martes, 9 de agosto de 2011

Cine clásico: Agua (2005)

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

NACIONALIDAD: India
GÉNERO: Drama
DIRECCIÓN: Deepa Mehta
PRODUCCIÓN: David Hamilton
PROTAGONISTAS: Sarala Kariyawasam como Chuyia
Seema Biswas como Shankuntala
Lisa Ray como Kalyani
John Abraham como Narayan
GUIÓN: Anurag Kashyap
Deepa Mehta
FOTOGRAFÍA: Gilles Nutgens
MÚSICA: Mychael Danna
DURACIÓN: 114 minutos

A Gabriela Elena Restrepo Lodoño, que tanto
deseaba saber que pensaba yo de este filme.

Siempre que me enfrento a problemas de otras culturas, me surge algún escrúpulo de conciencia, con respecto a si tenemos, los pertenecientes a mentalidades diferentes, derecho a juzgarlas o dar algún juicio de atribución, en torno a si son buenas o malas.

En principio, como defensor de los Derechos del Niño, creo que no existe, ninguno a privar de libertad a un niño, en lo que toca con su desarrollo subjetivo, de tal forma, que la condena a una niña, casada en un matrimonio de conveniencia, con enfermo a punto de morir, para quedar viuda al día siguiente, para a su vez quedar condenada a vivir en un ahsram miserable en la India, para que con su penar, liberar de parte de su karma al hombre con el que fue ligada, es algo aberrante, que choca con nuestra sensibilidad y nuestros principios éticos.

Lo cierto del caso es que también repugna a una india, con la capacidad estética de Deepa Mehta, a la que sus compatriotas hindúes podrían considerar una mujer occidentalizada puesto que, desde los veintitrés años, ha tenido estrecho contacto con la cultura canadiense. Pero tal vez, a la manera de Joan Manuel Serrat, esa distancia pueda permitirle declarar:

De lejos, dicen que se ve más claro, que no es igual quién anda y quién camina.

Así; ella misma cuestiona la cultura que la vio nacer cuando se enfrenta a todo un acto de injusticia, cuando observa a una anciana viuda en la Ciudad Santa de Benarés, en el norte de la India, doblada sobre su cuerpo arrugado por los años, con el cabello blanco rasurado, quien iba en cuatro patas, mientras buscaba con desespero un objeto perdido, sus gafas, sin que nadie hiciese caso de su necesidad y de su angustia, ni siquiera cuando se pusiera a llorar, una imagen que se quedaría grabada en la mente de la directora, para germinar en el guión de esta película.

Mientras la realizadora paseaba por las orillas del Ganges, pensaba en todas aquellas viudas hindúes, condenadas a una vida de privaciones, por causa de una tradición dañina contra las mujeres mismas, sin que ellas levantaran una voz de protesta, por temores profundamente arraigados de poner en tela de juicio sus creencias y las escrituras sagradas.

Y un alma grande, como la de Mahatma Gandhi, hombre profundamente religioso, se convertiría en una luz de esperanza para Shantala y Chuyia, como instrumento para poder romper la condena de la chiquilla, el personaje principal de su historia.

Pero, la posición religiosa del líder hindú era otra cosa, ya que él más que identificar, a la manera de los fariseos de tiempos de Cristo, la religión con la tradición, era un buscador de la verdad, más allá de los cultos, puesto que él considera que éstos eran cosas personales, individuales, en el macrocontexto de un Estado que debería ser laico y con libertad de credos.

De esa manera, Mahatma Gandhi no era un sectario, ni un fanático, ni un hombre con puntos de vista estrechos; si profesaba el hinduismo, la religión mayoritaria de su país, de igual manera se relacionaba con cristianos, judíos y musulmanes, con diferentes creencias, con un real espíritu de tolerancia, sin fomentar odios entre los distintos fieles para evitar derramamientos de sangre, aunque de una manera paradójica, moriría abaleado por un fanático hinduista.

Y esta alma grande es la que influye poderosamente en la conciencia de uno de los protagonistas de Agua, Narayan, joven abogado idealista, a pesar de ser hijo de brahamanes, la casta social más alta de la India, siempre dispuesto a rechazar los límites impuestos por una tradición establecida desde hacía siglos, quien introducirá un contrapunto en el relato de Deepa Mehta, cuando en los diálogos de la película, lo oímos expresarse, ante la abnegación con el destino impuesto de su amada Kalyani, quien termina suicidándose en la orillas del Ganges:

- Y ¿Quién decidirá lo que es bueno y lo que no?

