miércoles, 3 de agosto de 2011

El complot

Marcelo Colussi

Mientras fumaba solitaria en algún elegante bar ante su copa de jerez, pasaba revista mentalmente a lo que ella consideraba sus logros. Eso la hacía muy feliz: la sensación de triunfo la embargaba. Eran doce apartamentos. Y además, el título de abogada.

Con 38 años de edad y un capital que rozaba los dos millones de dólares, Gladys se tenía por una persona exitosa. Jamás entraba en consideraciones morales; eso la tenía sin cuidado. Era alguien que buscaba los placeres inmediatos, que no gustaba de reflexionar. Si pensar le diera dinero, sin dudas hubiera pensado; pero como no era el caso, era mejor vivir sin complicaciones. No pensar sino en lo inmediato, en los placeres fulgurantes, ésa era su filosofía. No entendía para qué romperse la cabeza en otro tipo de elucubraciones, por eso prefería lo rápido, lo banal.

Con el paso del tiempo había ido adquiriendo un relativo buen gusto de aristócrata; pero su condición de nueva rica no desaparecía. Si bien hacía todos los esfuerzos por olvidar su origen proletario, su barrio marginal en la infancia, las hambrunas y el piso de tierra, todo eso nunca desaparecía de sus preocupaciones, aunque en la actualidad lo cubriera con lujosas joyas y pródigas cantidades de perfume francés. De todos modos no eran las cuestiones de abolengo lo que la conmovían sino la sensación de poder que le daba el saberse siempre ganadora en lo que se proponía. Haber comprado su título de abogada o haber podido estafar en doce ocasiones a otros tantos incautos la hacía sentir omnipotente. Saber que su tarjeta de crédito tenía facilidades para comprar prácticamente todo lo que quería, la hacía sentirse una diosa.

“Diosa”, justamente, era lo que quería escuchar de boca de su pareja, Daniel; especialmente cuando hacían el amor. Y más aún cuando ella se ponía la peluca rubia, las botas negras con tacón y lo penetraba analmente con el vibromasajeador susurrándole “mariconcito mío”.

Con Daniel se entendía a la perfección. Era él quien la secundaba en todo: ardiente amante, cómplice en las estafas, inteligente para ayudarla a administrar sus bienes. Todo eso hasta le hacía minimizar el hecho que él fuera bisexual. En realidad, ese aspecto no era del agrado de Gladys, pero tampoco llegaba a ser un punto de discordia tan fuerte que impidiera la relación; había entre ellos un equilibrio que iba más allá de esas cuestiones. Si bien Daniel se permitía ocasionales contactos con algún varón, su amor –o interés, o como se le quisiera llamar– era para Gladys. Se entendían, y eso era lo que contaba.

Ninguno de los dos trabajaba en concreto; vivían de las rentas de los apartamentos. Pero era Gladys quien hacía las veces de propietaria. Aunque los bienes estaban a nombre de ambos, Daniel no tomaba las decisiones. El peso recaía casi exclusivamente en la mujer.

–“Hace más de media hora que te estoy esperando”– dijo malhumorada Gladys.

–“Este tráfico de porquería… Hubiera podido llegar más temprano, pero hay unos atascos imposibles”–, se defendió Daniel.

Aunque eran aparatosamente apasionados en privado, en público preferían mostrarse fríos, casi distantes. Un desabrido beso en la mejilla fue todo el recibimiento.

–“¿Qué averiguaste?”–

–“Confirmado: dos están a su nombre”–, dijo Daniel con una sonrisa pérfida.

–“Bueno…, habrá que seguir con el plan entonces”–.

–“Espero que no te termines enamorando de verdad de ese energúmeno”–.

–“Si sabes que soy sólo tuya, mi amor”–, agregó provocativa Gladys.

Juntos habían conseguido ya los doce apartamentos, pero la codicia no tenía límites. Se habían prometido llegar a veinte. Ahora, con la aparición de Eduardo, se les presentaba la ocasión de ampliar el número.

