jueves, 29 de septiembre de 2011

Carta Abierta al abuelo Alfredo

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Abuelo Alfredo, yo no te conocí ni por mí ni por mi madre, porque ella quedó huérfana de pequeña, pero ahora, más viejo que vos –porque moriste joven-, te siento como cerca y me invade la curiosidad de saber cómo eras. Le pregunté a mi madre, poco antes de su muerte, acerca de vos y de tu mujer, la abuela Cecilia, Cecilia Frencia, pero ella no recordaba mucho Yo sabía que vos y la abuela vinieron del Piamonte, eso está claro, y la abuela, joven, rubia y de ojos azules, era, repitiendo un lugar común, una flor ignota en estas tierras planas.

Mucho después, mi madre, cuando se reunía con sus hermanas –jóvenes entonces- recordaban algunas de esas cosas, hablaban en piamontés y se reían mucho. Qué misterio es remontar edades, risas, llantos, aciertos, errores, generaciones, continentes, mares, paisajes y genes.

Dicen que Alfredo y Cecilia, recién llegados a Buenos Aires, debieron partir hacia el interior y la abuela Cecilia iba mirando por la ventanilla, era casi una niña, vio que el tren enfilaba hacia la llanura, las últimas luces se apagaban mientras aumentaba la noche, sintió una congoja, casi como la del peso específico del universo.

Claro, venían de Turín, una ciudad industrial, iluminada, antigua, moderna, hermosa, con teatros de ópera y ballet, con un horizonte de bella arquitectura, y en ella habían quedado los padres, hermanos, amigos, sueños, infancia, los poemas del Dante y de Leopardi, y toda aquella identidad a la cual aferrarse. También habían quedado la hambruna y las guerras. Y ahora entraban a una planicie inedentificada y a una noche cósmica con todo el estrellerío del desamparo y los derrames de la esperanza. Y los indios, que les habían dicho, arrancaban las cabelleras.

Una pampa que era feraz y feroz hasta el llanto, en parte porque antes de sembrarla con cereal estuvo sembrada de cadáveres de indios, gauchos, criollos, inmigrantes e hijos de inmigrantes de toda laya.

Esta pampa, lo sé por propia experiencia, te ofrece esta visión esperanzadora y desolada o más que desolada, inmensa, sin medida, como si fuesen infinitos paralelos que se juntan en el hondo de llanura y noche, es decir, tiempo, alto, largo, ancho y una quinta dimensión, irracional.

Georg Cantor había propuesto la existencia de sucesiones o conjuntos formados por infinitos elementos, la infinitud completa. Podría darse aquí y, por ello mismo, formatearte en esa índole. Si a nosotros nos lo parece, qué no pudieron sentir ustedes, cuando llegaban desde un espacio acotado, propio, con multitudes, y aquí, este golpe de inmensidad, ajena, con latifundios de cien leguas. Y más cuando otro pasajero les dijo que bajasen las persianas porque Baigorrita podía asaltar el convoy.

Por fin llegaron, les dieron cuatro chapas de zinc y tuvieron que guarecerse de la helada antes de construir su rancho y un día, a las cuatro de la mañana, unciste los bueyes y clavaste la reja para sembrar, junto con el trigo, tus genes y tu amor. El desierto estalló en mil colores, de a dos cosechas por año, hacías huerta, granja, Cecilia tenía jardín, ordeñaba.

Ahora yo estoy viviendo cerca del paisaje que encontraste, cerca del lugar donde nació mi madre. Y fijate, estoy leyendo al poeta Horacio, aquel Quinto Horacio Flaco de los días felices del gobierno de César Augusto, antes de la celada de Teotoburgo, en la que los salvajes alemanes sostuvieron victoriosamente su derecho a no ser civilizados.

Aquí en Argentina vos asistías a los estertores del malón, a las últimas carnicerías realizadas por Roca en nombre de la civilización, y donde Baigorrita no pudo sostener ese mismo derecho que habían ejercido los salvajes alemanes, y tampoco hubo lugar para que vos ejercieras el tuyo.

Cómo sonarían, en esta pampa, aquellas estrofas de Horacio, Si no me niega su flauta Euterpe y de Polimnia logro la dulce lira de Lesbo. Y cómo sonarían, abuelo Alfredo, los alaridos de los ranqueles con sus caballadas remeciendo la tierra.

Sé que eras grandote, con unas manos así, que tenías mal vino -algo que yo heredé- catorce hijos y que al momento de tu muerte, aun en la panza la menor y con catorce años el mayor, la abuela Cecilia enloqueció. No era para menos, sin saber ni una palabra del castilla, sin ayuda de nadie y desalojados del campo que arrendaban, porque el terrateniente consideró que, muerto el hombre que trabajaba, no había más lugar para la viuda y los hijos. La abuela, luego de sepultarte, cargó todo, hijos y los pocos enseres, en un carro cuyo eje se incendió en el camino por falta de grasa, sé, abuelo Alfredo, que moriste de una pulmonía, imaginate, con el pueblo más cercano a cientos de kilómetros, y en aquel tiempo en el que una pulmonía era mortal y no había médicos o era mortal para los médicos, allegarse.

En Turín, vos habías cantado ópera, un papel menor en Mefistófeles, de Arrigo Boito, hizo que se hablara de vos como de un bajo con muchas perspectivas. Supe que escribías poesías, pero ninguna permaneció, la concavidad del pampero aventó aquellas hojas.

Aquí había que facere l'america y eso era poesía cruel, pero vos elegiste, y por lo tanto sepultaste tu lirismo y viniste a sepultar la reja y en las noches de invierno, con tus paisanos piamonteses -en aquellos campamentos de juntadores de maíz o en las tabernas de los pueblos- cantabas e la violeta la va la va, maledetto il capitano qui comandaba il regimento y a veces, partes del Mefistófele o tarareabas il va pensiero. Sé que a último momento llamaste a tu mamma, a la que nunca volverías a ver, mientras esta tierra te asestaba su inmensidad a los treinta y cinco años de edad.

Escuchame vecchietto (¿puedo llamarte así, cariñosamente?) hace poco, una prima visitó la región del Piamonte de donde vos y la abuela provenían, pero en el Condado de Carignano no halló a ningún pariente, aunque casi todos los vecinos tenían esa marca de fábrica que ostentaba aquella tu noble nariz, y dudo en cuanto a si no se escondían por miedo a que pudieran reclamarles parte de alguna herencia.

Ahora quiero decirte que no han sido en vano los genes que sembraste porque brotaron junto con los trigos y el semen indio-español-criollo. Que tu nieto luchó y sufrió para que nuestro país no cayese en la postración, quiero decirte que tu nieto dejó un reguero de sangre a continuación de la tuya, que se salvó milagrosamente y que espera que tampoco haya sido en vano, y que tengo dos hijas, tus biznietas, que no saben que vos exististe y se acuerdan poco de mí, y unos cuantos tataranietos tuyos que probablemente cosechen la siembra.

*Originalmente, esta carta fue datada en Viamonte, Córdoba, Argentina, el 28 de Enero de 1999.

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