jueves, 18 de agosto de 2011

Una flor subversiva

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Fue un extraño y sorprendente suicidio el de aquel ingeniero.

Nadie lo podría haber previsto, temido. Era inimaginable.
Sociable, simpático, parecía feliz, siempre riendo.
Era también muy pulcro, cuidadoso, siempre preocupado por los mínimos detalles. Después de almorzar se lavaba las manos, aunque comía siempre con cubiertos, correctamente.
Cuando iba al baño tardaba horas limpiándose. De tanto limpiarse tenía hemorragias anales. Es que no soportaba nada sucio. Por eso, por las dudas, tomaba baño dos o tres veces por día. Dos en invierno y tres en verano.
Y detestaba el más mínimo desorden.
Amaba las flores. Las veía siempre en su jardín, desde la ventana de su dormitorio.
Antes de plantarlas fue a varias bibliotecas a leer libros sobre jardinería. Como plantar flores, como y cuando regarlas. Cuales eran las que necesitaban más agua.
Era viudo. Vivió cuarenta años con su mujer, a la que nunca traicionó. Un marido fiel.
Siempre preocupado por la justicia más mínima en la vida cotidiana. Justicia que siempre implicaba orden.
Fue favorable a la dictadura militar porque era la forma que en esa época se combatía el desorden que implicaba la anárquica subversión. Cuando escuchaba aquel conocido “se llevaron a”, siempre dicho en voz baja, fue uno de los primeros que dijo el “por algo habrá sido”.
Siempre el orden, por cualquier medio, contra cualquier desorden.
El lema que regía su vida era: “un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”.
Y en cuanto a las flores que veía en su jardín siempre estaba atento a que en ninguno de sus pétalos haya ni siquiera una pequeña mancha de polvo. Si veía eso las limpiaba cuidadosamente con un algodón.
Pero respecto a ellas comenzó a aparecer una incógnita. Siempre observaba que cuando soplaba el viento, el pasto y las flores se inclinaban todos para un mismo lado. Para la dirección en que el viento soplaba.
Sin embargo había una flor, solo una, que se doblaba contra el viento. Un misterio. Pero además, y sobre todo, un desorden contra la naturaleza.
Pero no podía cortarla. Sería como un asesinato. Por eso decidió, como alternativa, hacerla girar en el lugar que estaba. Por lo que cavó un círculo en la tierra en torno de la flor, la levantó y la giró para el lado opuesto.
Pero nada. El viento volvía a soplar y ella siempre doblada en contra.
Entonces se empezó a sentir cada vez peor. Una gran tristeza lo invadía cada vez que veía esa hermosa flor contra el viento. No entendía porque, pero era insoportable.
Tal vez por eso trató de ser cada vez más pulcro. Se sacaba los zapatos con los que venía de la calle y los dejaba en la puerta. Cada vez que se sonaba la nariz se lavaba las manos y después se pasaba alcohol.
Las veces que tenía relaciones sexuales, solamente con prostitutas, las elegía por su apariencia de limpieza. Y usaba siempre tres o cuatro preservativos, uno sobre otro, para una mayor protección.
Pero no podía dejar de pensar en esa flor. Era para él un desorden incomprensible y cada vez más angustiante.
Hasta que una vez decidió terminar con ese dolor, esa tristeza cotidiana cada vez más fuerte.
Y se pegó un tiro con una bala calibre 22, a la que antes limpió cuidadosamente con alcohol.

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