viernes, 23 de septiembre de 2011

La fragmentación

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El sujeto llevaba una buena cantidad de horas conectado (¿a qué?). El insistente sonido del teléfono logró sacarlo de un lugar (¿su lugar?). La primera pregunta que le sobrevino fue: ¿Dónde estoy? (quizá la segunda pregunta pudo haber sido ¿de dónde vengo?). Del otro lado de la línea alguien (¿quién?) le saludaba; él no supo muy bien qué contestar. La otra voz le preguntó si recordaba la canción de protesta de Mafalda “Los buenos empezamos a cansarnos”. En el rostro del sujeto se marcó cierta extrañeza (aunque lo suyo no era exactamente extrañeza), guardó silencio (que tampoco era silencio) y lentamente apartó el teléfono. La voz ajena (desde la distancia que él mismo provocaba) le dijo que le esperaba en el bar de la esquina; ahí seguirían recordando la melodía que se inventó la niña de Quino. (¿Quino?, ¿niña?, ¿melodía). Y, desde el auricular, la voz cantó: “Queremos mucho a la gente, por eso nos cae muy mal…Que la perforen a tiros o achicharren con napalm. No sabemos bien quien tiene la culpa de esto, ni nada, pero ya tanta violencia se está poniendo pesada…”

El sujeto (éste era otro sujeto) pretendía salir de su casa intentando vencer el pesimismo generacional que, según él, le entregaron. Hace algún tiempo puso en práctica una serie de ejercicios cotidianos con el firme propósito de dejar de ser un perdedor. (Yo me amo, tú me amas, ella me ama, todos me aman). Ya un amigo le había dicho que en la globalización el pesimismo no estaba de moda. (Globalización, pesimismo, moda, él, los vecinos, todos, ¿quiénes?, preguntas que el sujeto se hacía cada vez que intentaba ser tan feliz como los otros). Y en la intimidad de su hogar (su habitación, su pantalla, su punto) buscó una explicación en internet. (Wikipedia podría tener la respuesta que en otros tiempos le daba la religión): “La globalización es un proceso económico, tecnológico, social y cultural a gran escala, que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países del mundo unificando sus mercados, sociedades y culturas, a través de una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas que les dan un carácter global”. Listo, el hombre se creyó listo para ser él ante los otros.

Una mañana un sujeto (otro más) se despertó perdido en su propio hogar. En un comienzo el extravío no se manifestó como un asunto de orientación geográfica (que luego lo sería). Al abrir los ojos el sujeto no supo con exactitud si donde había dormido era en la cama o en el suelo. (¿Cama?, ¿suelo?). Sí, el sujeto padecía la enfermedad del siglo: el mal de la identificación de las cosas. El drama no era saber si los alimentos se guardaban en la nevera o en el armario, la descolocación consistía en no recordar qué se denominaba nevera y qué armario. En la etapa anterior de su vida dijo tanto que en un momento del camino se perdió en el laberinto de su habladuría. Y ya no pudo ir ni hacia delante ni hacia atrás. Un día (que creyó sería uno más como los otros) se le cerró el entendimiento. Y dejó fuera la idea. Al inicio de su enfermedad él se quedó solo con las palabras; luego, no supo qué hacer con ellas y toda la antigua fuerza de su verbo se le congeló en la isla de su cerebro.

Un helicóptero sobrevuela la zona (¿qué zona?). El ejército (¿qué ejército?) vigila a los descolocados globales.

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