de Manila, llamados también Naos de China, introdujeron a China las monedas de águila de México, el maíz, la patata, el tomate peruano, el cacahuete, el boniato y el tabaco, contribuyendo a la promoción del desarrollo financiero.

A América Latina llegaron los chinos para cultivar cañaverales y arrozales. Y en las ciudades crearon bodegas, peluquerías, chifás y otros pequeños negocios, para convertirse, sin prisa, en los personajes más representativos y amigables de los barrios y pueblos. Pero actualmente, economías como la peruana, ven con buenos ojos exportar minerales pero no enfrentar la competencia con otros productos.

La respuesta es muy clara. Los estados de la región son muy débiles y corruptos. Vemos, por ejemplo, las fronteras del Altiplano peruano-boliviano y chilenas, por donde ingresan cientos de toneladas de prendas de vestir, presuntamente de China, que van destruyendo la producción de las calceteras o tejedoras de las comunidades alto andinas, quienes arañando pajonales e ichu, crían alpacas y llamas sin posibilidades de acceder al mercado local y menos al exterior. Esta competencia desleal para sus textiles, junto a la minería informal, son aristas de la extrema debilidad de una gran parte de Sudamérica.

Ahora, China convertida en una potencia que se disputa la primacía con EEUU y Europa, recuerda una vez más que el milagro radica en la Educación, que según Confucio “es el sustento del bienestar y está en el corazón de la felicidad”. Pero las oligarquías locales de Latinoamérica solo se miran el ombligo, incómodas por la irreversible globalización, y aceptan parcialmente el modelo chino, siempre y cuando la competencia externa no les produzca mella alguna.

Las causas y razones de esta conducta tienen diversas explicaciones. La poética de José Martí recuerda que “el aldeano vanidoso cree que el mundo es su aldea y que el éxito en la vida está en arrebatarle la novia al vecino”. Y el Nobel Joseph Stiglitz, crítico del sistema financiero internacional, remarca que el FMI no ha cumplido su misión en sus cincuenta años de vida. Supuestamente debía aportar dinero a los países que atraviesan coyunturas desfavorables para permitirles acercarse nuevamente al pleno empleo. Y recuerda mucho a los jóvenes chinos por su especial talento y preocupaciones muy claras frente a cualquier tecnócrata de un Banco Mundial, de Reconstrucción de Europa, del Interamericano de Desarrollo o de la OMC.

El Modelo de China plantea a la academia y a los políticos el reto de un trabajo para abogar por un mundo sin pobreza. Hacer todo lo que posible en los países desarrollados a favor de los intereses e inquietudes del mundo subdesarrollado. Los países subdesarrollados presentan dificultades muy superiores a las de los países más desarrollados, pese a la crisis que hoy aflige a gran parte del globo.

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