jueves, 1 de septiembre de 2011

Crímenes municipales o qué es un escritor

Reinaldo Spitaletta (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace menos de dos meses, nos reunimos en esta misma Biblioteca de Bello para preguntar qué era un hombre, cuando presentamos la novela El sol negro de papá. Hoy vamos con otro interrogante, ¿qué es un escritor? Es probable que la respuesta nos supere, que se quede corta, que apenas sea un balbuceo. Un escritor, en cualquier caso, es aquel que es capaz de convertirse en otro y en otros, que es capaz de insuflar vida a lo que en apariencia nadie nota, porque estamos sumidos en las enajenaciones o del mercado, o de las prisas, o por los deslumbramientos de lo frívolo y de las modas. El escritor busca ir más allá de las apariencias, bucea en aguas turbias y peligrosas, es capaz de sugerir sospechas y hacer que el lector entre en pánico, en reflexiones, o busque salidas a su existencia o a las de los demás. Es terrible ser escritor porque se sufre un poco más, porque es posible despedazarse con los personajes, con sus vidas, con sus muertes, con sus destinos.
El interrogante planteado puede y debe tener respuestas múltiples, distintas, incluso contradictorias; cada escritor tendrá unas o muchas maneras de responder. O ninguna. Porque también hay casos en que a cada poema, a cada cuento, a cada novela, les surgen asuntos inesperados, más preguntas que hacen que la condición humana sea una complejidad. En cualquier caso, digo, el escritor es un investigador, alguien que puede ser lo que se llama “la mala conciencia de su tiempo”, un ser pleno de antenas, que lo recoge todo y todo lo afecta.
En el caso de Darío Ruiz Gómez hace rato, diría casi cincuenta años, estamos en presencia de un escritor. En sus libros de narrativa y poesía, en sus escritos de urbanismo, en los de crítica de arte y literatura, en sus ensayos y columnas de prensa, en fin, se puede apreciar al hombre culto y al artista que es capaz de penetrar en las distintas telas y capas de la ciudad, de sus habitantes, para dar cuenta de las angustias contemporáneas pero también de las que heredamos, de las que nos vienen o por historia o por la cultura. Ruiz Gómez, que ha ido más allá de las costumbres, de lo evidente, ha transpuesto umbrales y fronteras para penetrar hondo en la conciencia de la urbe, en sus discursos y formas de expresión. Al construir sus geografías íntimas, sus ciudades imaginadas y reales, sus personajes, en los que pueden estar la mesera, el futbolista, el empresario, el narcotraficante, en fin, es capaz de trascender la apariencia para construir sus mundos con un tejido tremendo de palabras que duelen o que festejan o que crean universos de perturbación o de melancolía, según los casos.
En sus obras el lector puede encontrarse con la belleza. La misma que a veces narra las fealdades del ser y de la conciencia, o que muestra muros descaecidos o leprosos, o fragmentos de ciudad sin bancas, sin jardineras, sin árboles, o espacios de apartamentos carcelarios, llenos de angustia en sus ventanas y en sus moradores. En la estética de este escritor, en sus motivos, temas y obsesiones, asistimos al horror urbano, a las opresiones espaciales, a la crítica a posiciones sociales amaneradas. Y así como nos podemos sumir en la angustia de Carenevera (uno de los personajes y de los cuentos de Crímenes Municipales) que se consume ante los cadáveres de un hombre y un niño, podemos asistir a la agonía lenta y modernísima de una pareja de ancianos que marchan hacia lo definitivo en un almacén de gran superficie, en el cual se internan en un frío artificial, en búsqueda de una aurora polar de desolada muerte.
En las ficciones de Darío Ruiz es posible encontrarse con el tedio de aquellos que sólo piensan en el consumo y las apariencias, como con los que son derrotados por la opresión y los desajustes sociales. En sus obras, y en particular en la que hoy estamos presentando, Crímenes municipales, se puede caminar por un mundo de autodestrucción, como lo que ocurre en nuestras ciudades, o por los estertores de una sociedad en la que compiten la vulgaridad con los desmanes de los viejos y nuevos ricos. El escritor nos conduce, con una mirada distinta frente a lo que es posible que ya conozcamos, por laberintos en los que aparecen la opulencia y el atraso, las miserias y los esnobismos, y nos introduce en el asombro. Darío Ruiz nos descubre, nos enseña, una ciudad que creemos conocer y que por el tratamiento de los temas, el desarrollo de los personajes y sobre todo por el tejido auspicioso del lenguaje vemos en otras dimensiones inesperadas e ineludibles.
