miércoles, 7 de septiembre de 2011

El caballo del comisario

Ricardo San Esteban (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Estaban el Cocho Pedraza y su compadre el Nene Paul en el bar Marconi intercambiando elevados pensamientos cuando el Cocho recordó a don Ernesto Cavignac, comisario y único personal del cercano pueblo de Pedro Funes.

-Siempre fue sólo un caserío -dijo el Cocho- pero supo de mejores épocas. Los mapas lo registraban, figuraba en los boletos de la empresa de colectivos COATA, había un cartel en la ruta con su nombre, tenía una estación del Ferrocarril, una capilla, una estafeta del Correo y hasta una comisaría.

El comisario usaba la gorra reglamentaria, chaquetilla azul con charreteras y todos los correajes de cuero. Del lado izquierdo del cinturón colgaba una charrasca con empuñadura de bronce, del lado derecho una cartuchera pero sin el revolver calibre 38 reglamentario, la usaba para llevar un paquete de tabaco “Mariposa”. La otra mitad, de la cintura para abajo, era hombre de campo con bombachas batarazas y alpargatas negras sin medias, las espuelas atadas a los garrones.

Años ha, cuando el jefe político del distrito lo nombró comisario, se propuso -además de combatir el delito- educar a sus habitantes, pulirlos, diríamos, a esa manga de cuatreros y forajidos de toda laya, pues lo que faltaba era cultura, de manera que si metía preso a alguien, le daba algunas clases de lo que él llamaba teoría.

-A ver, vos ¿A cuántos grados hierve el agua?

-A cien grados, mi comisario.

-¡Un día a pan y agua, por ignorante!

-A ver, vos, que parecés más leído ¿A cuantos grados hierve el agua?

-A los cien grados, mi comisario.

Don Cavignac consultó un papelito a modo de ayuda memoria: -Tenés razón, a los noventa grados hierve el ángulo recto.

En otras épocas y mucho más en un lugar como Pedro Funes, el comisario no tenía mucho para hacer. Una mañana, de aburrido nomás, arrestó a dos vagabundos que estaban en la estación ferroviaria. No habían hecho nada malo, con sus respectivos ataditos de ropa esperaban el tren carguero que iba de La Carlota a Villa María.

En la comisaría había un sótano que oficiaba de calabozo y ahí fueron a dar los dos vagos.

El comisario Cavignac andaba con ganas de jugar al truco, y esto lo llevó al bar del pueblo pero allí sólo se hallaba el bolichero lavando unos vasos. Don Belisario Carcacho, su habitual contrincante, dueño del almacén de ramos generales y juez de paz del lugar no había concurrido, como tampoco lo habían hecho el cura y el boticario. Le pesó, especialmente, no hallar a Don Belisario, masculló, pues, pensando que era mejor así porque iba a cantarle cuatro frescas, ya que el juez de paz anotaba los nacimientos, casamientos y defunciones en el mismo papel de estraza donde envolvía los fideos y otras vituallas. Y así había resultado una confusión muy grande, ayer nomás, de los dos Pereyras –a cual más bajito- no se sabía quien era el hijo y quien el padre, a raíz de una acusación por abigeato de aves de corral. Los acusados se señalaban mutuamente y para identificarlos debió tomarse el trabajo de bañarlos con la manguera de los incendios. Pero además tenía latente un entripado y a pesar de lo ceremonioso, diríamos, del trato, los enfrentaba un conflicto de poderes desde que don Belisario no permitió que el hijo más chico del comisario fuese bautizado con el nombre de Robespierre, algo que tampoco sería del agrado del cura.

Ni se hallaba el boticario, hombre por demás aficionado al juego, con decirles que una vez, en una jugada de taba hizo tasar a la madre y la perdió, siendo que hay una sola.

Así fue como don Ernesto volvió a la comisaría y se acordó que en la improvisada celda tenía a tres detenidos. Levantó la tapa del sótano y gritó:

-¡A ver los presidiarios, salgan que vamos a jugar un partido de truco! Y después les daré la clase de teoría.