Eduardo acababa de mudarse junto con su madre al mismo edificio en que vivían Gladys y Daniel. Cincuentón soltero, su solo aspecto físico ya denotaba algo de payasesco; escucharlo hablar provocaba hilaridad. Se consideraba inventor. En realidad no trabajaba; era un parásito que vivía de su madre, inmigrante venida al país muchas décadas atrás y que, junto a su esposo ahora muerto, había amasado una considerable fortuna. Dos de los seis apartamentos que poseía los había puesto a nombre de su único hijo. El repetía con orgullo que había inventado un producto químico –un gas que se rociaba en el ambiente: el “Pedol”– gracias al que se podía identificar a la persona que se hubiese permitido lanzar una ventosidad en un espacio cerrado, dado que su invento hacía que la atmósfera en torno al emisor se tornara color anaranjado. El invento había sido patentado, pero nadie quiso industrializar el referido gas, por encontrarlo absurdo (¿para qué serviría identificar al autor de un flato?) En estos momentos, justo cuando se mudó junto con su madre, estaba trabajando sobre un dispositivo que permitiera a los músicos en el escenario pasar las hojas pentragramadas en el atril con un pedal, sin tener que utilizar las manos.

Todo él era absurdo, desquiciado; tanto como sus inventos. La relación con su madre era un calvario, pero Eduardo jamás había contemplado la posibilidad de abandonarla. Nunca había tenido mujer. Descubrir a Gladys le transformó la vida.

A poco de verlos y cambiar las primeras palabras de vecinos, tanto con él como con su madre, Gladys y Eduardo supieron con certeza que ése era un candidato. En más de diez años de “trabajo” y de estar juntos como pareja, habían embaucado a distintos personajes con los más refinados planes. Lo que ahora pergeñaron con Eduardo era novedoso, y quizá más osado que ningún plan anterior: Gladys enamoraría al pobre inventor, incluso se iría a vivir con él de ser necesario, y sin derramar una gota de sangre –como había sido en un par de oportunidades anteriores– lograría que le pusiera los dos apartamentos a su nombre. Luego, consumada esta parte de la estafa, desprenderse de él sería cuestión de detalles.

–“Pero… ¿de verdad que te irías con él?”–

–“Tal como dijimos, mi amor: si es necesario, por un tiempo…Pero ya sabes que es pura actuación. Es sólo para conseguir que firme a mi nombre. Yo te quiero sólo a ti, mi ratoncito, sólo a ti”–.

–“Me preocupa que luego te enamores de él”–.

–“¿Y desde cuándo esos celos? Jamás te dije nada cuando te vas con esos maricones por ahí. Además, en eso habíamos quedado: me hago pasar un corto tiempo por su mujer, hasta que consiga las firmas. Quizá ni siquiera es necesario llegar a hacer el amor”–.

–“¿Y si ese imbécil se enamora? ¿Si le gustas?”–, preguntó casi lloriqueando Daniel.

–“¿Crees de verdad que pudiera pasar? ¿Piensas que no sabría manejar la situación? No, mi amorcito. Quédate tranquilo: el inventor loco es sólo pura diversión. No creo siquiera que se le pare”–.

Pero Gladys se equivocaba. Eduardo, al sentirse seducido por su vecina, respondió con pasión.

La primera en notar los cambios fue su madre, quien desde el primer momento estuvo en desacuerdo con esa relación. A sus ojos, inmediatamente Gladys pasó a ser una “perra sarnosa”, como gustaba gritar escandalosa en el ascensor, bien fuerte, para que todo el vecindario la escuchara. “¡Perra sarnosa que quiere robarme mi hijo!”

