jueves, 15 de septiembre de 2011

Ese rumbo apresurado hacia la nada

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Se oye un canto quejumbroso
por el agua suplicante
es un yigüirro trinando
desde un higuerón frondoso.

Roberto Gutiérrez, El Talolinga

La parejita trabajó mucho tiempo hasta lograr dar forma al nido que habría de contener la prolongación de su vida. Buscaron el sitio que les pareció más seguro y en ese lugar comenzaron la recolección de materiales para su obra. A los pocos días el nido estaba armado en la bifurcación de la rama de un árbol, apenitas alejado del caserío que se fue formando cuando el trabajo todavía era parte de la cultura popular, antes de entrar en vías de extinción. Las hojas protegían esa casita pequeña donde la tristeza también se instaló, como si hubiera sido empollada por la pareja de aves pequeñas, convirtiéndose en una pesadilla que cayó sobre sus alas inquietas. Con la misma fuerza de la lluvia que anunciaban con su canto cuando el chaparrón se acercaba. Pesadilla que se desplegó, además, sobre la vida, en esa zona donde tanta belleza hacía redondear las bocas con las exclamativas “oes” que provocaba.

Los campesinos esperaban el anuncio del yigüirro macho, considerándolo una bendición en la época de cosecha que enriquecía a los ricos y permitía alimentar a las lombrices residentes en las pancitas de los niños.

Una mañana triste, de esas que cuando llegan parecen encariñarse con los lugares, instalándose de prepo, los yigüirros cambiaron el anuncio por denuncia, alertando sobre otras desgracias que llegaban de la mano del hombre que subordinó su alma al sonido sibilante de la traicionera boa, cuyo largo y grosor se volvía impresionante. Alimentada con frutas robadas en cada paraje, impulsada por el silencio y el terror, ella seguía su paso de norte a sur, zigzagueando, atravesando barreras, recorriendo faldas de mujeres y faldas de montañas, contaminando aires, apagando cantos de niños. Desovando con rapidez, evitando que el tiempo abortara su deshumanizado raid delictivo legalizado.

Las parejas de yigüirros hacían su nido como si fueran artesanos del paisaje, utilizando barro y vegetales, cubriendo prolijamente su interior con pedacitos de cuerda encontrados por los pisos de tierra asentada por el tránsito continuo de los habitantes del caserío. Esa mañana su trino sonó a lamento. Fue lanzado exactamente desde el lugar donde se hace visible el tronco y se esconde la radícula cuando trata de fortalecer su base. Lugar donde cayeron para siempre sus pichones.

La posición de los cuerpecitos, apuntando hacia la copa sus escuálidas patitas rígidas, pardas, mostraba por última vez las manchas negras de los pechos y el beige de las alitas que ya no volverían a abanicar a los bananares.

La pareja, ese día, no llamaba a la lluvia. Requería la presencia de una mujer protectora para que intercediera ante la irracionalidad. Ante el ataque impensado que llegó de pronto para exterminar todo lo que oliera a naturaleza viva.

Esa mujer de piel un poco más clara que la de sus hermanas, a metros de allí, se preparaba para la urgencia. Conmovida ante el lamento alado del ave desprotegida, imaginaba, entre lágrimas, que encontraría una escena angustiante. Nadie podía creer que hubiera tanta fortaleza de hembra protectora en esa figura de contextura pequeña, tan hermosa y noble como las otras. Una corona de guairas moradas realzaba su belleza a la vez que evitaba que sus largos cabellos se abalanzaran sobre su rostro, mientras la brisa del guanacaste acariciaba los pétalos tratando de secar el llanto que brotaba de los ojos de la mujer hermosa, en camino hacia donde había comenzado el velorio, tan impactante como incomprensible.

Ella también vestía impecable túnica blanca que dejaba descubierta la redondez de sus dos hombros, abrazaba su cintura una faja tricolor formada por cinco franjas horizontales. La superior, azul, como reflejo del cielo, seguida por una blanca, símbolo de la paz y la pureza. La tercera, roja, como la sangre del pueblo a la que le sucedía otra tan blanca como la anterior y la quinta, igualita a la primera.

Ver su agraciado cuerpo ceñido por esa faja, permitía imaginar que su cintura era un trozo de satén bordado abocado a proteger los símbolos de la tierra, rindiendo un homenaje a la sangre añeja que descansaba su sueño final entre los humedales y los distintos tonos de verde desparramados hasta donde la vista ya no podía distinguirlos.

La mujer prendió sobre el lado derecho de su pecho, su joya más preciada, que consistía en un escudo formado por un marco de oro representativo del grano de café, también hijo natural del lugar. Compartía espacio con tres volcanes humeantes, retoños de las tres cordilleras que atravesaron desde siempre el país. Lucía estampado, además, un extenso valle entre dos mares sobre cuyas aguas flotaban dos buques mercantes. A la izquierda, encandilaba el reflejo de un sol bordado por las manos de la historia pasada. Circundaban al escudo, dos palmas unidas por una cinta con una leyenda en letras doradas, recuerdo de ayeres tan lejanos como irrepetibles.

