viernes, 23 de septiembre de 2011

¡Ay (con la pobre literatura de) Aguinis!

Demian Paredes (LA VERDAD OBRERA - PTS. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Un conocidísimo refrán asegura que no hay que juzgar a un libro por su cubierta. Sin embargo, con el reciente libro de Marcos Aguinis, Liova corre hacia el poder, podría haberse hecho una excepción, teniendo en cuenta el pobre contenido, artístico e intelectual, que posee.

Aguinis nos ofrece, desde las mismas formas, un best seller: contratapa entera con foto del autor “reconocido por su público” (se supone que “masivo”), y tapa de un joven aventurero con mochila ante Europa y, más abajo, la estepa siberiana y un trineo con renos (la huida del destierro en Siberia). O sea: una convencional historia “de amor y aventuras”. Una historia que juega –y jugar es una de las claves esenciales en toda obra artística genuina (pero acá hay que analizar cómo, por qué y para qué)– nada menos que con la vida y obra de uno de los dos principales dirigentes de la Revolución rusa de 1917: León Trotsky.

En efecto: Aguinis desperdicia dos aspectos útiles para escribir acerca de un personaje bastante “transitado” en el arte en general y la literatura en particular. Uno es el de ficcionalizar un período poco conocido o estudiado a fondo de Trotsky: su niñez y adolescencia. El otro aspecto (o “mecanismo narrativo”) es el haberse propuesto contar las vivencias del joven Liova (tal el apodo familiar de niño) desde diversos puntos de vista: la madre y el padre de Trotsky, sus primos que lo criaron varios años, Alexandra (su primera compañera y esposa) y hasta el mismo Liova.

Sin embargo, ambas apuestas decepcionan: la ficción no tiene nada de interesante (apenas “adorna” un poco los conocidos episodios y anécdotas que narró el mismo Trotsky en su autobiografía Mi vida, de 1930) y se contenta con adjudicar una elemental –casi animal– sexualidad a Liova, al mismo modo en que, por ejemplo, Federico Jeanmaire pone a un desesperado y alzado Sarmiento, preocupado por sus “permanentes ansias”, en Montevideo (distinguiéndose, claro, de que Jeanmaire logra captar y relacionar desde su escrito algo del carácter enérgico del Sarmiento “original”, mientras que Aguinis no consigue crear ningún apreciable relieve en su joven Trotsky). Aguinis, a diferencia de la desbordante creatividad de, por ejemplo, John Updike para narrar los encuentros amorosos –baste recordar los primeros párrafos de Parejas, o casi cualquier otra novela suya–, se contenta con la mera mención, “mechada” en la actividad política de Liova, de actos sexuales, con tosquedad, sin la menor imaginación… Aguinis está más cerca de Danielle Steel que de Updike –por si hiciera falta aclararlo–.

Como ya dijimos, en lo otro que fracasa Aguinis es en narrar desde diversos personajes. Allí, aunque (supuestamente) hablen en primera persona (¡desde algún limbo!) David, Ana, Alexandra, Monia o Franz, en realidad, siempre habla el autor. Es algo que se nota en el anodino discurrir de las más de 400 páginas de la novela. Aguinis no logra (re)crear las ópticas diversas, dotar de particularidad a los personajes, en suma: dar vida al entorno de Liova. Lo que sí hay es una “teleología literaria”: una narración “lisa” –y digo lisa en el peor sentido del término: una narración yerma, pobre, sin “aristas”– donde todo es muy predecible: Liova es un joven muy preguntón; precoz y agudo, sus dudas y descubrimientos ya lo predisponen (posicionan) como futuro “gran hombre”, a partir de cuatro o cinco situaciones estándar: “¿qué es un tirano?”, pregunta; y luego: “¿qué es una fábrica?”. La madre dice: “Lo prohibido lo fascinaba”, y otro personaje se refiere así a David (el padre) y de inmediato a Liova: “La injusticia era intolerable para su papá. Y después fue el motor de su propia vida”. ¡E incluso en los pasajes que hablan de la Revolución de 1917 Aguinis se atreve con descaro a hacer un galimatías junto a un copy&paste de Mi vida! El mismo pobre tratamiento recibe la Revolución de 1905: grandes acontecimientos históricos (la razón de su vida –digámoslo así, parafraseando el título de un libro-) valen tanto (o menos) como tener relaciones, beber o recrearse en un museo. Y en verdad, si de aventuras se trata, los episodios de la cárcel, el exilio y la huida, tras la primera revolución rusa, están maravillosamente narrados por el mismo Trotsky en su libro 1905(1).

