jueves, 1 de septiembre de 2011

Mirar la vida pasar

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Hay que ser algo en la vida”, siempre recordaba Ambrosio que su padre le decía.
Su padre, italiano inmigrante, era almacenero en aquel pueblito de provincia. Para eso había venido de Italia. Para ser algo en su vida en ese paraíso que suponía, como tantos otros, era la Argentina. Pero solamente consiguió estar atrás del mostrador de su almacén durante todos sus años.
Y así Ambrosio fue creciendo, con esa frase siempre en la cabeza.

Al principio se dio cuenta que, para eso, no tenía que ser como su padre. Entonces, ser más que “algo”: alguien.
Alguien reconocido, querido, admirado.

Cuando terminó el secundario no le interesó ninguna carrera universitaria. Cinco años de facultad era mucho tiempo. Prefirió trabajar como empleado en una oficina del gobierno que quedaba cerca de su casa. Ahí durante ocho horas escribía a máquina -y después digitaba en la computadora- cartas, declaraciones. Sellaba recibos y comunicados. Todo lo que sus jefes le pedían.
Y también era parte de un grupo de empleados que siempre peleaba con otro grupo, a los que llamaban chupamedias y serviles. Esclavitos.
También, durante un tiempo, tuvo un asunto con una empleada que era casada. Él también era casado, por lo que ninguno de los dos podía exigirle nada al otro.
Así es que todos los días iba caminando a su trabajo, que quedaba cerca de su casa, por algunas calles donde siempre veía viejitos sentados en la vereda o atrás de las rejas de sus casas, mirando callados pasar la gente caminando y los autos.
Cuando los veía siempre se preguntaba porque estarían así. La mayoría sentados en sus sillas, mirando pasar la vida. No se los veía leer libros, algo. Ni siquiera estaban viendo televisión. Casi todos solamente sentados en la vereda, mirando todo pasar.
Con el tiempo a Ambrosio lo empezaron a llamar Don Ambrosio. Hasta que se jubiló.
Pero entonces se le presentó un problema. Antes, cuando trabajaba en la oficina, tenía algo que hacer.De que ocuparse. Pero a partir de su jubilación, ¿qué haría? ¿Solamente leer revistas, diarios o ver televisión?
Entonces decidió poner una silla en la vereda y mirar pasar las cosas.

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