jueves, 29 de septiembre de 2011

La parra enana

Carlos A. Trevisi (Desde Guadarrama, España. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

La casa -el piso, digamos- tiene cuatro cuartos. Hay un patio, un balcón, un salón y dos baños.

Dos de los ambientes, los dormitorios, están ocupados por los miembros de la familia: las dos nenas -24 y 22 años (a punto de cumplir 25 y 23 respectivamente, un modelo de chicas debo decir), ocupan uno de ellos. El otro lo ocupamos el matrimonio. El tercero originariamente se montó como cuarto de estudio para las chicas y ha sido en él dónde han estudiado desde que ingresaran al colegio secundario. El cuarto ambiente ha sido desde siempre mi lugar de trabajo y así he logrado mantenerlo -mío-, pese a las frecuentes incursiones que el resto de la familia hace por él, mi mujer incluida, aunque, debo decir, muy esporádicamente ya que, lap-top mediante, ha transformado el salón en su lugar de trabajo. En pocas palabras, no siendo los dormitorios el resto de la casa es un batiburrillo de libros que anidan en cuanta mesa y anaquel uno se pueda imaginar (valga el comentario como indicativo del escaso espacio en el que nos movemos).

Mi despacho es un ambiente no demasiado amplio para todo lo que cobija -dos escritorios, igual número de ordenadores y una impresora. Las paredes, cubiertas de libros se reservan un pequeño espacio para las fotos de familia, incluido un pastel pintado por Mallo López -destacado pintor argentino que inauguró junto con otros no menos destacados (Hugo Irureta y Balcells) la galería de arte que en algún momento montamos en Buenos Aires.
En verano, aprovechando la brisa que refresca la sierra de Madrid -vivimos en Guadarrama- me acomodo en el balcón con algún libro que generalmente subrayo y anoto marginalmente para iluminar mi imaginación y así tener material para lanzarme a escribir algo como lo que está usted leyendo.

Hoy precisamente me senté en uno de los dos escuetos sillones del balcón para continuar la lectura de una novela -Noches blancas, que confieso me está costando mucho sacar a delante-, cuando sentí que una elongada ramilla de diminuta parra me cosquillaba por el cuello. Hasta ayer no había percibido la molestia del vegetal -acaso porque mi cita fue con el brillante abogado del infeliz a quien Shylock le reclamaba su libra de carne, o porque hoy me senté con algún fastidio a leer lo que prejuiciosamente estimaba como de poco valor, o porque la lluvia de anoche había estimulado su crecimiento, el del vegetal, claro; no sé.

Corrí el sillón. Creí haberlo apartado lo suficiente, pero una tenue brisa que comenzó a correr como suele suceder cuando baja el sol, impulsó la ramilla hacia mi cuello reiterando el desconcertante e incordial cosquilleo.

Me incorporé y me alejé. Abrí el libro. Seguí leyendo. Era el capítulo 4. El personaje, hablando con su padre, se preguntaba qué iba a pasar ahora, que ya se había consumado su matrimonio; el padre, viudo vuelto a casar, con ese dejo de fatalidad que va invadiendo nuestras vidas de gente mayor, le decía que pasaría lo de siempre: que el tiempo aletarga la relación, que al no haber hijos…, que trabajando en lo mismo -su mujer era abogada, al igual que él-... que la casa, con los años, se va transformado en lo que ella quiere que sea con prescindencia del gusto, opinión o deseo del marido…
Esto último me impresionó vivamente porque hacía tiempo que me había comenzado a invadir un sentimiento semejante.
Miré la parra enana. La brisa seguía agitando esa rama que parecía haberse ido en vicio.

De pronto se me reflejó Amalia, mi mujer, que además de ser profesora de inglés como yo es la que cultiva con ahínco la postración anti natura a la que somete a las plantas reduciéndolas a su mínima expresión, deformándolas al extremo que cuando frutecen necesitan tutores que la sostengan para que todo el conjunto no se precipite a tierra.

Miré la planta, la puta planta enana que seguía meneando la ramita al compás de la brisa. La cogí con la intención de tirarla por el balcón. Me controlé. Miré alrededor buscando otro sitio a ras del piso, lejos el sillón.

Fue imposible encontrar un lugar tan distanciado como para que el desplazamiento que provocaba su eólico meneo no alcanzara el asiento: el balcón había sido tomado completamente por los bonsáis. Los había por todas partes: en el suelo, colgando de las paredes, sobre estantes en cuya instalación yo mismo había colaborado; por debajo del ventanal, por encima y a su derecha, prolongándose hasta que alcanzaban el límite del balcón; sobre la puerta, en el alféizar de la ventana, colgando de la barandilla hacia afuera…

“Voy a llevarla adentro”, pensé, cogiendo la parra una vez más.

