martes, 9 de agosto de 2011

Él no era él

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La puerta de su apartamento no era la puerta de su apartamento; la vecina no era su vecina; el conserje no era su conserje. Día más extraño el de ese sujeto que a veces juega a no ser él. Y siguió caminando calle abajo, como el observador que todo lo pretende descubrir. En una mano llevaba el cuaderno de apuntes y en la otra el lápiz. Lo más curioso, seguramente para otro observador, era que sus observaciones, en lugar de anotarlas, las dibujaba. Intentar copiar la realidad en un dibujo, aunque estuviera mal hecho, es la forma más cercana que tenemos de jugar a ser pequeños arquitectos de nuestro destino. Esa era su idea de preservación de la memoria.

Y se detuvo en la línea de taxi. Los conductores que esperaban pasajeros no eran conductores; los camareros del café de enfrente no eran camareros; la señora que siempre vigilaba desde la ventana del último piso del edificio de enfrente no era la señora; el gato que le robaba la comida mientras ella curioseaba no era el gato; la chica que cada mañana se cambiaba la ropa con la ventana abierta no era la chica; la calle no era la calle. Siempre sospechó que las personas no eran las personas, pero nunca imaginó que los espacios no fuesen los espacios. Difícil sería seguir la ruta temiendo que la calle no fuera la calle. El gato podría ser una señora sedienta de historias ajenas y la chica un taxista preparándose para buscar pasajeros. Otro tono existencial invadía la noción de su espacio-tiempo. El hombre no tuvo más remedio que seguir adelante, a paso temeroso, intentando siempre ver al frente, sospechando que nunca lograría llegar a su destino, pero tampoco podría regresar. Revisó los escenarios dibujados en su cuaderno. En cada página un rostro extraño y un lugar desconocido. Por un instante dudó si los dibujos fueron ejecutados por su mano y si su mano era su mano (¿cuál de las dos manos era la mano?; ¿dónde estaban los pasajeros que eran pasajeros?).

Y avanzó sin saber exactamente si avanzaba, escapando de un no sé qué, prófugo de sí mismo, sin suelo, sin techo, sin laterales; como un extranjero que llega tarde a la repartición de las identidades. No sabía exactamente si, para resolver el dilema, tendría que pelear con su ayer o con el hoy de los demás (¿y quiénes carajo eran los demás?). Reconocerse o reconocer a los otros, defender su nueva ficción o aceptar la realidad más popular. Ficción contra ficción (¿quién da más por su verdad?). A esa altura de la encrucijada no supo establecer diferencias entre regresar o continuar. Entonces se embarcó en el camino de los desmontajes y con cínica paciencia fue escribiendo lo que en otro tiempo hubiese dibujado: El sol no era sol; el vendedor no era vendedor; el periódico no era periódico; el gobierno no era gobierno; el líder de izquierda no era de izquierda; el sindicalista no era sindicalista; el crítico no era crítico; la librería no era librería; el escritor no era escritor; el lector no era lector; el editor tampoco era editor; su vecino no era su vecino; su vivienda no era su vivienda; su mujer no era su mujer; el niño no era el niño (el juego no era el juego); él no era él. La calle era nueva, él tendría que reinventarse.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.