martes, 9 de agosto de 2011

A la sombra del ahuehuete

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Era bellísima esa mujer morena, sus ojos rasgados del color del azabache, de mirar profundo, presentaban esa mañana una tristeza especial. Sus manos finas acariciaban la trenza tan negra como sus ojos, que caía sobre el hombro izquierdo. Pegada a la sien, una dalia iluminaba su rostro sin lograr opacar la belleza que aún sin esos pétalos suaves, de por sí, irradiaba.

Su cuerpo envuelto en una túnica blanca hacía parecer que la mujer flotaba dentro de una nube, dejando al descubierto la mitad de su espalda; rodeaba su cintura una faja de satén que entrelazaba los vivos colores de tres franjas, una verde, la del centro, blanca y otra roja. En la franja blanca resaltaba un bordado delicado producto de las manos mágicas de artesanas de amor en tiempos lejanos. Sólo mirándolo de cerca se podía observar que se trataba de un águila real devorando a una serpiente. Símbolo del triunfo sobre la traición. Símbolo que jamás se convirtió en realidad.

La brisa matinal agitaba como hebras de hilos finos los cabellos que se soltaban del trenzado como si quisieran danzar el ritmo de la libertad. La mujer los acariciaba pretendiendo mantenerlos en una forzada quietud. La sombra del ahuehuete no lograba apagar la imagen de tanta belleza apostada allí, besada por el aire fresco en medio de un calor agobiante.
Emiliano se despidió de sus padres y hermanos, comenzaría un largo viaje para el cual sólo llevaba una carga de esperanzas y muy pocas pertenencias. Debía caminar mucho y lo mejor sería hacerlo livianito, sin bultos que pudieran disminuir la marcha demorando el paso. Apenas menos de lo justo y necesario. Las pocas cosas con carga afectiva las había dejado, como herencia en vida, a sus varios hermanos y hermanas que no llegaban a comprender por qué Emiliano emigraría hacia otra tierra en la que ni siquiera entendería el idioma.

No iba solo, Diego, su amigo de toda la vida lo acompañaría en la travesía con las mismas esperanzas y los ojos hambrientos por ver plasmada en realidad la aventura impostergable. Los jóvenes compartieron infancia, familias y sueños, de la misma forma que compartían miseria. Desde pequeños realizaban tareas rurales junto a sus familias, cuando ello era posible.

-Si la oportunidad se niega a llegar, toca ir a buscarla, manito, dijo Diego convencido que a veces no quedan muchas opciones cuando la situación económica se convierte en la cuerda que aprieta el cuello de los pobres.

Aventura que tanto planificaron en esas noches en que los jóvenes son capaces hasta de asaltar la vida de cualquier manera. Mucho más cuando el presente agobia, desmantela, abofeteando crudamente los sueños frente a la realidad de los días grises que parecen hemipléjicos.

-Cuídese madre, en un tiempo enviaré dinero para ayudarlos. La Virgen de Guadalupe nos acompañará porque sabe que no estamos haciendo nada malo. Ni bien pueda volveré con regalitos para todos, tal vez, quien no le dice, hasta pueda llevarla conmigo o quedarme de nuevo aquí, con usted y para siempre.

-Cuídense ustedes, muchachos, la vida no es tan fácil. A nosotros nos tocó este destino, no sé por qué no lo comprenden. ¡Ganas de ir a tentar el infortunio! sollozó la mujer mientras los muchachos saludaban a sus hermanitos. Su instinto maternal susurraba en su oído frases que no quería comprender, ¡Eran tantas las noticias que llegaban desde la frontera!

-Hasta pronto, madre, dijo Emiliano besando su frente y acariciando su cabello enredado.

Las manos de la mujer se negaban a soltar las de su hijo, parecía que pretendiera pegarlas a las suyas, guardar la textura de su piel para recordarla cuando él ya estuviera lejos.

-No se olviden de rezarle a Santo Toribio, él puede ayudarlos también, dicen que es muy poderoso, aconsejó la madre secando sus ojos antes que los muchachos se alejaran del todo, quien sabe por cuánto tiempo y si lo habría.

Las manos de los jóvenes se agitaron pero ellos no se dieron vuelta, también rodaban lágrimas por sus rostros curtidos por el sol de esa tierra que quema haciendo hervir hasta al sudor.
La mujer, desde lejos, observaba la escena y gruesas gotas se enredaban en sus espesas pestañas arqueadas. ¿Hasta cuándo? Preguntaba, mientras el ahuehuete balanceaba sus hojas pretendiendo calmar la angustia invitando a la brisa a soplar sobre ese rostro hermoso.

Desde su puesto, a la sombra del añejo árbol, ella parecía saber todo lo que ocurría, aún donde ningún ojo humano podría llegar desde ese ángulo limitado. Y cuentan los habitantes del lugar que ella es capaz de conmoverse ante cada cosa que suceda con los hijos de esa tierra con pasado de bravura y presente de ignominia.

