jueves, 25 de agosto de 2011

Ni...casio... ni motorola...

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Lomas de Zamora, Buenos aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las ciruelas son demagógicas, sobre todo en verano. Esos tonos que varían las gamas del rojo en perpetuo ascenso, desafían como la más sutil de las variaciones Goldberg.

Un sonido suspendido hiere la madrugada, cuando resigna la noche su retirada abatida. Lo sublime reside en capturar la brevedad majestuosa del momento; uno siente la unidad y la unicidad; también que si hay una aproximación superior en el estadio de vida, ese es el momento.

Por eso, el chasquido del mordisco y el plenarse la boca con ese jugo sagrado, convierte a la ruptura en una nueva armonía.

Convengamos que en ese silencio previo, insondable, de la hora en que la gente muda los tiempos de sus exilios, cuando es tarde hasta para empezar y esperar la diafanidad, en ciertos días estremece, como la levedad del rocío si uno, como yo en ese instante, se deja bautizar en la ceremonia ritual donde todo es absuelto, por obra del espíritu...espanto...

El patio sevillano atesora, en ese momento de las dos luces, matices imperceptibles que guardan tonos con que se construye el día.

Así de bucólico y distante me encontraba, espiando las ocasionales luces de los faros penitentes que vagan con destino incierto, para el observador, siguiendo el misterio de la oscuridad que huye.

Un guiño naranja, a la izquierda, se agazapó detrás del cristal -donde las formas distorsionan- de la puerta. Supuse que Yon en el Alfa gris de permiso concedido, aparecía desde la bruma, con el sigilo propio de las vigilias.

Abrí la puerta que saluda musitando tonos metálicos dándole la bienvenida y se extiende a la fiesta adormilada que consuma “Conrado”, mi boxer atigrado quien, pese al exceso de peso, fruto de la molicie sabiamente administrada, lucía saltos decorosos para la hora, el lugar y el afecto, por supuesto.

Ese vínculo inexplicable, dada la indiferencia del vasco, anima la obsecuencia conmovedora del perro. Pero ellos así se entienden. Sus códigos me resultan indescifrables y algunas ordenes farfulladas por Yon, en un idioma ininteligible y exótico, cuya procedencia es imposible rastrear, establece rangos de obediencia que jamás pude lograr, en mis magros intentos de ordenar, para ser obedecido y me siguen sorprendiendo.

Seguí sus movimientos, luego del saludo, desde el sillón de tiras amarillas, furiosas a cualquier hora y resistencia. Me gustan los tonos restallantes y también esa extraña incomodidad que da hundirse entre franjas de plástico. No mostré apuro ni curiosidad. Inservibles con él.

¿Quién podría preguntarle al viento, donde va?

¿Quién podría esperar que le respondan?

¿Quién puede contar el parpadeo de una estrella?

Todo por la resignación suficiente que emerge del manantial de un afecto nunca explicado.

Lo vi revisar ciertos papeles, en silencio, como hacen los propietarios de decisiones inviolables, aunque sean las más pequeñas. Pensé en algún informe confidencial y, por supuesto, descabellado de credibilidad. Por eso me participa tal vez, pero no da ninguna señal. Si una indicación.

- Cambiate que vamos a espiar la historia – La invitación, en realidad, no me produjo emoción alguna. Ser pasajero del disparate, conductor de absurdos y protagonista de espejismos, curten el alma y encallecen los sentidos, por lo menos a mí me pasa.

Lo miré largamente, esperando alguna señal de realismo, aunque sea mágico y repetí el error de mi inconsecuencia. El jamás admitiría la deshora y la inoportunidad, sacudí la cabeza, tampoco yo soy comprensible para la mujer dorada y en ser un acertijo quizás, radique el encanto discreto de la obsesión.

Abandoné el espejo, al que realmente le dediqué la magnitud del segundo y partimos a perseguir retazos oscuros que retrocedían en el cielo.

