jueves, 15 de septiembre de 2011

La muerte y el guitarrero

Ricardo San Esteban (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El Huinca tranqueaba temiendo que se mojara su guitarra, tanta joda, todas las noches de farra, siempre atrás de una guitarra y ahora esto. Había oscurecido. Metió un pie en una vizcachera, rodó por el suelo, perdió el rumbo, quería huir, regresar. El viento resplandecía para el lado de la laguna. Del centro de la laguna, ya poco visible, salía una tromba.

El Huinca sintió la corazonada de ver morir a un hombre: él.

La tormenta lo arrastraba. Para colmo de a pie, la puta, perder su caballo en aquella jugada de taba. Se agarró de una mata de gramón en el momento en que una especie de sobreviento más fuerte lo aplastó. Revolcándose para eludir el azote se cobijó bajo unas matas. Paja brava. ¡La guitarra! ¡Y justo en la víspera de la yerra en el campo del doctor!

Medio ahogado se arrastró enaltándola, cobijándola. Una vorágine de lluvia cañoneaba en los resplandores, en el estertor de vacas quebradas por el turbión, arrojadas con violencia junto a los pastos secos y ramazón de raíz.

En un momento de relativa calma vio un camino de perdiz que invitaba a seguirlo, a lo mejor finalizaba en algún refugio, qué sabía, algún árbol, una tapera. El cielo se hacía migas, sintió miedo, pero atropelló campo adentro, ojos afuera, corría a tientas, sujetándose con una mano las bombachas y con la otra su guitarra, sangrándose entre abrojos, de esos grandes. Llegó a un montecito chaparro, lo bordeó. El sendero seguía, ahora con unas extrañas y recientes huellas, de tres pezuñas. El montecito resistía, combado en un arco. Un relámpago iluminó el confín y entonces creyó ver a un enano encorvado, hurgando en el totoral, indiferente a la tormenta y a él mismo. ¡El enano Galíndez! exclamó el Huinca ¿Pero no había muerto?

La sombra se volvió con un mirar de ascua. El Huinca, espantado, cayó en un charco, los árboles cedieron y fue, en conjunto, un torrente de agua y carne.

Los peones habían llegado hasta las casas. El chalé del casco se mantenía firme pero el viento destechaba los galpones. Las mujeres rezaban a Santa Bárbara.

Sobre un catre tijera yacía el cadáver del Huinca, todavía abrazado a su guitarra, sus dedos izquierdos clavados en el diapasón, tiesos, y los de la derecha como en un arpegio. Afuera retumbaba la artillería de Satanás.

Los perros aullaban, pero con un aullido que denotaba algo más que miedo a la tormenta. Nadie se hubiese atrevido entonces a colocar en sus ojos la lágrima de un perro, quien lo hiciese vería algo terrible.

Habían hallado al Huinca en el galpón de los peones. Las mujeres lloraban, confundiéndose con los aullidos perrunos y el viento que metía baza, al crujir en las cumbreras y chapas de zinc. De pronto, calma absoluta. A lo peor, dijo Fosforito, allá aprende a afinar porque siempre se aprende algo y uno nunca se muere enantes. Su voz resonó extraña en el galpón. La gente miraba el rostro del Huinca que había madurado. Quisieron sacarle la guitarra, no iban a enterrarlo con el instrumento, que valía plata.

Una anciana se acercó a rezar el rosario y otras, hacían coro. Los dedos del muerto permanecían rígidos con una posición en sol mayor, bueno que se fuera, dijo Fosforito, con la música a otra parte, y una mujer reflexionó que a lo mejor el Huinca creyó que la eternidad es una música.

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