jueves, 15 de septiembre de 2011

La historia y el puñal

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Antonio era profesor de historia. Enseñaba en la universidad y en el secundario.
Tal vez porque la palabra “historia” siempre fue muy fuerte para él.
Es que cuando era chico y vivía con sus padres su casa estaba llena de objetos que eran recuerdos. Recuerdos de historias.
Un cuenco de cerámica negra, hecho por preincaicos, que fue traído por su padre de Perú, que recorría América Latina de mochila.
Veía ese cuenco y se preguntaba que manos lo habrían hecho. De quien habrían sido. Como habría sido el que la hizo. En que estaría pensando en ese momento.
Pequeñas cajitas antiguas, algunas de marfil, otras de porcelana, que llamaban a preguntar que se habría guardado ahí. ¿Cocaína, agua bendita, veneno, pequeños papeles con mensajes, aros? Y las primeras fotografías de sus abuelas y tías, con abanicos y largas polleras, siempre sonriendo.

Grandes peinetas de marfil estaban de pie en un antiguo aparador, junto a abanicos abiertos y ceniceros de plata. Y dos candelabros de hierro con pequeños cristales colgando, cada uno con dos velas amarillas algo oscuras por el tiempo, encima de un piano de cola que nadie tocaba ya que fue de su abuela, pianista. También collares de perlas y pequeñas piedras negras.

Cuando eran objetos de uso, siempre preguntaba a sus padres de quien fueron. Y ahí ellos le respondían contándole la historia de quien los había usado. Y como.

Pero había algo del que no le dijeron nada. Nunca le respondieron.

Las veces que preguntaba quedaban callados, encogían los hombros y cambiaban de tema.
La pregunta era sobre un puñal que estaba colgado de la pared, junto al cuadro de un antepasado, puñal que parecía estar herrumbrado.
Aquel antepasado había vivido en la época de Rosas y, se decía, fue miembro de la Mazorca, esa policía de la época.

Pero el color de la herrumbre de aquel puñal era un poco diferente a la habitual del herrumbre.
Su color era más rojo.
Siempre preguntaba a sus padres por ese color, pero se miraban entre ellos y encogían de hombros como una forma de decirle que no sabían.

Sintió a partir de entonces una permanente curiosidad por saber como habría sido el momento, el instante en que una cosa fue usada.
Y poco a poco se fue dando cuenta que las historias, el pasado, lo que fue, se conoce desde el presente con una condición: preguntar.
Preguntar por qué pasó lo que pasó, para que fue hecha cada cosa, cada objeto. Si fue o no fue usado alguna vez, como aquel cuchillo de su antepasado mazorquero. Pregunta a la que después fue agregando: ¿cómo habría degollado, metido el cuchillo, por que lugar de las gargantas? ¿Habrían sido muchos a los que en esa época llamaban “inmundos, salvajes unitarios?
Fue por eso que, a partir de esas preguntas, se empezó a interrogar por el origen de todo, ya que la historia es siempre de orígenes, el comienzo de algo. Casi siempre un comienzo sangriento.
Palabra “historia” entonces, que para él pasó a ser muy fuerte. También el nombre de su propia historia.
Y fue profesor de historia.

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