Fraguaron una historia propia de telenovelas: Daniel y Gladys comenzaron a presentarse ante sus vecinos cada vez más distanciados, figurando una separación inminente. Por otro lado, un enamoramiento fulgurante de Gladys con Eduardo completó el cuadro. En no más de dos semanas de relación sentimental, el enamorado inventor le propuso que vivieran juntos. Si bien había tenido algún efímero contacto sexual con prostitutas en su juventud, ésta era su primera relación con una pareja como tal en toda su vida, sin tener que pagar. Eduardo estaba excitado, alterado, tremendamente feliz. Por primera vez besaba en la boca a una mujer. Gladys, además, lo apoyaba en sus inventos. Juntos concibieron la idea de un detector de moscas, lo cual, para él, era el máximo de la gloria; y fue ella quien lo alentó para que desarrollara un inodoro musical con termómetro incluido. Ahora tenía mujer, y ésta, contrariamente a su madre, lo apoyaba. ¿Qué más podía pedirle a la vida?

El plan siguió su curso. Daniel, tal como habían convenido, se fue a vivir lejos del edificio para hacer evidente la separación. Se alojó en un hotel. Los costos, naturalmente, eran parte de la inversión: dos apartamentos de doscientos metros cuadrados cada uno en inmejorable ubicación sin dudas lo valían. Gladys, “locamente enamorada”, se instaló en casa de Eduardo.

Lo que más la incomodaba era su suegra, pero también eso era parte de la inversión necesaria para el negocio. Apelando a sus mejores dotes histriónicas, trató de hacer esa relación lo más llevadera posible, por lo que tuvo que tragar saliva en más de un caso. Sabía que no podía permitirse explotar, aunque lo hubiera querido. Soportar a Eduardo hasta le resultaba agradable. Después de todo, era lindo sentirse maestra en la cama, dando clases a un alumno ávido de aprender. Pero con la suegra era distinto. Ella, incluso, sospechaba; y Gladys lo percibía.

Ni Gladys ni Daniel sabían con certeza cuánto tiempo duraría esa situación. Habían calculado –al menos para estipular un tiempo– unos meses, quizá tres o cuatro. Eso, pensaban, debería ser necesario para ejecutar el plan. Se habían prometido no tener encuentros durante ese período; se comunicarían a escondidas por teléfono o por correo electrónico.

–“¿Me extrañas?”–.

–“Por supuesto, mi gatita. ¡Mucho! ¿Y cómo va todo?”–.

–“A la perfección, tal como habías planeado”–.

–“¿Eso qué significa? ¿Qué la estás pasando bien?”–

–“Que tenga que hacer el amor con este zopenco no quiere decir que lo ame, y mucho menos que te haya dejado de amar a ti. ¿O me vas a decir que estás celoso?”–

–“Bueno…celoso, no. Pero no puedo ocultar que no me gusta mucho la idea que el loco se enamore demasiado. ¿Y si eso pasara?”–.

–“¡Tranquilo, hombre! ¿Tú piensas que de verdad yo querría vivir con un estúpido así? ¿Sabes que me dijo el otro día? Que lo que más querría en este mundo es ganar mucha plata con alguno de sus inventos… ¡y donarla para los niños huérfanos! ¡Dan ganas de matarlo y no de cogérselo!–.

–“El está perdidamente enamorado de ti”–.

–“¿Te lo dijo?–.

–“Sí. Tal como habíamos quedado, ya van varias veces que nos encontramos. Hasta creo que el imbécil quiere hacerse amigo mío. Y cada vez que nos vemos no se cansa de alabarte, de decir que eres lo más lindo que le pasó en la vida”–.

–“¿Le crees?”–.

–“Por supuesto. El no es como nosotros; se ve que habla con honestidad. Hasta se le ponen rojos los ojos cuando me cuenta esas cosas. Te ama, Gladys. Te ama mucho… Pero hay un problema”–.

–“¿Problema? ¿Cuál, mi amorcito?”–.

–“Yo también te amo, y me preocupa que te pueda perder”–.

–“Pero eso no va a pasar, tenlo por seguro. Yo también te quiero mucho, y vas a ver que dentro de poco tendremos dos apartamentos más. Es una promesa”–.