A cierta distancia de donde se hallaba la mujer, las bocas abiertas de los volcanes emitían bostezos interminables como queriendo tragarse la tristeza de la mañana. En el caserío sonaba una marimba acompañando el quejido del yigüirro. La mujer, conmovida por el lamento, fue acercándose hacia el lugar donde yacían los pichones. Una bandada de aves revoloteaba asustada alrededor de la silueta delicada de la preciosa madre que no todos los ojos humanos podían divisar, aunque algunos lograban sentirla y otros, simplemente, la ignoraban.

Por allí también había pasado Chiquita-bra. Por allí también dejó sus huevos contaminantes que estallaron dando luz a otras vidas tan perversas como la de la idólatra de la muerte que observaba desde el basural de indolencia.

Un venado amigo, pese a que su paso comenzara a tambalear de pronto, hizo tremendo esfuerzo por arrimarse al escenario de angustias acompañado por monos, insectos y chanchos de monte. Todos se sentían extrañamente descompuestos y mareados, aunque dispuestos a custodiar, hasta donde hiciera falta, a esa mujer que portaba la humildad que sólo tienen los que se saben grandes. Fueron bordeando los huellones que se convirtieron en sellos impresos del reptar de la serpiente. Sellos del fuego del espanto que no se pudieron borrar, hasta el momento.

El paso de Chiquita fue preciso. Desde la estatua, su cerebro ordenaba seguir el camino emprendido a la vez que desarrollaba nuevos métodos de terror y sobresalto, bajo la mirada fría de la bellísima mujer de ojos tan celestes que parecían pedacitos de color arrancados al cielo. Ella consiguió que su andar fuera acompañado por el brazo represivo que logró formar, provocando que los hermanos comenzaran a pelearse entre ellos. A arrancarse la vida y a apresurar a la muerte que suele llegar a destiempo para imponer su ley forzada.

Chiquita-bra, empachada de ordenes y codicia, se enroscó entre el verde de los bananales arrancando cada racimo, encajonándolos prolijamente para luego depositarlos sobre los pisos fríos de los vagones que los llevarían rumbo a la estatua lejana donde serían estrujados. Con aceite de palma africana, embadurnaba su piel escamosa para que el sol rebotara como si pegara en un espejo. Lo utilizó para el desparrame sobre los engranajes del motor de ingeniería que habría de talar la pervivencia de los recursos naturales y humanos en cada sitio que reptaba.

Aseguraba con ello que llegaran señales a la mujer de corazón entumecido, la que hablaba diferente y no se entendía con sus hermanas, sino que prefirió ser arquitecta del odio y el despojo. Esa que logró aliarse a otros espectros vivos capaces de aniquilar hasta al futuro.

Dicen, los que siguen su historia, que ella permanece estática atropellando márgenes y códigos, enlutando auroras y desesperando noches, demorando el amor, acelerando el miedo. Atropellando y deshilachando los bordes de corazones que van perdiendo forma y color, latido y alegrías.

La otra hermosa dama, requerida por las aves, en su urgencia por acoger entre sus pechos a los yigüirros llorosos, sentía que los pétalos de su corona de guairas moradas rodaban por sus mejillas húmedas. Algo los desprendía, de pronto, pero no impidió que siguiera su camino hacia el llamado.

A medida que avanzaba iba encontrando otras aves caídas por el camino, los quejidos se unificaban en contradicción con la actitud del hombre que siempre pareció aferrarse al desmembramiento, permitiendo con ello el lamento hasta de la memoria. Sus piquitos quedaban abiertos como tragándose las sombras a medida que iban cayendo derribados por una fuerza invisible.

Encontró, también, agonizantes lagartijas y un extraño aroma a duelo se extendía, tiñendo al paisaje de un mortecino tono violeta lúgubre. Nadie trabajaba en el pueblo desde hacía días, la tristeza cubrió la región con su manto raído, dejando granos de sal sobre las heridas del miedo que comenzaban a supurar.

El canto y la risa de los niños estaban atrapados en laberintos confusos sin encontrar la salida donde se escondía la esperanza. En sus caritas pequeñas se perdía el color, sólo había ojos mojados y signos de interrogación que se desprendían de cada mirada casi muerta en momentos en los que deberían haber estado celebrando la vida.

Olía a veneno el pueblo, avionetas de acero, imitadoras del vuelo de las aves que iban cayendo tras el rugido de fiera de los motores, descargaban espesas nubes blancas engordadas de agrotóxicos capaces de reventar la vida desde adentro. Las almas caían sobre la tierra por donde había pasado Chiquita-bra dejando su baba como metástasis del cáncer diseminado por aquella presencia tan hermosa como perversa, que observaba la escena desde el coloso de cobre, acero y concreto.