Me dirigí al escritorio de las hijas en la certeza de que, siendo verano, su poco uso habría de concederme un hueco donde dejar la planta del cosquilleo, aunque más no fuera que provisoriamente. Y digo provisoriamente porque de aparecer mi mujer por ahí a regarla o a recortar sus raíces, algo propio del inicio de la primavera, la devolvería a su lugar de origen: el balcón. El tiempo, acaso, sólo acaso, la instalaría definitivamente en el pequeño despacho, si mis hijas, que durante el verano tenían el planterío del recinto a su cargo, descubrieran que la enana, a corto plazo, pariría uvas.
Mi optimismo capituló casi de inmediato: una placa de pizarra con un bosque de castaños de Indias por detrás de la puerta apenas si permitía que se la traspusiera.
Pese a todo, haciendo presión cuidadosamente con ambas manos -en una de ellas la maceta, de modo que empujaba con el dorso de la derecha, el antebrazo, el brazo y el hombro- haciendo presión, decía, desplacé el banco donde estaba asentada la pizarra, accediendo así, sin mayores problemas, al lugar (aunque deba decir que riesgosamente: si se hubiera caído el bosque no habría podido rearmarlo: nunca entendí cómo 8 plantines de casi 20 centímetros de alto pudieran crecer arropados por escasos 2 centímetros de tierra negra.)

Los estantes, que originariamente se habían destinado a librería, eran ya expositores de alineados bonsáis que volcaban sus escuetas hojas sobre las plantitas que habitaban por debajo, de modo que se veía una catarata verde de hojas estáticas, sin vida, ajenas a las brisas que me habían empujado a excursionar por allí… La mesa de trabajo se desdibujaba entre macetas que tapaban el monitor de un cuarto ordenador (de sobremesa éste, como los de mi escritorio); no se podían abrir las puertas de un mueble -donde se solía guardar la vajilla inglesa, la que se usa con las visitas-, bloqueadas por una formación de tiestos de escasa altura e incierta estabilidad; la ventana se podía abrir sólo a medias dado que las plantas instaladas sobre el escritorio reducían su giro de 180 º a un entornado por el cual alguna luz mortecina intentaría favorecer, imagino yo, la necesidad de fotosíntesis de la flora que habitaba el recinto (acaso por eso me pasaba el día apagando la luz de un ambiente que no usaba nadie).
Fue entonces que opté por el patio, al que me dirigí previo reacomodamiento de la pizarra por detrás de la puerta.

En la cocina, camino del patio, vi un anticipo de lo que encontraría unos metros más adelante: dos bonsáis-enredaderas caían alegremente sobre uno de los laterales del extractor de humos. Tuve la tentación de orientar una de sus ramillas hacia la visera que se desplaza hacia afuera para ampliar la superficie de extracción, de modo que al encenderse el extractor arrastrara la enredadera y se viniera todo abajo. Como quién está a punto de cometer un crimen miré a ambos lados para ver si había alguien observando, pero debo decir que no fue el temor a ser visto lo que me retrajo de la mala acción sino la visión del patio a través de la puerta que daba a él.
La foresta que lo habitaba no tenía nada que envidiar al bosque de Sherwood, aquel refugio natural donde Robin Hood se guarecía después de saquear a los ricos para repartir el producido del robo entre los pobres. Decir que había cientos de plantas verde-limpio, de las formas más variadas, puede resultar algo exagerado; pero sólo algo: de frente, sobre el suelo, el display de bonsáis, cuya abundancia y disposición ocultaba las macetas desde donde emergían y, por encima, una variedad de flores disputando un espacio entre ramas, hojas y pimpollos que aspiraban a alegrar el lugar, daban la nota. Me atrevería a decir que hasta podrían haber llegado a conseguirlo salvo por un detalle: dos cuerdas de colgar que se extendían longitudinalmente penetraban ese variado espectro multicolor con ropa interior pendente: calzoncillos míos, camisetas plegadas sobre sí mismas, camisas cuyas mangas volvían en doblez a la soga ofreciendo una imagen semejante a la de los viejos pescaderos ambulantes que vendían su mercancía por el
Buenos Aires decimonónico, alguna que otra braga, sostenes que, al igual que las mangas, volvían plegados a la soga… Toda esa saga de prendas tan fuera de lugar, tan atentatorias de la riqueza estética que exhibía el conjunto de bonsáis me llevó a recoger la ropa -previa búsqueda de un lugar donde dejar la maceta que seguía sosteniendo, aunque ahora en mi mano izquierda- y apilarla sobre una nevera que seguramente, de haber tenido alma, habría dudado de la importancia de los servicios que venía prestando desde hacía varios años, cuando el patio era sólo eso: un patio, y la nevera una conservadora de alimentos.

Sobre el suelo de baldosas, tres hileras de macetas estrechaban el paso hacia el ´bosque´ que, de haber ropa colgada, pensé, se haría inaccesible. Las plantas, que seguían en paralelo a las sogas, estaban dispuestas de tal modo que al florecer, según se mostraban ante mí, exhibían colores que se alineaban de manera que la más cercana a la pared ofrecía flores amarillas, la inmediata hacia las sogas (la hilera del medio), celestes o azules y las más cercanas al paso, rojas. La ligereza de los tiestos, imaginé, seguramente permitiría intercambiar las filas de bonsáis siguiendo ejes angulados en zigzag según apeteciera a mi esposa.
A la izquierda, y contra la pared...
Volví mi mirada a las florecillas que lucían esplendorosas.

Levanté la vista medio aturdido.

Me encontré con la ventana de mi despacho.

Me acerqué, todavía maceta en mano, y miré hacia adentro.
A la derecha del segundo escritorio, en el rincón que hace esquina con uno de los anaqueles de la librería había un espacio libre.

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