martes, 9 de agosto de 2011

El traje azul

Ricardo Luis Plaul (Desde Escalada, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Siempre admiró a su padre con veneración. Cuando la mayoría de sus amigos criticaban a sus padres, él comentaba los grandes ideales republicanos que orientaban la vida del suyo. Cansados de su perorata, los muchachos lo dejaban hablando solo junto a la laguna.

En cuanto le salieron tres pelos en la cara, se afeitó la barba pero comenzó a imitar su bigote. Pero dos cosas lo obsesionaban: la voz, que podía ser reconocida de inmediato por cualquiera, y sobre todo, aquél traje azul resplandeciente que su padre usaba en los actos oficiales. La primera enamoraba a las multitudes que acudían en masa a escucharlo. El traje, que cada día parecía estar más nuevo, le daba una distinción única.

Cuando sus padres no estaban, solía encerrarse en su habitación, tomaba el traje “prestado”, y se ponía a leer la Constitución intentando lograr el exacto énfasis en las palabras que a su padre le gustaban resaltar. Subía y bajaba los tonos de voz para alcanzar esos efectos especiales que hipnotizaban a las masas.

Cuando a su padre lo eligieron Presidente de la Nación no lo podía creer. Cepillaba el traje azul todos los días aunque él, que se había mudado a Olivos y alejado de su madre, no lo usaba más.

En el Partido nunca le habían prestado mucha atención. Sólo era el hijo de… cuyo brillo opacaba a su espejo deformado. Siempre lo ningunearon hasta el día en que su padre murió. Aun cuando estaba apenado, sintió la dicha de ser elegido para decir las palabras de despedida en la Recoleta. Ese fue el día en que usó el traje azul por primera vez en público. Su retórica fue brillante y su figura comenzó a crecer, políticamente hablando.

Sin embargo, a medida que cambiaba su discurso y hacía alianzas con los enemigos de su padre; con aquellos que lo habían silbado e insultado y finalmente provocado su alejamiento; el traje comenzó a incomodarlo. Un día el pantalón le apretaba demasiado en la cintura, otro día le acometía una picazón insoportable. Se arrugaba en la espalda, adquiría brillo en los codos y en las rodillas, como si estuviera gastado. Finalmente tuvo que dejar de usarlo.

Llegó por fin el día en que proclamaría su candidatura a Presidente y decidió que, una vez más en aquella única oportunidad, usaría el traje azul.

Después de las presentaciones de rigor y de sus primeras palabras, quienes estuvieron presentes aquella noche, aseguran, que para su asombro, el candidato fue gradualmente desapareciendo y sobre la silla sólo quedó, flamante y erguido, el traje azul.

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