(Incluso las metáforas a lo largo de toda la novela son espantosas. Mencionemos estas: “ya no fueron suficientes las turgencias de los labios, sino que nuestras lenguas se convirtieron en un ejército invasor”; “nos regalamos otra sesión de prologando y sísmico erotismo”. Lenguas transformadas en “ejército invasor”, “sísmico erotismo”… apenas dos muestras de la tosca creatividad de Aguinis.)

La historia, los personajes y la pobreza (narrativa)

Por otra parte, si el libro es pobre en cuanto a creatividad artística, lo mismo puede decirse respecto a su contenido más general. Aguinis admite haber leído algunas (pocas, y muy utilizadas) biografías sobre Trotsky: la trilogía de Deutscher, la de Serge, la de Broué, la más reciente de Jean-Jacques Marie y la del reaccionario historiador inglés Robert Service –quien ha provocado decenas de artículos y libros de debate y polémica con su Trotsky. Una biografía–.

A propósito de este libro, Aguinis toma una de las tesis de Service –quien se contradice no sólo a cada párrafo (y esto no es ninguna exageración), sino en un mismo párrafo(2)-: la que dice que Trotsky habría hecho “abandono de hogar” cuando escapó de Siberia, dejando a su compañera Alexandra y sus dos hijas allí. Dice el Liova de Aguinis: “Otra vez abandonada a mis seres queridos. ¿No tenía yo alguna responsabilidad en ese drama? ¿No abandoné a mis padres, a mis hermanos, a mi esposa, a mis hijas, a mis parientes de Odesa? Era un maldito abandonador”.

Sin embargo nada de esto es cierto, y Trotsky recuperó y mantuvo a lo largo de las décadas siguientes contacto, relación, con Alexandra y sus hijas. Desde ya que fueron relaciones sometidas a las inclemencias de los (convulsionados, por si hiciera falta recordarlo) tiempos históricos que les tocó vivir. Pero no por ello se puede justificar utilizar una mentira que pinta a Trotsky como lo contrario a lo que fue. (Y si esto puede desentonar en una obra de “ficción histórica”, aún mucho más inadmisible es para una obra que se pretendería “de rigor histórico”, como la de Service.)

Y a todo esto se debe sumar que, cuestiones tan vitales para un revolucionario, como las diferencias y polémicas políticas, no encuentren ninguna resolución. Como se hace con la “dictadura del proletariado” que proponía Lenin, y que hacía que Trotsky y Luxemburg discreparan en aspectos o hipótesis acerca de la viabilidad de la misma. Trotsky le dice “me dejas confundido” y Rosa solo “se alegra” por la “sinceridad” de éste… Todos los acontecimientos históricos terminan mencionados como una mera pátina de (mala) pintura literaria –donde igualmente “la utopía” de la revolución triunfante “se convertirá en un infierno”–, al igual que el “mundo interno” de los personajes.

Así, Aguinis ofrece un libro pobre, desde todo punto de vista, que pretende transitar por donde otros ya han estado, con mejores resultados. Incluso extraña que, entre sus (pocas) “fuentes de inspiración” para la novela, no haya mencionado El hombre que amaba a los perros, otra reciente obra sobre Trotsky y Ramón Mercader (el sicario stalinista), del cubano Leonardo Padura(3). Incluso, acá el mérito de Padura es mayor, en tanto y en cuanto se propone, él, (positivamente) reconocido escritor de policiales, una cosa bien difícil desde ese ángulo: contarnos una historia donde ya se sabe quién es el asesino, quién el asesinado y cómo lo matan. Sin embargo Padura atrapa al lector desde el primer capítulo de su novela, recorre nuevamente los grandes dramas sociales (y humanos) de la primera mitad del siglo XX y (d)escribe con muchísima creatividad la subjetividad de los personajes que vivencian las potentes fuerzas sociales que actúan y al mismo tiempo los perfilan, manteniendo aún sus propias vicisitudes internas, su autonomía y dinámica propias (en suma: sus alternativas personales). Fortalezas y flaquezas (políticas, psíquicas, morales, pasionales) son (re)creadas en la novela de Padura con ingenio y con “hondura”, con una profundidad destacables.