Como parte de lo urdido, Daniel debía ser amigable con Eduardo. Demostrando ser alguien de mente amplia, moderno y abierto, no tenía que presentarse como celoso; la idea era no mostrar ningún resquemor contra quien le había quitado su mujer sino, por el contrario, dejarse ver simpático. De ahí que buscó –lográndolo, por cierto– encontrarse varias veces con Eduardo. Si bien le parecía un estúpido incorregible, había algo en su desordenada inteligencia que lo cautivaba.

–“Juega a hacerse el normal”–, se decía.

Pero era honesto. Eso, sin saber con exactitud por qué, era lo que más impresionaba a Daniel. La vez que Eduardo se demoró no más de un cuarto de hora en llegar a la cafetería donde se habían citado y llamó por el teléfono celular en tres oportunidades, avergonzado, para excusarse indicando que ya estaba cerca, hizo que Daniel lo considerara un tipo raro pero confiable. Interesante incluso.

–“Yo jamás hubiera hecho algo así. Es tonto, pero es buena gente de verdad”–.

Secretamente Daniel siempre había deseado estar en pareja con alguien distinto a Gladys. Ella era una vil estafadora que en lo único que pensaba, obsesiva, sin descanso, era en amasar más fortuna. Se entendían aceptablemente bien en ese mundo sórdido del engaño. Todo entre ellos estaba signado por la falsedad, por la trampa, desde la forma en que se “ganaban” la vida hasta las relaciones sexuales que mantenían. Pero Daniel ansiaba otra cosa. Últimamente había comenzado a pensar en la posibilidad de tener un hijo. Si bien no le quitaba el sueño, la idea le interesaba. Pero jamás lo hubiera hecho con Gladys.

–“Seguro que lo termina vendiendo”– reflexionaba sarcástico.

A Eduardo también le gustaba la idea de ser padre. Entre otras confesiones, de eso habló mucho con Daniel. Sentía que la vida estaba comenzándole de nuevo en esta relación con Gladys. Llegó a decir que no entendía cómo siendo ella una persona tan encantadora había podido Daniel terminar separándose. Según sentía, ella era el ser humano más dulce y agradable del mundo.

Sin dudas Eduardo no se equivocaba; al menos en parte. Gladys era una maestra de la seducción, de las apariencias. Lo que se proponía lo lograba, y el histrionismo era su arma principal. Eduardo, un ingenuo que jamás había salido a caminar solo por el mundo, que aún a los 50 años dependía de su madre, encontró en ella una suma casi inagotable de cosas, todas novedosas: alguien que lo quería, que estimulaba sus inventos, mucho sexo. El cambio fue notorio. Su madre, por supuesto, fue la más sorprendida.

Un par de meses después de la “separación” con Daniel, Gladys vivía en aparente felicidad con Eduardo en uno de los apartamentos sobre los que había puesto sus ojos. El único detalle perturbador era la madre de él: Celina.

–“¡Vieja de mierda!... Se me hace que sospecha”–.

Tuvo que hacer esfuerzos indecibles para no pelearse con ella; Celina no era tonta pese a sus más de 70 años, y su intuición le decía que había algo raro en toda la historia. La relación con su hijo era enfermiza; pero viendo la situación actual, que una mujer –“mujerzuela” para su gusto– le estaba robando su “pobre Eduardito”, una mujer llegada de buenas a primeras, con una historia bastante nebulosa a sus espaldas, una abogada que no ejercía su profesión y se la pasaba todo el día encerrada en su apartamento viendo televisión con su flamante esposo o yendo de compras, todo eso no le olía muy bien.

Nada tenía para reprocharle directamente ni a Gladys ni a Eduardo; cuando éste le dijo que estaba enamorado y quería llevar a vivir a la mujer de sus sueños a la casa, Celina no estuvo de acuerdo. Fue en buena medida la seducción ejercida por Gladys la que logró que se le abrieran las puertas. Madre e hijo vivían en una patológica relación donde nadie entraba. Sin dudas la estrategia usada por la supuesta abogada fue efectiva, porque no era fácil romper ese núcleo cerrado; y ella lo logró. La convivencia entre los tres no era mala, más allá de las sospechas de Celina. Gladys, incluso, se mostraba muy atenta con ella, la colmaba de atenciones, de pequeños detalles cotidianos que la reconfortaban. Pero todo eso no lograba ahuyentar sus sospechas.