Cuando los vagos salieron los miró asombrado y dijo:

-¿Cómo, no eran tres ustedes?

-No señor comisario, somos dos nomás.

-¡No, no, me están engañando! Estoy seguro que eran tres.

Según el Cocho Pedraza, se agachó para ver adentro del calabozo y ahí fue cuando los vagos le dieron un empujón y Ernesto fue a parar al fondo del sótano, cerraron la tapa y aprovecharon que el tren estaba llegando a la Estación.

De esta manera y por dos meses –dijo el Cocho- todo el pueblo anduvo fuera de la ley.

El Nene Paul miró incrédulo a su compadre: -Otra vez hablando boludeces.

-Creélo –aseveró el Cocho- y otra cosa te digo, durante las Invasiones Inglesas de 1806, los criollos le “echaron el ojo” a un formidable padrillo colorado malacara que montaba el general británico William Beresford. Este caballo nunca volvió a Inglaterra, fue uno de los primeros reproductores usados para mejorar la raza criolla, porque estos eran animales chicos y así lograron caballos de mayor alzada y más ágiles. El estanciero Muniz Barreto había comprado aquel padrillo a un prisionero inglés que vino a La Carlota, caballo cuyo descendiente por vía paterna finalmente quedó de propiedad del comisario, un colorado malacara con el cual pajareaba por esas calles, hasta que Hilarión Colazo, como para jugarle una broma, le cantó aquello de “le corro con mi manchao”.

-¿Así que vos queres correrme con tu matungo?

-Pero no, mi comisario, fue sólo una joda.

-Ahora no te me echés atrás.

Hilarión sabía que contradecir al comisario podía traerle serias consecuencias, de manera que aceptó el envite y así, para el día del pueblo, se concertó la carrera, desde la esquina del almacén de don Belisario hasta la plazoleta del ferrocarril, unas tres cuadras.

No había gateras de puertas automáticas como ahora, se largaba desde “cajones”, donde los caballos esperaban la orden del largador, al bajar una bandera y a la voz de: ¡Vamos!

Uno de los largadores más reconocido era el Puluncho Amú, sacristán ad honorem y con rasgos muy parecidos a los del padre cura. Los rayeros o jueces eran dos o tres personas parados en la meta, que determinaban cuáles de los caballos resultaba ser el ganador. Con el tiempo Fernando Pérez, en un alarde de innovación tecnológica compró una cámara fotográfica de revelado instantáneo, para dictaminar de manera indubitable el resultado.

Entre carrera y carrera había un lapso dedicado a las apuestas y al paseo preliminar de los caballos, a manera de pre-calentamiento y para que la gente los pudiera observar y en consecuencia elegir a cuál jugarle unos patacones. En ese tiempo de espera muchos iban a la cantina a comer y beber.

Al Fosforito le gustaba el vino pero nunca tenía para comprarlo. Se aproximaba a los vasos más llenos y gritaba:

-“¡Ya se vinieron!”

Todos corrían hacia la cancha creyendo que se había largado la carrera y cuando se daban cuenta de la falsa alarma, dos o tres vasos de vino quedaban vacíos.

Don Belisario, para llevarle la contra al comisario gritaba: -voy doble contra sencillo al animal de Hilarión.

El alazán del comisario era montado por José Alberto “Tres Patas” Pereyra, avezado jinete y muy admirado por las damas. Generalmente los jockeys usan una montura pequeña con estribera muy corta, por lo que van casi parados sobre el lomo del caballo, pero en ese entonces se corría en pelo o con una lona para protegerse de sudor del animal que es muy irritante y que, como decía Fosforito, suele paspar la raya del culo.

El Hilarión, que después de esta carrera sería apodado “Brasileiriño” lucía una vincha azul y blanca no tanto para sujetar su copiosa melena sino para evitar ciertos insectos capilares.

Y ¡largaron! Naturalmente picó en punta el alazán del comisario, pero al llegar a la primera cuadra, doblando a la derecha quedaba la comisaría y el alazán torció para esa querencia, de manera que el ganador fue Hilarión.

