jueves, 25 de agosto de 2011

El llamador de las ánimas en pena

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El padre había sido cochero de plaza o, como decían algunos, mateo. Hacía los viajes desde la estación del ferrocarril hasta el hotel Universal y también, desde la plaza hasta la “fábrica de velas” regenteada por madame Joliette o detrás de los coupés negros tirados por caballos también negros, en el acompañamiento de algún finado hasta su última morada, como escribía en sus necrológicas el petiso Jaime en el diario El Alba. Algunos de los hijos fueron, luego, dueños de coches de alquiler y después, taxistas.

Pero el Colorado –uno de ellos- dejó de pronto la tediosa y poco remunerativa actividad para hacerse espiritista. No obstante, algo de su antigua profesión le quedaba, porque cobraba según la extensión del viaje y la jerarquía del ánima a convocar. Un suponer, para hablar con Irigoyen, la Madre María o Carlos Gardel, veinte pesos y otro tanto para hablar con Mussolini En el caso de un gringo del campo, ya la cosa variaba porque era en especie: un lechón, cordero o un cajón de Tres Plumas .Si era un pariente lejano o de Europa, quince; para familiar raso, diez pesos y si era algún indigente, dos pesos, una gallina gorda o una docena de huevos. Pero si se trataba del ánima de quien tuvo una mala muerte, el precio subía.

Con el correr del tiempo, invitado por la Organización Mundial de los Espíritus, el Colorado viajó a los Estados Unidos, y en el bar Marconi -centro de sesudas discusiones- algunos dijeron que fue para recibirse de médium, en tanto que otros decían que era para ser del todum.

Una de las familias numerosas y que se había hecho muy creyente era la de Nicolás Faquino, a punto tal que su rancho hubo de convertirse en una especie de templo en el que se celebraban la mayoría de las sesiones. Cada vez que los asistentes golpeaban sus muslos para llamar a los espíritus, el abuelo, acurrucado en un rincón, decía que era el Zenón que venía al galope.

Hasta mi tío Valerico asistió en una oportunidad, cuando creyó que su futura suegra le había hecho un daño, porque al andar seco de vientre la vieja le sirvió té joselín. Él, creyendo que era gualicho, ganó la calle gritando y fue a parar a las sesiones del Colorado, quien le brindó un conjuro consistente en una comadreja picaza -previamente bendecida- la que debía ser colgada al sereno en el brocal del pozo.

Por ese tiempo se mató, cazando, el hijo del gringo Lorenzetti. Este gringo, a quien le decían Galpón por lo grandote, consultó con el Colorado porque según su esposa Abrolinda había oído golpes en el ropero y seguramente era el ánima de su hijo que alguna cosa quería.

La mujer de Nicolás Faquino había barrido con esmero el patio, alhajado el alero con banderitas y unos globitos de colores que tenía desde los quince de la Porota, a más de un trípode de fierro con una palangana enlozada -no se sabía para qué pero quedaba linda- y que, luego recordó, antaño solía usarse para lavarse las patas el veinticinco de mayo o cuando venía el médico. El rancho había sido rodeado por matas de ruda macho para espantar los daños y purificar las almas en pena.

La sala de sesiones era el dormitorio –único- cuya cama hundida en el medio, para el caso, se disimulaba con un cuero de vaca overa que por la marca resultaba ser la misma que le faltó al doctor Tillú. En las paredes de estanteo, unas flores de trapo medio percudidas ya y otros ramitos ignotos, un retrato al pastel de la abuela que hacía una mueca no se sabe si por algún disgusto o por la humedad. La mesa de tres patas -indispensable- colocada en el lugar en el que no se llovía, antaño había sido de cuatro pero estaba chueca y a falta de otra cosa le serrucharon una, equilibrándola con una maceta de apio cimarrón.

Cuando entró Lorenzetti alias Galpón pisando fuerte con esos zapatones, los patria de salir, la habitación parecía más chica, alumbrada como estaba por una vela de sebo que era lo único que las almas permitían viniendo desde la tremenda oscuridad. En la pared izquierda, una especie de telón o biombo de arpillera blanqueada.

Previa revisión de la pieza, por si había algún sapo –sabido que el sapo interfiere- comenzaron las llamadas.

La voz de ultratumba no tenía acento cordobés, pero para el caso se explicaba porque en el cielo se hablaba como en Buenos Aires, sin tonadita. El Galpón Lorenzetti, trémulo, preguntó al ánima del hijo si estaba bien y por qué andaba en pena. La voz le contestó que había quedado así después de habérsele negado esos pesos para comprar el caballo testerilla de don Duarte. El finado le ¡ordenaba! regar el guardapatio con agua bendita y depositar doscientos pesos en un caracú, en la tranquera del camposanto y a las doce de la noche del próximo viernes.

Vaya a saber por qué, las florcitas de trapo tomaron fuego de la vela y esto precipitó las cosas, porque se cayó el biombo y apareció el ánima parlante, que era un porteño que tiempo atrás se había agregado. Fue tal la furia del Galpón Lorenzetti que el Colorado y su agregado el porteño huyeron velozmente para no hacerse, ellos también, ánimas en pena.

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