-Va a ser largo el camino, Diego, siento un nudito aquí, me pregunto si estaremos haciendo bien o no sé, estoy medio confundido. Es como que algo se me estalla en la cabeza, como si se rompieran vidrios aquí adentro, dijo Emiliano tapándose el rostro y frotándose los ojos.

-¿Qué pasa, mano? Esto ya no da p’a más, allá todo será diferente. Recuerda a mi primo Joaquín que nunca dio señales de vida cuando cruzó la frontera mojado, nadie supo más de él, seguramente le fue tan bien que ni tiempo p’a saludar tendrá. Pero nosotros no seremos iguales, manito. Por ahí hasta lo encontramos y nos ayuda, yo se que él nunca nos olvidó del todo, musitó Diego en voz muy baja, casi como pensando hacia adentro.

-Nosotros volveremos cuando juntemos un dinero y ayudaremos a las familias. A nosotros no nos dominará la divisa, sólo pretendemos un trabajo, nada que nos regalen. No me vengas con temores ahora, el futuro está adelante, mano. Atrás quedan las cosas que queremos pero somos jóvenes, merecemos vivir mejor y sin hacer daño a nadie. Pretendía convencer a su amigo que no había lugar para retrocesos.

-No sé, volvió a decir, Emiliano, siento como un nudo, hay algo que no me deja tener tu alegría pero descuida, ya pasará, tal vez es la nostalgia por ver los ojos de mi madre queriendo contener las lágrimas.

Los amigos fueron bordeando un riacho de aguas transparentes, donde aprovecharon para darse un baño reparador. Pasaron por caminos donde las piedras parecían clavadas, como tatuadas sobre esa tierra, negándose a abandonarla ni por un instante.
La mujer, desde la sombra del ahuehuete, miraba la escena mientras acariciaba los pétalos de la dalia sobre su sien, entrelazada con el cabello azabache.

Dicen los viejos del pueblo que ella nunca duerme, que pasa las horas un poco acá, otro poco más allá. Dicen que sus ojos son tan poderosos que pueden ver tanto de día como de noche lo que ocurre en el norte y en el sur. Que no la mojan las lluvias ni la oscurece la noche. Dicen que nunca la vieron triste y que puede atravesar ríos y montañas, desiertos y bosques. Dicen que sus hermanas tienen el mismo poder y dicen que son varias, todas sobreviven hasta a las heridas más crueles que puedan asestarles. Aunque no puedan verse entre ellas, aunque traten de separarlas, aunque pretendan mencionarlas como diferentes, ellas mantienen su amor unas por las otras.

Dicen que cuando una siente un dolor la otra sabe que ella está sufriendo aunque no pueda abrazarla. Dicen que el aire es el mensajero que las une y el hombre fue el segregador que generó barreras para alejarlas.

Eso dicen los viejos del lugar y dicen que repiten lo mismo allá donde están sus hermanas. En sitios iguales, aunque con diferencias.

Fue muy larga la travesía, los muchachos dormían donde podían a medida que se les iba esfumando el escaso dinero que habían juntado para emprender la retirada de su pueblito. A medida que avanzaban el cansancio se hacía más fuerte, Emiliano seguía con el nudito “aquí”. Diego, mucho más esperanzado, trataba de darle ánimos para que ni se le ocurriera querer pegar la vuelta. Ambos se sostenían, se cruzaban con otra gente que parecía seguir sus mismas fantasías. El sueño de comer todos los días, el sueño del trabajo asegurado estaba cada día más cerca.

El anhelo de un futuro tranquilo que les daría lo que no podían alcanzar en sus lugares de nacimiento. El sueño de las maravillas de que hablaban los que se fueron antes y regresaban por poco tiempo. El sueño, también, de los que jamás volvieron cuyos nombres quedaron atrapados para siempre, en el muro que delimita hasta dónde pueden llegar las esperanzas. Hasta dónde deben separarse las hermanas.
Los muchachos sentían que la vida era ir hacia el rumbo prefijado, imaginando que los estaba acompañando y que no los dejaría librados a la mala suerte. Atrás fue quedando la tristeza junto a los sueños postergados enredados en las matas de las quintas del campo donde dieran sus primeros pasos, entre terrones endurecidos por las lluvias y el calor de un sol que convierte en sudor a los cuerpos.

La belleza de los lugares que atravesaron era como un bálsamo capaz de permitirles recobrar las fuerzas mientras por el camino dejaban atrás los nopales, las biznagas y las palmas.

Emiliano juntó unas piedrecillas, pocas, para llevar como recuerdo de sus ríos y caminos. Diego, más audaz, dejó atrás la nostalgia ávido de futuro y trató, aunque sin suerte, de transmitir sus fuerzas al amigo cuando la tristeza parecía atraparle los tobillos impidiéndole dar un paso hacia adelante, obligándolo, casi, a emprender el regreso a los brazos de su madre.

