jueves, 1 de septiembre de 2011

La escopeta e virtu’

Ricardo San Esteban (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La última parada suya, a la salida del pueblo, era la del Macho Blanco, para tomarse allí su habitual Orfevi, el del estribo. En ese momento, pues, estaba llegando el Chispa Martinetti, quien antes de bajar del sulqui ya gesticulaba con un extraño envoltorio.

-Es la escopeta que me mandó comprar el Armando Pellegrini. Esta tarde se va a llegar por mi chacra para darle virtú ¡Ahora terminará el robo de mis pavos! ¡Y hasta sirve para cazar luces malas!

El Martinetti no era tan tonto, sabía que decir eso en el boliche del Macho Blanco haría que más de un parroquiano parara la oreja, incluido el dueño.

Al Macho Blanco -también apodado el Gallego Cuenca- algo le recorrió por la espina dorsal, bien fuera un escalofrío o una ladilla. Pero lo real era que la escopeta mágica había de preocuparle. Y más si se trataba de un don otorgado por el Armando Pellegrini, quien era manosanta, sabía curar la isoca de palabra, dar vuelta las pisadas y además se titulaba ufólogo.

-Trato con Satanás no registra, pero sí con mandingas de la zona, había sentenciado el cura.

-Tómese algo, don Sancocho –dijo El Chispa, dirigiéndose a un compadre suyo, habitué del lugar.

-Asco le tengo al frasco, déme un Orfevi con soda don gallego ¡Salud!

-Arraiyúa, ya les he dicho mil veces que no soy gallego, sino vasco.

-Está bien, no se me enoje, don gallego.

-No llueve, hay mucha seca, las matas de cardos rusos se hacen como una rueda y enganchan en los alambrados, hasta rompen las varillas.

-Por eso –dijo el Sancocho- hay que mojarse por dentro, humedecer el alma.

-Con esta seca y la guerra, viene mucha miseria, hasta me roban los pavos –agregó El Chispa.

El gallego Cuenca miraba una arañita que tejía, incansable, su tela en la cumbrera.

-Si, esta escopeta va a tener virtú, es una belga de caño de alambre. La compré en la armería, ya la había bichado en la vidriera el Armando Pellegrini y me la recomendó. Mis buenos pesos me ha costado. Esta tarde vendrá por mi campo para hacerle sus conjuros. Los perdigones irán a buscar el culo del ladrón aunque se meta debajo de la cama.

Don Sancocho se rascó el yacimiento del seso: -¿Y si está, digamos, en sagrado?

-Estos perdigones no se enfrían, lo esperan a la salida. Lo que sí, usted, dueño de la escopeta, si se queda con cartuchos de más, se muere, porque son con daño.

-Cada cristiano ¿sabe? tiene una cantidad de cartuchos de cuando nace y si los gasta a todos...

-No, mi amigo –terció el gallego Cuenca- ése es otro cuento.

-De todos modos, no voy a guardar un último cartucho hasta el día en que me muera. Vaya a saber qué eternidad hay adentro.

-No joda con eso.

-Para esos otros cartuchos están la Talón de Oro o la Siete Colores –aclaró la Yegua Blanca.

-¿Y vos? –pensó el Chispa, pero no dijo nada.

-Con ésas te vas a morir, pero de una purgación -dijo don Sancocho, aferrado a su vaso-.

-Menos mal que lo tengo a mano al padre Fassi para que me disuelva.

Al atardecer cayó el Armando Pellegrini por la chacra del Chispa, bendijo el arma y de paso, alabó unos salamines en grasa con aire conocedor y luego se quedó a cenar unos pichones de ganso fritos, regados con vino Orfevi.

-Hacen vino fiero estos Sevilla –carraspeó el ufólogo.

-Peor es casarse.

-Bueno, me voy porque tengo que hacer otro domicilio –explicó el brujo.

Como a la madrugada, el Chispa oyó ruidos en el gallinero.

-¡Me están robando los pavos!

Se acordó de unos consejos de Pellegrini “vos sacá la escopeta por esta ventana y apretá, nomás, el gatillo. No hagás puntería porque el perdigón, de por sí, buscará al ladrón. Ponete las alpargatas, no tirés en pata, porque hacés masa y pierde efectividad”.

A la mañana siguiente, ni bien amaneció, fueron, ansiosos, el Chispa y un mensual suyo hasta el gallinero. Recontados que fueron los pavos, no faltaba ni uno.

-El ladrón escapó, aquí parece que hay rastros, pero sangre no se ve.

Caminó unos pasos y vio una caca de perro entre las pisadas de hombre.

-Aquí parece que la perdigonada se hizo bosta.

-No te hagás el vivo –espetó el Chispa

Más tarde, al llegar al pueblo, se enteró que el gallego Cuenca, mientras dormía, según explicó la Yegua Blanca, su mujer, había recibido una perdigonada en su retaguardia. Siempre supo dormir de espaldas, había de aclarar. -Pero hay varios vecinos, hasta don Sancocho, que anoche recibieron munición en el ojete –concluyó-.

El Chispa consultó con el manosanta.

-Yo creo que el Macho Blanco fue quien, la vez anterior, te robó los pavos, y otras veces habrán sido los otros. Se me fue la mano en los conjuros y la escopeta capaz que tira con retroactividad. Esta noche, de verdad, te los van a robar, según me informaron unos espíritus.

Cuando esa madrugada el Chispa sacó la escopeta por la ventana, una fuerza misteriosa, del lado de afuera, le arrancó el arma de las manos y desapareció en la oscuridad. Tiempo después Pellegrini tuvo una muy parecida.

-La encargué a Buenos Aires, porque aquí no había.


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