La luz de los faros horadaba destiempos y el puente de Turdera fue casi un salto al futuro. Se detuvo.

La estación ferroviaria reposaba a nuestros pies, lánguida y solitaria, esperando voces y formas que indiquen la vida.

Un comedero circunstancial, haciendo ángulo, guiñaba rebotando destellos producidos por apurados de nunca. Me volví en el asiento, perplejo.

-¿Recordás cuanto te pertenece... ría?-, deslizó, todo casualidad.

Su mano izquierda y fuera de la ventanilla, era un gesto vago, similar a la elusiva presencia del “coordina” del Vago de Jorge, en la redacción del diario. El gesto aludía a ambas márgenes del “río de rieles” y su paisaje paralelo, de puente a puente (el otro cruza por Frías).

- ¿No te paree que la hora de recalar en territorios inexistentes ya pasó? -, le dije cuidadoso.

- Tu super abuelo, Nicasio, se jugó estas tierras a todo o nada, cuando las propiedades no tenían registro y las parcelas se daban, hasta donde alcanzaba el horizonte. Además existía la palabra y se cumplía. Si los Iberra las respetaron -, agregó.

Pensé en la tenue línea de sangre que me vincula (con ellos), desde que la patria era un jirón de traiciones (como ahora) y la posteridad negociada, daba para todo.

Personajes espinosos para un paisaje de pasajes (el antiguo camino de las tropas), en esa curiosa mezcla que me contaron, de ese abuelo “levado” a los 16 rumbo a la campaña del desierto, donde Roca “terminó” con los indios y casi él con su vida cuando fue “boleado” y lo salvó el orinal entre pajas y el sabor acre de la pestilencia, que significa beber para vivir, me hizo un rumbo en la cabeza sin rumbo.

Su premio fueron esas tierras alucinadas que hoy resultan parte de la ciudad y su historia, sin perjuicio de Borges y el inventario del sur.

- Fijate que, de puente a puente y de ambos lados de las vías, tenés tierra suficiente para ser Colón en el día del desembarco. Si todavía hay Iberras por aquí, dando fe que aquello es cierto – No quise contradecirlo ni cambiar sus tiempos verbales, porque tampoco entendía esta trasnoche de madrugada.

La luna saludaba gentil disminuyendo en la distancia, haciendo mutis talentoso. Sin embargo decidí, tímidamente, preguntarle que y porque. Dos preguntas absurdas a la hora en que los próceres deciden beber su penúltimo whisky. No era nuestro caso.

-Te entiendo y no entiendo que buscás, si esto lo conozco. En mi familia, de la que no quedan rastros ya de estas historias, tampoco quien recuerde que existo, pero imagino debe existir una razón para esta revisión o ¿no somos revisionistas de nosotros? -, le pregunté algo amoscado.

No es sencillo “piquetear” con la nada, aunque a la mayoría de los piqueteros los engañan con nada. Yon me dedicó el desdén de mayor abolengo disponible. Abrió el baúl del Alfa, como una caja de pandora y con paciencia oriental, comenzó a armar un caño azul, con el cartel donde figuraba el nombre de una calle, no me dejó verlo. Sólo admitió razones – “El Lawyer”, Andy 25 y, sobre todo Juan Cruz que nació el 5 de enero y no fuiste a saludar, dos años después, merecen saber de ese abuelo necesario de quien, vos, por no se que cosa, nunca les contaste una historia; si, de Nicasio... y ahora les hago una calle, con su nombre, les voy a explicar de que se trata y quizás te disculpen, con el tiempo-.

Yo presté atención –lo único que me quedaba por prestar- a la caja de chardonay blanco de Navarro Correa y las latas de sardinas tenerifeñas que parecían saludar desde el fondo del baúl. Me encogí de hombros, algo para picar quedaba y Ni...casio, ni motorola... pensé, porque la historia no la cuentan los que pierden.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.