Eduardo, enamorado como estaba, no desconfiaba absolutamente de nada. Por el contrario, veía en su flamante pareja sólo bondades. Cuando Gladys le propuso que se casaran legalmente, él casi muere de la alegría. La idea de tener un hijo con ella comenzó a rondarle cada vez con más fuerza. Por supuesto, era una idea sólo por parte de él. Gladys jamás se hubiera detenido siquiera a considerar esa posibilidad. Odiaba la maternidad, y después del aborto que tuvo a los diecisiete años se había prometido nunca jamás en la vida concebir un hijo. La oportunidad en que Daniel le deslizó la idea hizo que estuviera riéndose sin parar por más de media hora.

El casamiento legal facilitaba las cosas según el plan urdido. Debía ser un matrimonio legal, debidamente asentado según todos los pases de ley. Eso no le preocupaba a Gladys. Legalmente ella se había casado tres veces, separándose en dos oportunidades, y enviudando en otro caso. Todas esas historias “confusas” –siempre en relación con Daniel– le habían provisto la docena de apartamentos de la que era poseedora. Una historia más –con dos apartamentos como corolario– no le preocupaba demasiado.

Habiendo entusiasmado a Eduardo en la idea del matrimonio, quien debió pelearse fuertemente con su madre para conseguir la autorización, se pusieron en marcha en la concreción del proyecto. Se casarían sin hacer ninguna bulla, sin fiesta, sólo por civil. Había que tomarlo –así forzó la situación Gladys– sólo como un paso administrativo.

–“Lo importante es el amor; los trámites son cosa secundaria”– decía la abogada con cara angelical. Y Eduardo lo repetía extasiado.

Daniel felicitó efusivamente a Eduardo cuando supo la noticia. Maestro en el arte del engaño, tanto o más que Gladys, se mostró alegre con la decisión, y hasta se permitió alentarlo con la idea de la paternidad.

–“Ahora sí que vas a poder tener un hijo”–.

El casamiento no se realizaría en la capital sino en un pequeño pueblo vecino; Gladys tenía ahí sus contactos y ello le resultaba más práctico para llevar adelante el plan. Con cualquier excusa creíble convenció a su futuro esposo y a su futura suegra sobre las conveniencias legales de realizar el trámite en ese poblado. Aunque sin entender bien por qué, aceptaron. Si bien Celina no podía dejar de tener cierta cuota de duda, también ella fue víctima de la seducción de la estafadora.

Daniel, aunque sabía a cabalidad que todo era un montaje bien preparado, no dejaba de tener sentimientos confusos con relación a lo que veía en Eduardo. Llegó a sentir pena por verlo tan estúpido, tan enamorado, tan infantil. Pero al mismo tiempo anhelaba su situación de potencial paternidad. Sabía que Gladys jamás tendría un hijo, ni con él ni con Eduardo. Le gustaba fantasear con la historia que habían tejido y sentir que lo del hijo podría llegar a ser cierto. Hasta imaginó escenarios donde veía a los tres cuidando al bebé.

El jueves Gladys debía ir a G., la localidad donde se llevaría a cabo el casamiento. Ya había establecido los contactos del caso y la esperaban a las 10 de la mañana. Un par de días antes se lo contó a Daniel desde un teléfono público:

–“Pero, ¿estás segura de lo que me estás diciendo?”–

–“Completa y absolutamente segura. ¡Yo nunca me equivoco!”–

–“Vaya, vaya… ¡Qué suficiencia! Pareces argentina. Pero… ¿y si las cosas se complicaran?”–

–“Te repito: ya investigué todas las posibilidades, y casándonos ahí es mucho más fácil que luego pueda anular ese matrimonio. Tengo buenos amigos en ese juzgado. Además, en no más de dos meses ya estará todo listo y con dos apartamentos más. No temas, mi mariconcito, no temas que todo va a salir bien”–.

