jueves, 18 de agosto de 2011

La vuelta del perro

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Lomas de Zamora, Buenos Aires. Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hornos, para no perder temperatura era y es algo más que una calle fronteriza. Buena parte de su historia nacía y moría de la marginalidad propia de los desencuentros deshabitados. Jorge, no sabía bien como limpiarse el asco y el miedo al futuro, escrito en la cara de Ezequiel, su hijo de 12, que crecía rodeado de la intolerancia villera, legítima a veces, salvaje otras, impune siempre.

Hornos tiene una esquina que, según Jorge, lastima y da lástima cuando las caravanas de autos lujosos y no tanto, daban la vuelta en redondo en el cruce cerca del santuario particular privatizado, le dijo alguna vez el vasco cabeza dura, porque hasta la fe fue licitada al mejor postor.

Allí la merca, cambia de mano, como Yon de camisa, pensó Jorge, algo que me contaría en un bucólico medio día. Cuando el aroma de los tilos, me embriagaban certeramente para garantizar que ni una lluvia de noviembre podía devolverme a escribir. Jorge me obligaba por su propia desazón, de tener a alguien para contar, es casi como la mitad de la solución, por lo menos la mitad de la culpa, se disuelve en la vida de los otros, en este caso la mía.

Es que después de las censuras, los reproches, las miradas esquivas, los elogios de compromiso, las palmadas consoladoras –como si uno no necesitara el consolador para otra cosa-, la abulía, prima hermana de la desidia había decidido visitarme para quedarse. Yon, la última vez que estuvo en mi patio sevillano, me miró largamente para advertirme, - si no haces algo por vos, nadie lo va a hacer y, por supuesto, menos yo- así se fue sin saludar.

Pero me quedé tranquilo, es su forma de demostrarme afecto. Pese a mi, la preocupación de Jorge me lastimó, tanto como la falta de respeto de la gente.

-Los ratis, saben bien lo que pasa en esa esquina. Empezaron saliendo de los pasillos y cambiando algún “papelito” de vez en cuando, pero parece que los chicos se organizaron, se abastecieron y pasaron “al frente” de la oferta. Ahora todos los días y mucho más, viernes y sábado, la caravana no para. Es para cagarse de risa, todos los días te cuentan de la “cuadricula” de la cana y por allí, los de Lanús que van por la derecha si alguien mira el norte, se alternan con los de Lomas, que lo hacen en sentido contrario, cada uno custodiando su propia y ridícula frontera.

Entonces los pibes narcos se cruzan y cambian los estacionamientos, cuando otro perejil les avisa quienes van a pasar de ronda. ¿Te dás cuenta, tengo dos hijos que ya saben hasta los nombres de los pibes que pasan de pasillo en pasillo, para perderse y eso es lo que ellos tienen cerca de su vida? ¿Cómo los paramos? – me preguntó, erróneamente seguro, que yo era el hombre indicado.

Cerré los ojos para guardar cinismos. Lo único que me queda por guardar y puse cara de pensar soluciones.

- Vamos a llamar a Yon – le dije como si esa fuera mágica salida para lo insoluble.

Mientras esperábamos, me pareció prudente decidir mejor con un Gancia bañado de fernet, hielo granizado y la pasta de roquefort pisado con manteca, pimienta blanca y sal, que nunca recomendaría Cormillot, derramado generosamente sobre las crocantes alternativas tostadas y calientes que hicieron crujir, de placer, el calor de la hora, y eran residuos de una visita inesperada y generosa. El sol no daba treguas, jamás lo haría, por otra parte, puesto que su misión es incinerar, la oscuridad y esa batalla le ha llevado el universo.

Conrado, mi boxer atigrado alzó las orejas e inclinó su cabeza a la derecha, atendiendo la silenciosa llegada del Alfa gris que tripulaba el vasco. Conrado tenía con el Vasco una relación errática pero sólida. En realidad se llevaba mejor con él, que conmigo, pero eso nunca podría sorprenderme.

Yon portaba víveres, vaya saber uno la procedencia y la mecenas. Viajaron raudos rumbo a la heladera, en tanto el tomaba asiento, para comenzar, imponerse de la preocupación que traía Jorge, con los ojos enrojecidos porque se sentía en el ojo de la tormenta, allí donde la calma fractura inminencias.

- ¿Así que otra vuelta del perro? – fue la lacónica respuesta de Yon. Jorge parecía esperar una fórmula salvadora.

- Ayer lo vi al Perro, hablando de perros. Sin vincha, bombos, gritos y casi con la carita de un hombre cuidado, nada de clasista y combativo, mucho menos de llevarse la corriente. Un asco. Es que esos tipos, como Raúl que dejó el mercadito de barrio, para ir a buscar comida a los hipermercados, porque resulta más fácil y barato, entre otras cosas, deberían ocuparse de estos pibes narcos. Y me parece que los usan para otra cosa a la hora de repartir capuchas.

Los taqueros nunca les van a dar solución, están demasiado ocupados en adiestrarlos para otros negocios más convenientes. No te olvides que cuanto más chicos son, más rápido salen y eso abarata costos.

La merca sirve para todo, incluso para suicidarlos cuando necesitan legitimar megoperativos. ¿Te olvidás de las masacres o querés el detalle? Si tenés jefes que las organizaron, que podés esperar. Me parece que la cosa pasa por hacerse cargo Y los “piques”, además de moverlos para cortar lo que les conviene, podrían darles otra chance que aguantarlos en el choreo, la falopa, el secuestro y la revancha-

Hacía rato que no le escuchaba al vasco, un tono esmerilador como el que usó con Jorge. Se dio cuenta y lo suavizó.

- Igual vamos a hablar con “Rambo”, que es más loco que un plumero (¿?) y a él se le ocurre algo, que no sea reprimir, pero siempre será por izquierda y me parece que esto es como la pirinola hermano, no siempre te viene toma todo, a veces hay que pensar que todos ponen y es hora de que pongan en juego otros dirigentes, lo que los gobiernos no dan, la poli pierde y la justicia olvida-, Jorge pensaba, y yo bebía como es natural, me escurría por las espalda pecosa de la mujer dorada que estaba cerca, pero no próxima y el vasco se fue a servir, como si fuera dueño de casa, el Melot era un poema rubí. El jamón serrano hacía aullar de envidia a otros apetitos y fue entonces que las bandejas comenzaron la danza del fuego, para que las mollejas regresaran al centro de la escena.

No hay mejor silencio que aquel que almacena no tener nada que decir, pensé y nos zambullimos los tres en busca de olvidar el luto de nuestro mutismo y arañar la fuga de un presente demoledor que no queremos aceptar.

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