El yigüirro entonaba su última melodía donde yacían sus pichones, apuntando a los racimos sus escuálidas patitas rígidas, pardas, que permitían ver las manchas negras del pecho y el beige de las alitas que ya nunca volarían por los bananares.

Antes de llegar donde se desplegara la apocalíptica visión, entre matas y alambrados una vaca abandonaba forzadamente su preñez; las aguas transparentes permitían ver cardúmenes flotando su final masivo. La túnica de la mujer hermosa arrojaba gotas de amor sobre cada cuerpo yacente, sin acabar de comprender qué era lo que provocaba esa visión perversa, tan criminal como quien arrojara una bomba sobre un rosedal.

Una madre que trataba de dejar su aliento sobre la boquita agitada de su pequeño, creyó sentir una caricia suave y levantó su vista sin encontrar a nadie. Dicen los ancianos que allí estaba la mujer bella tratando de limpiar la humareda mortal absorbida por los pulmoncitos débiles de la criatura.

Dicen que la mujer sacudía desesperada la copa del guanacaste para que el aire llegara a ese cuerpecito por el que se escapaba la vida. Pero el árbol se negó, por primera vez desoyó un pedido de su eterna compañera sabiendo que con su brisa acercaría aún más los efectos de las nubes y su carga de agrotóxicos. Porque el guanacaste, decían los aztecas, es el árbol que oye. Y oyó demasiado y también fue agredido, fumigado, privándolo de las cosquillas de los aleteos en los brotes nuevos que no llegaron a ser cuna de nidales.

La mujer de largos cabellos sostenidos por una corona de guairas moradas de pétalos cayentes, pensó en el pérfido paso de Chiquita-bra. Pensó en sus hermanas, tan sufrientes como ella, mientras se cubría el rostro con sus manos delicadas, impotentes para frenar tanto dolor.

-¡Maldita seas hermana de idioma diferente! Gritaba ante la masacre consumada.

-¡Maldita sea tu fuerza, que arrancó tantos hijos de mi vientre!

-¡Maldita tu impunidad y tu soberbia!

-¡Maldita sea tu herencia alimentada por nuestras lágrimas!

¡Maldita seas y malditos tus engendros! Siguió gritando al funeral de la mañana que daba paso a la tarde quejumbrosa.

Lejos de allí seguía sonando la marimba, mientras un artesano daba los últimos toques de color a una carreta desde cuyos lados desbordaba lo que quedaba del desarrollo económico de la zona. El artesano no pudo concluir su expresión artística, la nube con fuerza de dios vengativo salido de un útero infectado, arrastró su obra hacia la boca de un volcán dormido donde se estampó el arco iris de colores del pincel agonizante.

A la mole de cobre, acero y concreto, seguían llegando los bananos. La mujer que hablaba idioma diferente, sonreía en la distancia, antes de comenzar el conteo de cada racimo verde del producto que llegaba en vagones sobre las huellas que dejara Chiquita-bra por los caminos.

La mujer, mirando el desastre ecológico descargado sobre el lugar, pensó en esa carrera absurda donde los pobres corren últimos gastando lo que les queda de aliento. Pensó en los cosificados, los sobrantes, los que deslucen lugares porque la pobreza es fea, sucia, ordinaria. Como si repitiera un mantra, con sus ojos vueltos hacia donde yacían cada vez más animales, mientras la nube blanca seguía cayendo, comenzó a exclamar desde su ternura infinita.

-¡Cuánto dolor padecen nuestros hijos en su trayecto cercenado por el odio!

-¡Cuánta miseria ruin, tantos desvelos convertidos en espectros con la fuerza de rayos destructivos!

-¿Dónde encontrar las gasas que absorban las heridas sangrantes de las cicatrices de nuestra historia?

-¿Cómo apartar la necrosis generada por tanto coletazo aplicado contra nuestros pechos?

Dicen los que conocen los quejidos de la historia, que siguen abriéndose los huevos. Y dicen que el cerebro asentado en la estatua sigue rumbeando hacia el sur, desgarrando las arterias de cada mujer hermosa que se entiende muy bien con sus hermanas.

Y dicen que mientras tanto, la mujer desde la estatua, va transformándose también en piedra poco a poco. Que anda levantando muros, generando desprecios, desparramando espantos capaces de aniquilar la razón mientras crea un cordón umbilical que no ha de ser fácil cortar ¡porque es de acero!

Los yigüirros ya no anunciaban la proximidad de la lluvia. Desde el pecho de su madre gimiente, seguían entonando las últimas notas de un adiós a destiempo. Adiós que marcaba el rumbo apresurado hacia la nada.

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