Eran esos los momentos en que se aferraba a la advocación mariana y Diego compartía esa fe aunque sin dejar de pensar en el futuro añorado.

-“Virgen de Guadalupe, linda Madrecita mía, Virgen de Guadalupe, somos morenos Virgen, Virgen de Guadalupe, tu color me has heredado…” cantaban ambos a coro, mientras a lo lejos el eco sacudía las ramas antes de estrellarse en las aguas del río.

-Sabes Diego, comentó una mañana, Emiliano, antes de retomar el camino hacia la lejanía. Anoche tuve un sueño tan feo. Estaba mi madre llamándome, rogaba que regresáramos pero nosotros no hacíamos caso. Ella seguía rogando y mencionaba cruces. Yo no quería mirarlas y de pronto desperté, mi sudor era frío. ¡Mano, qué sueño! Pues supieras que no dejo de recordarlo ¿será que nos avisaba que correremos algún peligro? Preguntó con esa angustia que lo acompañó durante todo el viaje.

-Oye Emiliano, eso es la nostalgia, mira que ya pronto llegaremos a la frontera, del otro lado nos espera la vida, muchachas bonitas, está lleno de mexicanos la zona y encontraremos alguna que esté sin dueño. ¡Imagínate tú! Sigue soñando esas cosas que yo me largaré de parranda con alguna, respondió tratando de dar fuerzas al amigo.
La mujer bajo la sombra del ahuehuete desarmó su trenza de azabache, su larguísimo cabello se desparramó por sobre sus hombros y la espalda. Quitó la dalia de su sien y la besó. Nuevamente las lágrimas bañaron sus mejillas, aunque nadie pudiera verlas, mientras miraba a los muchachos a punto de llegar a la tierra promisoria que les abriría sus puertas, según ellos pensaban. Sólo deberían atravesar el muro que los hombres habían erigido pretendiendo ser dioses fronterizos, centinelas de cemento y alambre obstaculizando los pasos que no eran bienvenidos.

Pasos mulatos.

Pasos pobres.

Pasos buscando el pan que les negaran.

El árbol volvió a agitar sus hojas para refrescar el rostro de la mujer, haciendo volar sus cabellos como banderas que parecían querer escapar hacia donde se encontraban los muchachos para abrazarlos. Para rogarles que se queden en ése, que al fin de cuentas era su lugar, su nido, donde estaba su raíz y su historia.
Los ojos de la mujer, de mirada profunda, rasgados y poblados por arqueadas pestañas negras, miraban hacia la frontera. Vieron también a la patrulla de caza inmigrantes practicando tiro, apuntando a cualquier cosa que tuviera movimiento. El muro interminable se erigía imponente. La mujer sabía que la Operación Guardián era implacable y por allí pasarían Diego y Emiliano.

La mujer veía las más de tres mil cruces adheridas a sus paredes, recordatorio de lo que ayer fueran vidas tratando de cruzar la frontera de Tijuana. Ella supo que pronto habría dos más. Nada pudo hacer para evitar que los muchachos fueran el centro de la mira de los cazadores.

Lloraba esa mujer hermosa, que parece vestida de nube con una faja de satén en su cintura con tres franjas entrelazadas. Una verde, el centro blanco y otra roja. En la franja blanca resaltaba un bordado delicado, sólo mirándola de cerca se podía distinguir que se trata de un águila real devorando a una serpiente.

Esa mujer que según los viejos del pueblo, nunca duerme, la que pasa las horas un poco acá, otro más allá. Esa que dicen que sus ojos son tan poderosos que pueden ver tanto de día como de noche, lo que ocurre en el norte y en el sur, que no la mojan las lluvias ni la oscurece la penumbra.

Lo que nunca dijeron por no saberlo, es que suele llorar muchas veces, arrinconada, a la sombra del ahuehuete amigo, cuando sus hijos parten donde hay otra mujer, que es también su hermana aunque hable y piense en idioma diferente.

Esa, que fue parida en el odio y por esas cosas que puede explicar la miseria solamente, es como un imán que arrastra a los hijos de la otra mujer. Y a los de sus hermanas.

-¿Cuándo terminará este espanto? Preguntaba la mujer bellísima, mientras el ahuehuete agitaba sus ramas para que la dalia volara hacia donde los muchachos miraban el cielo con ojos sin luz. Fragmentos de sueños rotos se acurrucaron bajo los pétalos.

Emiliano y Diego cruzaron otra frontera interminable, la que una vez atravesada no tiene camino de regreso.

Un águila real de color café oscuro, como la piel de la mujer, batió sus alas sobre ella. Casi rozó su rostro como queriendo secarle las lágrimas antes de posarse sobre el ahuehuete.

-¿Cuándo terminará este espanto? Seguía murmurando ella, mientras el ave abría sus alas hacia el cielo.

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