viernes, 23 de septiembre de 2011

Fachenzo El Maldito

Ricardo San Esteban (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El Cocho Pedraza, músico y contador de cuentos, estiraba su corpachón en un bostezo, cuando llegaron sus amigos el Nene Paul y el arquitecto Barberis. El televisor del bar Marconi coloreaba el recinto con el canal rural y entonces el Cocho recordó a don Napoleón Baracca, quien, aunque criado en las chacras del sur de Assunta, hablaba con marcado acento italiano porque los gringos usaban el piamontés para comunicarse entre ellos. En una oportunidad, aterrizó una manga de langostas que se creía ya extinguida y él gritaba ¡sum ancura viva! En las jugadas de truco, cuando tenía flor, cantaba burlonamente: chapa a la gata per i pé y baci el daré, que traducido quería decir agarra a la gata por el pie y dale un beso en el culo.

Trabajó muchos años con Don Cafa y cuando vendieron el campo se vino a vivir al pueblo, donde fue peón de albañil. Era delgado con una gran nariz ganchuda, chicaba toscanitos Avanti, por lo que tenía una dentadura manchada de un color marrón negruzco y también fumaba en pipa. Sabía decir: Come sciocco che è italiano, fuma la pipa pa `non invitati, que traducido quería decir cómo es de tonto el italiano, que fuma en pipa para no convidar.

Contaba el Cocho que una de las salidas favoritas de Napoleón Baracca era ir los domingos a lo de Murmullo Peirone, un boliche de campo que estaba en la estación del Ferrocarril de Manantiales, camino a Assunta. Ahí se jugaba a las bochas, a las cartas, también hacían trotar el hueso (tirar la taba) y alguna que otra carrera de caballos.

Solía llegar un vendedor ambulante, uno de aquellos mercachifles o “pilcheros” como se les decía. Era un turco santiagueño que andaba en un carromato con un toldo de lona, tirado por dos sufridos burritos. Además de vender: arrope y frutas secas, también lo hacía con mantas, bozales, cuchillos, repuestos para faroles, lazos, artículos de tocador, ropa de trabajo, rebenques y chucherías varias, actividad con la que financiaba su verdadera vocación, que era representar obras de teatro.

Cada año retornaba y solía hospedarse en casa del padre del Cocho, hasta que un día, uno de los burros se comió todas las flores del rosal favorito, rosal que nunca más llegó a florecer, pero hubo ganancia porque el burro tuvo un aliento envidiable. El Cocho seguía contando que un día el padre los llamó temprano, todavía dormían, dijo, y ¡sorpresa! el rosal había florecido. En realidad, el padre había atado rosas de papel a los tallos mustios.

Lo cierto era que en el boliche de Murmullo, con unas mesas apiladas y unos ponchos armaban un improvisado retablo. El Santiagueño, entonces, a falta de actores, se proclamaba director y primer actor, y el elenco se completaba con los lugareños, cosa que entusiasmaba, por ejemplo, a la mujer de Murmullo, llamada Miselfra, quien siempre había soñado con ser actriz, a un tal Venancio Doffo, mensual que era de la estancia El Inca en el papel del gaucho Bataraz, y al propio Murmullo que hacía de apuntador. Aparte de estos personajes, salía a escena también el chancho sin cabeza, pero como no había ninguno a mano, el bolo se le encargó al Diente Mansilla, habitué del lugar, quien no debía mostrarse demasiado y sí, gruñir entre bambalinas.

En aquella oportunidad, comenzó la función y cuenta El Cocho que Baracca estaba borracho y se había sentado muy cerca para no perderse detalles. El argumento de la obra era el mismo del correspondiente a Fachenzo El Maldito, adaptación de un radioteatro muy en boga en aquellos tiempos. Fachenzo y la Bruja hacían mil maldades en contra del pobre gaucho Bataraz, hasta que éste debía morir a manos del villano, pero Venancio Doffo se negaba a perder y manoteó su facón, de manera que el improvisado apuntador, Murmullo, ordenábale. ¡Caiga, Gaucho Bataraz, caiga! Pero Venancio era hombre entrañudo y no se iba a dejar vencer así nomás.

-¡No voy a caer nada!

Para colmo, el Santiagueño tenía un puñal de utilería, pero Venancio lucía siempre el suyo, un caronero envidia del pago y que vaya si era de verdad.

- Yo comencé a juntar herrumbre -decía Napoleón Baracca - hasta que cansado de ver tanta injusticia, después de las maldades que le habían hecho al Bataraz, me levanté de la silla enfurecido y grité: ¡Lungo merda! Io non ti lascerò uccidere questo coraggioso. Ho preso il cuchillo, un verijero cabo blanco que llevaba a la cintura y lo encaré.

El Turco Santiagueño, creo que todavía está corriendo.

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