Pareciera ser que una nueva moral se hacía necesaria: una nueva moralidad, en la que el honor no estuviera basado en la obediencia, sino en algo más allá de lo que supuestamente impone la fe; eso lo constituye en un hombre rebelde ante los fanatismos religiosos, de una forma más consciente de como llegara a serlo Shalman Rudie, el autor de Los versos satánicos, víctima, a su vez, del fanatismo islámico, quien declarara de esta película:

Agua (Water) de Deepa Mehta es una película magnífica.

El reparto coral de mujeres en la casa de viudas es excepcional: intimistas, dolidas, heridas, envidiosas, corruptas, tiernas, duras.

El fluido lirismo de la cámara contrasta extrañamente con las áridas dificultades de las vidas de los personajes.

Es una película con comentarios serios acerca de la aplastante situación vivida por las mujeres sometidas a religiones y dogmas sociales atrofiantes. Tiene la gran cualidad de contar la historia desde el interior de sus personajes y sacar a la luz el drama humano, para conmover el corazón de un modo inolvidable.

Pero los personajes de esta fatalidad, con su poética dura pero necesaria, no son víctimas del Islam, sino de los hinduistas, quienes pretendieron sabotear su realización del último filme de la trilogía de Deppa Mehta, Fuego, Tierra y Agua, una serie de aconteceres que la llenarían de dolor y furia, la al obligarla irse de Benarés, donde pensaba rodarla cinta, hacia Sri Lanka, para evitar las amenazas que se cernían sobre la realizadora y obra.

Tanto Rushdie, como Deepa Mehta, apuestan por una sociedad más libre y civilizada, aunque el primero no duda en criticar el fundamentalismo cristiano de personajes de nuestra historia contemporánea como Tony Blair y George C. Bush, quienes no distan mucho de los verdaderos Ayatolahs, cuando tras la Babel que se formará con los dolorosos acontecimientos del 11 de septiembre, en los que, sin lugar a dudas, pagaron justos, por pecadores, no tuvieron ningún miramiento en lanzar contra Irak la operación Justicia Infinita, tentados por el fruto de Satán, de ser como dioses, en un acto de arrogancia suprema.

Así, tras la historia de esta niña, hay todo un metarelato político, que organiza y explica conocimientos y experiencias, algo que va más allá del mero drama individual y que está inscrito desde una nueva mirada del hinduísmo, religión a la que Mahatma Gandhi nunca renunció, pero sí miró de una forma crítica, cuando de intolerancia se trataba, ya que él había bebido de la fuente inspiradora de dos titanes de la cultura occidental, como lo fueron León Tolstoi, con quien mantuvo alguna correspondencia, y Henry D. Thoreau, el gran teorizador y practicante de la desobediencia civil en los Estados Unidos de América, cuando se negara a pagar impuestos cuando ese país declarara la guerra a México y considerar que los gobiernos no tienen más poder que el que los ciudadanos estén dispuestos a concederles, como lo pensamos los “indignados” de ahora.

Es de ahí, que mis escrúpulos morales, por haberme irritado con la historia de Chuyia, teñidos de relativismo cultural, se desvanezcan, al pensar que todas las culturas debemos cuestionarnos nuestras prácticas y no condenar a las gentes a una vida de miseria, como sucede en esas comunidades, supuestamente de elevación espiritual, mediante el dolor y un ascetismo impuesto, como en los que son sometidas las viudas internadas de la India, en lugares ignominiosos y antihigiénicos, por la imposición de unas castas que no sólo detentan el poder religioso sino también el económico, que pretenden mantener a través de ideologías, en el sentido que Louis Althusser diera a este término en su obra Ideología y aparatos ideológicos de Estado, donde demuestra que éste, como agente represor trata de mantener el monopolio legítimo del Poder y de la fuerza y al postularse como eterno, para lograrlo, acude a instrumentos como la religión, la escuela, la familia, lo jurídico, lo sindical, los medios de comunicación de masas, las letras, las bellas artes, los deportes, en fin, la Cultura, los cuáles representan, en la vida práctica, al Estado sin darse cuenta.

Por ello considero necesario poner siempre en duda las ideologías, las falsas conciencias, que se crean, y hacerlo desde un espíritu crítico, como sujetos, más que individuos, que cuestionen su sociedad, sin perderse, ni alienarse en ella, en procura de romper con la forma en que esos lazos la mantienen en su punto aunque nada en orden, al procurar una identificación imaginaria con un Estado eterno y redentor.

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