Pero Aguinis no: él queda muy por detrás no sólo de Padura, sino también de otras obras literarias que narran a (o sobre) Trotsky: desde la muy ingeniosa novela “de espías” del recientemente fallecido escritor español Jorge Semprún, La segunda muerte de Ramón Mercader, pasando por algunos de los relatos de En estado de memoria, de Tununa Mercado (quien recupera la atmósfera que vivió Trotsky, el espíritu de su tradición y seguidores), la sección donde el chispeante Guillermo Cabrera Infante narra, “parafraseando” a otros escritores cubanos, el asesinato de Trotsky, en Tres tristes tigres (sección del libro publicada también enInfantería) y hasta incluso de los dos cuentos –referidos a/desde Mercader- del jujeño Héctor Tizón, aparecidos en su antología de artículos No es posible callar.

¿Trotsky para todos (los gustos)?

Para finalizar, digamos que Liova corre hacia el poder consiste en un denso relato de exageración romántica, donde algunas (conocidas) peripecias personales, junto a un célebre (y nada dinámico –todo narrado en tono monocorde–) “telón de fondo histórico” (las guerras) ofrecen “romance y aventuras” convencionales, para quien desee comprar este nuevo producto de la “industria cultural”: un Trotsky para lectores/as de best sellers. La editorial multinacional Random House, que publica este libro por el tradicional sello nativo de Sudamericana, con una tirada de 27.000 ejemplares: más de 10 veces la cantidad “normal” que se imprime hoy, ofrece así este nuevo libelo (y es ésta la palabra que mejor le cabe) del opinólogo liberal, columnista permanente del diario de la oligarquía, La Nación. Una obra que no requería en lo más mínimo encarnarse de manera tan desastrosa en (porque es pretenciosa pero falla; y es reaccionaria en lo ideológico –o cuanto menos confusa, pobre–) León Trotsky.

Al haber aparecido no sólo esta novela, sino también en el terreno del arte la burda comedia canadiense The Trotsky(4) y, en el terreno de la historiografía la biografía de Service (llena de calumnias y acusaciones infundadas), ¿no estaremos ante una suerte de maniobra preventiva reaccionaria –en medio de una crisis económica internacional capitalista–, donde una gran fuente de inspiración para combatir la explotación y la opresión (Trotsky), busca ser desvirtuada por distintas vías? Algo en el mismo sentido ha escrito el historiador Paul Le Blanc, quien señaló(5) la paradoja de que varias biografías, por lógica más “serias” o rigurosas, fuesen totalmente arbitrarias y reaccionarias, mientras que algunas novelas referidas a Trotsky –novelas habilitadas por sus propias “reglas del arte” a “volar”, a dejarse llevar– fuesen mucho más honestas en cuanto a cómo retratar (o mejor: expresar, desde la creación artística) la personalidad y el espíritu revolucionarios de Trotsky. Aunque en el caso de Aguinis, tenemos lo contrario: una obra literaria paupérrima.

Al parecer, estas (sigámoslas llamando así) “paradojas”, no se están produciendo solo desde el idioma anglosajón.

Notas:
1) Ver: León Trotsky y otros autores, 1905, Bs. As., CEIP “León Trotsky”, 2006 (http://edicionesips.com.ar/?p=109).
2) Dice Service que Trotsky “afirmaría que Alexandra había aprobado de todo corazón su partida. Cuesta creerlo. Bronstein (Trotsky) planeaba abandonarla en las lejanías de Siberia. Ella no tenía a nadie que la cuidara, y en cambio tenía que atender a dos pequeñas criaturas completamente solas, con el invierno cerniéndose sobre ellas. Acababa de convertirse en padre de dos hijas y decidía salir corriendo. Pocos revolucionarios dejaban tras de sí un lío semejante”. Para decir a renglón seguido: “Aunque actuaba según el código revolucionario de comportamiento, eso no podía negarlo nadie: la ‘causa’ lo era todo para los revolucionarios. Las responsabilidades matrimoniales y paternas tenían su importancia, pero nunca hasta el punto de impedir a los jóvenes militantes hacer lo que les indicaba su conciencia política” (Trotsky. Una biografía, Barcelona, 2010, pp. 105 y 106). Entonces ¿era “un lío” lo que hizo Trotsky, o actuó según “el código” de la época?
3) Respecto a esta la novela de Padura pueden leerse las reseñas “Trotsky: el espectro de la revolución” (http://www.cubarevolucion.org/?p=705) y “El exilio y el reino (de la mentira y la muerte)” (http://artemuros.wordpress.com/2010/10/31/el-exilio-y-el-reino-de-la-mentira-y-la-muerte/).
4) Ver: “Trotsky: ya no saben qué inventar para desacreditarlo…”, en La Verdad Obrera N°406 (http://www.pts.org.ar/spip.php?article16859http://).
5) Ver: “Trotsky-truth and fiction” (http://www.isreview.org/issues/75/featrev-trotskybooks.shtml).

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