Temprano en la mañana viajó sola. Manejaba bien. En toda su vida nunca había tenido un choque considerable; sólo pequeñeces de estacionamiento. Los peritos nunca pudieron establecer con claridad la causa del accidente. A pocos kilómetros de M., después de pasar el Hotel Atlanta, se desbarrancó. El automóvil quedó totalmente destruido, y fue un milagro que se la rescatara con vida. Fue necesaria una hora de arduo trabajo para sacarla de entre la carrocería retorcida; la caída del barranco de casi diez metros de altura era para matar a cualquiera. Si no murió, fue providencial. Pero quedó seriamente dañada.

Cuando Eduardo fue notificado por teléfono por parte de la policía, la primera persona a quien acudió no fue su madre sino Daniel. Entre ellos dos se había empezado a desarrollar una relación realmente fuerte, que sin saber cómo ni por qué los iba uniendo más y más. Parecían verdaderos amigos, aunque Eduardo nada sabía del plan que se tejía en torno a su persona. En alguna ocasión Daniel estuvo tentado de contarle sobre su bisexualidad; no con intenciones de llevarlo a la cama, sino de compartir un secreto que sólo a muy pocos le había contado. Si no se decidió fue porque pensaba que eso podía arruinar los ocultos designios que había tramado con Gladys. Pero en verdad lo sentía como alguien a quien, a su modo quizá enfermizo, amaba.

–“El día que se decida a tener un hijo, este va a ser un buen padre”– pensaba Daniel de Eduardo con oculta satisfacción.

Producto del accidente Gladys quedó cuadrapléjica. Y el golpe en la cabeza la afectó severamente en todas sus funciones. En suma: sobrevivió, pero a costa de quedar en estado vegetativo.

Cada uno de ellos, a su modo y con distintas motivaciones, sufrió. Ambos se deprimieron; Eduardo porque perdía a quien le había comenzado a cambiar la vida. Daniel porque dejaba de tener a quien le había acompañado en sus más locas vicisitudes por más de diez años. Pero fue Daniel quien más rápido se reacomodó en términos subjetivos. Pese a seguir estando fascinado con Gladys, a veces la también la odiaba. La perspectiva de su frustrada paternidad se la atribuía enteramente a ella; y ahora, fuera de circulación ella, eso le abría nuevas posibilidades. Adoptar un niño con Eduardo, aunque le parecía algo loco, no lo asustaba.

Fue difícil para todos ir decidiendo cómo darle forma a la nueva situación, pero finalmente lo hicieron. A Gladys la dejaron internada en un geriátrico. En realidad, la abandonaron ahí. Después de haberla ingresado, sólo la visitaron en una oportunidad, el domingo posterior al ingreso. Luego, nunca más.

Celina no resistió lo que estaba viendo y murió de un paro cardíaco. Daniel y Eduardo comenzaron a convivir, no como pareja sino como buenos amigos, en casa de este último –“dos viejos solterones”, se decían–. Daniel abandonó sus correrías homosexuales. Nunca quedó claro si había sexo entre ellos; lo cierto es que cuando consiguieron el tan ansiado hijo buscaron que fuera mujer. La compraron a una jovencita de un barrio marginal por muy poco dinero, asustándola con denunciarla a la policía si intentaba reclamar algo con posterioridad. La llamaron Gladys. Por decisión compartida, el apellido paterno fue el de Eduardo.

Lo que Daniel nunca se atrevió a confesar a nadie es que el accidente trágico de Gladys con el automóvil se debió a su intervención. La noche anterior al viaje fatídico mandó a descomponer el sistema de frenos.

Marcelo Colussi, (Rosario, 1956) escritor argentino actualmente radicado en Guatemala. También ha publicado textos de filosofía política.

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