Al ver que tanto el comisario como los apostadores se le acercaban con rebenques, cuchillos, revólveres, palos, fustas y botellas vacías, huyó montado en su caballo, desde Pedro Funes hasta La Carlota.

Galopar varias leguas en pelo no era una tarea sencilla, de ahí el nuevo mote. En aquel tiempo se había puesto de moda una canción que se llamaba “Brasileiriño” y que venía en un disco simple en cuya contratara ofrecía un tema por nombre “Delicado”. Y Fosforito rebautizó a Hilarión con el mote de brasileiriño, justamente porque atrás tenía delicado.

Ante la incredulidad de su compadre, el Cocho seguía con su narración, cuando apareció por el bar el arquitecto Barberis, giró una silla y sentándose, se acodó en el respaldo.

-Buenas y gordas, dijo el gato a las morcillas.

-Tomo y obligo –saludó el Nene Paul- sírvase un trago y páguelo.

-Estaba contando lo de la escapada del Hilarión. Cuando iba llegando a La Carlota, pensó que el comisario mandaría un mensaje, y en el cruce se subió a un palo de teléfono y justo alcanzó a cortar el hilo cuando llegaba la orden ¡agárrenlo al Hilarión!

-No jodas.

-Así pudo salvarse. Otro caso con caballos ocurrió cuando el Eleuterio Pigliapoco, puestero de Manantial Chico, compró uno en la feria de Andrada y lo pagó barato porque era de color verde, color no muy comercial y que tenía poco valor de reventa. Pero le resultó un caballo excepcional que de tan bueno, como decía don Ata, ni pisaba la gramilla.

-Andá ¿Un caballo verde? – dijo el Nene Paul, incrédulo.

-Y…se le habrán mezclado las leches a los padrillos, yo qué sé. Bueno sigo contando, feliz estaba el Eleuterio con aquel caballo verde hasta que lo largó a pastar en el alfalfar de la estancia.

El arquitecto lo miró con aire de interrogación.

-Resultó que se le perdió en el alfalfar y nunca más lo volvió a hallar, eso sí, escuchaba sus relinchos pero no dio con él.

-Te ganaste el cetro de los mentirosos –acotó Barberis.

En eso estaban cuando llegó al bar Fosforito Cabral, enfundado en un traje elegantísimo.

-¡Qué pilchas! –admiró el Cocho.

-Son trajes a medida –dijo Fosforito.

-¿?

-Y sí, a medida que el doctor Alija los va dejando.

El Cocho retomó el hilo de su elocuencia y contó que don Ambrosio Olmos tenía un caballo, de color blanco por un lado.

-No me digas –señaló Barberis- que del otro lado también era blanco.

-Exactamente, pero pudo ser tobiano, para que sepan, y ese caballo iba hasta el fortín cada vez que venía un malón, avisándoles a los milicos.

-No me digas que aquel caballo hablaba.

-Era tan inteligente que, al igual que al dueño, sólo le faltaba el habla. Llegando al portón de fuerte, relinchaba tres veces a modo de clarín.

-¡Ah!

-Don Ambrosio Olmos lo había bautizado “Confite”.-Un día –siguió el Cocho- en que se desató una tormenta muy fuerte, lo alcanzó un rayo, porque ustedes deben saber que los rayos tienen predilección por los caballos blancos, pero en lugar de carbonizarlo, como suele suceder, lo transformó en eléctrico y así ganaba todas las cuadreras y entonces lo rebautizó como “El Rayo de Punta del Sauce”

-Pero qué historia.

-¿No me creen? Mucho después, el científico Nikola Tesla descubrió el posible aprovechamiento de la energía cósmica. Bien. En ese mismo pingo fue que don Ambrosio se llevó, en ancas, a la Antonia Berrueco, después de haberla raptado en el baile del catalán Alsedá. Escapó por la bajada de la Tía Nati pero al pasar el puente del Camoatí vio que una partida venía a prenderlo desde Viamonte. Volvió grupas y enderezó para la cascada, allí hizo saltar al caballo vendándole los ojos con la bombacha de la Antonia que, según dicen, era veloz para bajarla.

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