miércoles, 3 de agosto de 2011

La navidad sin Luis

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Lomas de Zamora, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Por el descenso de la oscuridad, y en las inmediaciones del jardín sevillano, se veía llegar el camino de “las trazadoras” que iluminaban el cielo.

Preparativos de una celebración imprecisa que comienza apenas anda diciembre.

Parece ser que el concierto de colores, que estallan en el espacio, con la sensualidad de orgasmos demorados saludan a los globos tradicionales y encendidos, que vuelan rumbo al sur, manteniendo el rumbo, de eso se trata, pese a todo.

Al revés de las golondrinas que, por otras razones, peregrinan desde el norte.

En medio del despilfarro de luces, olor a pólvora y diluvio de corchos, con más o menos abolengo, la navidad parecía una señal no escrita y mucho menos aceptada, mucho menos recordada y reflexionada.

Pero hasta los adalidades cristianos -sobre todo blancos del otro hemisferio- han instalado certezas, para su propio convencimiento, sobre la relación privilegiada que tienen con Dios.

En su nombre han masacrado pueblos (Afganistán, Irak por citar dos) y se les hace agua la boca sobre los que se vienen; genocidios tan negros como los intereses que mueven apóstoles inquisidores de este siglo XXI.

El petróleo todo lo puede y las hermanas (el poder de los poderes) que siguen siendo siete, se abusan del número de Dios.

La brisa con nombre de mujer, Cecilia, se descolgó desde su mirada gris verdosa (mujer con anteojos, mujer que me puede, bah no se debe andar justificando una delicadeza). Ella quería saber todo y con ahínco escucha.

Grave señalador a la hora de presagiar su futuro en la vida.

Trepa los interrogantes, se desliza en preguntas y me pregunta, propietaria de inquietante fijeza; pero el placer de mirarla (por ahora), me absuelve de eludir su curiosidad cristalina.

El vasco no piensa lo mismo. Pero eso ya es histórico entre él y yo. Su desconfianza se nutre de abordajes temerarios, en todos los terrenos y siempre tengo que llevármelo, en la condición que lo encuentre o lo dejen, aunque luego reciba sus andanadas de reproches.

Pero un largo entrenamiento en la sobrevivencia, nos une casi como un fatalismo congénito.

Pese a todo y con la tercera en armonía -jamás podría ser de discordia-, partimos. Tomamos, como siempre y para empezar, conocimiento de la preocupación precisa que traía Yon, a la mesa del pub, de paredes claras, maderas oscuras, parque verde y aromos conocidos.

Naturalmente, conducía el encuentro, narración y detalles. Su tradicionalismo lo traiciona y, por supuesto, me beneficio de ese respeto por los detalles. Es así que las anchoas que llegaban orgullosas, brillosas, por el aceite de oliva, pasaban altaneras frente a las cuentas impagas que registramos los laburantes.

Trabajar y no cobrar parece ser la exégesis y la acumulación de mentiras - para no pagar-, adquieren alturas colosales.

La pimienta blanca maquillaba, conveniente, duros sabores que requerían un vino duro, porque eso de “picar”, a horas desusadas, cuando la gente está en otros aprestos, requiere sabiduría y oportunidad, además de agua mineral para la pareja incierta de la copa de cristal checo.

El pan casero, saborizado, de buen cuerpo, no tanto como el de Cecilia que miraba asombrada el despliegue, pero sin renunciar a probar cuanto se elija, estaba levemente tostado y los cuadrados perfectos, eran portadores de las delicias que se hallaban en aduana.

Finalmente, Shirah fue el sabor decidido por Yon, quien dubitó un tanto –tal vez tres segundos-, antes de elegir el rubí, como color para la charla.

¿Qué pasa? – le dije como para ocuparlo y poder beber, además de mirar a Cecilia, la mejor combinación. Guardé cierta compostura por la respuesta, casi una sajona atención.

- Se trata de la navidad de Luis – respondió lacónico y críptico. Yo, muchas ganas de averiguar no tenía, pero la curiosidad flamante de nuestra acompañante me invistió de adecuada solemnidad.

- ¿Que Luis ... Barrionuevo – tiré como para empezar, ante la posibilidad de una detención oportuna, por su pleito deportivo. -Tal vez Luis “chapita”- quien en la redacción pasó a cobrar el día de Navidad, con la ilusión absurda de que un Papá Noel, borracho se hubiera equivocado y le dejara "la mitad de la mitad", de lo que presumía cobrar.

Una larga galería de Luises, incluido el de León cantautor de queja eterna, se me cruzaron, veloces, dando el presente. Me quedé interrogando, en silencio.

- Luís es el pibe que lava los parabrisas, en Boedo y la avenida, en Lomas, juega equilibrios tirando palos al aire, pelotas al mediodía, en Portela y trató de convencer - poster mediante – que Boca es el mejor del mundo, después de Japón -, dijo todo de un tirón y sin retorno.

- ¿Y que pasa con él? - , pregunté un tanto fastidiado, por la demora de él y de la segunda botella de Shirah que no superaba los controles del somelier de este puerto enjuto, llamado “Ques”.

- Un presunto hincha de River, en un Gol, blanco y rojo, se lo llevó puesto, cuando le quiso ofertar el poster de Boca. Mala suerte. Está en el Hospital, pero no juntó para llevar a casa la comida de nochebuena -, dejó caer y yo caí.

-¿Y entonces? – yo hago preguntas inadecuadas. Doy respuestas destempladas. Soy una calamidad camino del Guinnes.

- Que nos vamos a la casa de esta gente, porque tengo algunas cosas que junté, por lo menos para que los chicos, la pasen un poco mejor que nunca. ¿Me acompañás? –, lo dijo sin mirarla.

Me ofendí por la omisión, pero sabía que él estaba seguro, que no era la primera vez que, vestidos como fuera, salvo mi remera roja, fuimos visitantes inesperados de muchos, que nunca más nos volvieron a ver. Como se debe.

Ella tenía la mirada iluminada y por supuesto ansiaba llegar a ser Noel...ia. La llevamos en el Alfa gris. Algo me tenía preocupado, por no recordar con claridad, hasta que esa mirada iluminada, trajo otra, dorada y tapada de polvo, por la memoria de escombros que se llevan las reformas de otra iglesia privada. Nos fuimos, para que la Navidad no nos sorprenda. Bebí de apuro, el penúltimo trago con disgusto y nos perdimos en la noche del nacimiento.

Navidad de 2004

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