Como el mismo escritor lo ha dicho en variadas ocasiones, la ciudad es un conglomerado de infinitas voces y comportamientos, de músicas inevitables y a veces sorpresivas, de vocablos y lenguajes, y es ahí, en este punto, cuando el escritor debe echar mano de su talento, de sus dotes de observador, y darles fusta a sus artes creativas, para mostrar un mundo nuevo surgido de lo que ya es viejo y obsoleto, de lo que está en ruinas o a punto de perecer. La ciudad es un territorio o muchos territorios, en los que no solo hay muerte y violencias, sino algunas historias de amor, algunas maneras de la solidaridad y de los afectos.
Si por ejemplo Carrasquilla en su narrativa vapuleó al retablo de usureros, a los avaros, a los arribistas sociales, a los impostores y posudos, a los nuevos ricos, a los que tenían ganas de aristocracia y su mundo era de esnobismo y bovarismo, si Carrasquilla hizo eso y otras cosas más, Darío Ruiz muestra las nuevas decadencias, las nuevas simulaciones. Penetra en la ciudad, en sus paisajes humanos y topográficos, con renovado lenguaje y, en especial, con una visión en la que no hay concesiones ni facilismos, sino una estructura compleja de caracteres y situaciones.
Un escritor es aquel ser capaz de reinventar el mundo. ¿Cuántos crímenes municipales ha habido aquí y allá? ¿Cómo mostrar entonces con interés y hondura situaciones que, por ejemplo, la prensa trivializó o que por otras razones se disfrazaron? Tal vez para todos, bueno, o para algunos de los asistentes a este acto, sean conocidos crímenes como el de Posadita y la ascensorista del edificio Fabricato, en tiempos en que la industria y los patricios de la misma, dominaban la ciudad y a sus habitantes. Qué hizo el escritor. Quizá tomarlo como referencia, pero sin nombrarlo porque no es periodismo lo que hace, crear unas atmósferas adecuadas y seductoras y dar otras visiones sobre un crimen, o acerca del asesinato de un mandamás de clase alta a su esposa, o de cómo otro “hombre de pro”, de aquellos tan industriosos y promulgadores de las “buenas costumbres” asesinó a un muchacho pobre que se opuso a sus requerimientos sexuales. He ahí al escritor, al transformador de la realidad, al creador de nuevas certidumbres e incertidumbres, al hacedor de mentiras verdaderas, que es, en últimas, el papel de la literatura.
Desde sus comienzos literarios, Darío Ruiz ha inquietado con la presencia de la ciudad, de los viejos comportamientos patriarcales, de aquellas sociedades de los privilegiados que humillaban al pobre por su fracaso y su condición, hasta derivar en las transformaciones de la misma, en la que irrumpieron otros ricos, otros potentados, otros asesinos. Y ahí estaba el escritor con sus reflexiones, con sus creaciones, con sus palabras que son las que crean las cosas y los mundos.
En Crímenes municipales no hay sensacionalismo, ni tampoco truculencias de thriller. Hay literatura, que es la que hace que el lector, al cerrar el ciclo del libro, quede transformado, tocado, lleno de preguntas. Y quizá, por qué no, tenga que volver a la relectura, que ya es una manera de la consagración del escritor. La muerte, pero a su vez la vida como fiesta y reivindicación, están presentes en estos notables cuentos de Darío Ruiz. Porque, sin duda, el maestro Darío Ruiz, que es el decano de los escritores de Antioquia, se ha ganado desde hace tiempos un lugar en la tierra como escritor universal. Y a propósito de todo, qué es entonces un escritor. Puede ser, tal vez, aquel que con sus ficciones y reflexiones nos hace creer que, pese a todas las muertes y a todas las violencias, el hombre prevalecerá. Y esto es, creo, lo que viene haciendo con sus libros y creaciones, con su literatura, Darío Ruiz Gómez.
(Escrito en Medellín, en momentos en que sonaban balazos en algún barrio).

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