jueves, 1 de septiembre de 2011

No creo que estés bien del todo

Carlos López Dzur (Desde San Juan de Puerto Rico. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Te digo que 'no creo que estés bien' y me parece que escucho o repito a Doña Custodia Argüello, tu madre. Entonces, solías debatirte con apoyo a la noción espiritista, menospreciando a Tu Señor Dios. Crees que hay un alma que vive y salta más allá de la premura del tiempo. Crees que es cosa sencilla, tener la vida, con su beso de sustentación y su beso de despedida como amada viajera, o habitante lunar que cava un «blanco abismo», hacia el que vamos. «Un blanco abismo / de quietud, en cuya cuenca / las cosas son cadáveres / y las sombras viven como ideas».

Te piden: «Que no hablés de la muerte».

«No, viejita, si mencioné la sombra, la sombra que miento es la que viste con túnica a ideas». Y la dama replicaba: «No está del todo bien que, siendo joven, ya estés pasmado de muerte; buscándole carnes y hueso a la nefasta Flaca» y, amenazaba, ¿recuerda que te amenazaba? ... vas a irte con la Abuela, católica más feroz que ella cuando critica las teorías modernas, reencarnacionistas y el temario de los ciclos kármicos, maldita magia del Diablo. Quiere que se olvide de la Provincia de Córdoba y, en particular, de esta Villa María del Río Seco, donde la muerte lo hilaría en la boca, y no lo suelta. Leopoldo menciona esa muerte hilandera. La llama «hebra de seda».

La madre se da cuenta de las menciones. La estricta formación católica lo privará de la creencia en el Ángel Nagro y en la hebra que es la muerte, con su blancura de luna; pero, se irá a Santiago del Estero, «y si la hebra allá te siguiera, Leopoldo, la enhebramos, camino al sur, que muera en el Ojo de Agua. Ahogaremos esa muerte que te separa de Dios, como un ateo». Y los amigos suyos se ríen cuando la oyen, ahogando o enhebrando la muerte en un Ojo de Agua. Creen que la poeta es la madre de Leopoldo. Y le hablan sobre «El Pensamiento Libre», asegurándole que no es una revista espírita, sólo con influjo anarquizoide; pero hay católicos que escriben y uno es Leopoldo, que firma como Gil Paz porque aún no está seguro de lo que cree o no cree.

La Abuela y la Madre aconsejan a los amigos. Buscarse sus mujeres y casarse. Se acabarán así los follones libertarios, andarse discutiendo cada problema a la luz del socialismo. Y Argentina es la misma basura política de siempre. Antes hubo un Juan Manuel de Rosas y se le opuso Nicolás Avellaneda. Buenos Aires pretendía autonomía, pero, aún mejor que Rosas, ¿quién detiene el fraude, la rivalidad inútil de los políticos? Bartolomé Mitre contra Avellaneda... Quintana, viejo como estaba, tenía enemigos. «Y me dijiste, yo, anarquista, sentí que lo maté, que mandé mi compinche».

Tampoco fue para que lo tomaras así. Lo hirió un catalán, tiro certero a su coche y la era del pistolerismo no es sólo en Argentina, y en el contexto acumulativo, global, macrohistórico, es que a tales atentados se los entienden, o se explican el símbolo y razones. Tú creaste tus propios símbolos y diste tus razones y hasta tus hijos, tu esposa, Doña Juan te desmintieron.

«No creo que esté bien del todo eso que han hecho». Pero pasó.

Y su madre no creyó que estuviera bien que Leopoldo y sus cómplices fundaran el primer centro socialista en Córdoba. Influencia fue fr Roque Sáenz. Tan tranquilo que estuvo entonces. Hasta su matrimonio parecía feliz. «Hablamos, por primera vez, sobre gauchos, tus ensayos y tus poemas, y los escritos de Hernández sobre Martín Fierro y, cuando hirieron a Quintana, viajaste a Europa, travesías imprescindibles porque, de no haberlas hecho, en la élite porteña te quitarían el respeto, la izquierda y la derecha te decretarían incompleto. No viste el simbolismo in situ ni el por qué Europa se pronunciaba por el antisemistismo.

«Vino Rubén Darío a conocerte», le dijo Juana Agudelo; pero, a Lugones la fijación necrológica no se le había quitado, ni mudándose a Buenos Aires, y ese tango agorero no perdió su tonada. «Y uno se pasma de lo próxima / que está la muerte en la blancura aquella». Blancura que atañe al abismo de quietud de quien lo Cava, la mente sepulturera, alma lunar que dan los Diablos, según los Evangelios, al decir de madre y abuela.

Te digo que 'no creo que estés bien' y me parece que escucho o repito a Doña Juana Agudelo, tu esposa. «¿Estás feliz en Buenos Aires?» Un poco. Te nació Polo, el primero, el único varón y, al rato, Pirí y Carmen... y la verdad, a la mujer no la amaba, como ella esperaba. Agradece que exorciza las fuerzas extrañas de tus cuentos fatales. Sigues, en conversaciones, especulando con retoños anómalos. «Gajo vil de ignorancia y miseria / todavía espinando». Te subes a Las Montañas de Oro (tu mujer pregunta tus símbolos y no se los dices; a fin de que te crea alma de gaucho, payador en el fondo y, lástima que crea que sólo cantas para el campo, la Pampa) y que te olvidas de los amigos que por tí preguntan. Te olvidas mucho de tus propios hijos, ¿qué no decir de ella?

Le gustaba la voz orientadora de José Ingenieros en la vida de ambos, pero se inclinó por Manuel Ugarte y Payró. «Horacio Quiroga parece tu hermano». Silencio. «¿Y?» A ella le ofendía cada monosílabo. «¿Y?» A Gerchunoff sacaste la vuelta, como si fuera tu enemigo. Según la casa se llenaba de ejemplares de La Vanguardia, o colaboradores, te sintieron menos solidario. Todos se dieron cuenta de que ya no eras el mismo. Dijeron que pasaste del liberalismo al conservadorismo fascista. Ya ni socialista ni místico. Y la luna se convirtió en «fugaz sardina» y tu alma fue descrita como «vagabunda»... y claro está que una mujer puede ser una «dulce coyunda» y el corazón enamorado, ave azul que anhela libertad... pero debiste decirlo, no traicionarla y seguir mintiendo, alegando que sirves a «certidumbre de días mejores / la igualdad de los hombres (que) te inicia / en un vasto esplendor de justicia / sin iglesia, sin sable y sin ley».

No. Estabas mintiendo.

Alfredo Lorenzo Palacios, abogado, decano socialista de la Universidad de Buenos Aires, senador del Distrito de La Boca, primero entre los que batallaron para darte fe y ejemplo exitoso, te dijo: «Poeta, es la hora. Contra la explotación de los sexos. Contra el maltratao laboral de mujeres y niños. Hora de unir voluntades socialistas. Que no se trabaje en domingo. Que haya derecho a la vivienda». Quería él que fueras el segundo socialista en el Congreso Argentino... pero ya andabas torcido. Lo había observado Ingenieros.

«Señor Chauvinista, Leopoldo Lugones. Impulsor de las alianzas fascistas que pululan entre ricos empresarios, hacendados y militares argentinos, diga claramente si apoya el golpe de José Félix Uriburu». Te había escuchado desde 1923 en el teatro Coliseo de Buenos Aires. Tu discurso fue Ante la doble amenaza. Tú eras el escándalo. Al poco tiempo, rodó la cabeza del caudillo radical Hipólito Yrigoyen. Y el régimen instaurado ese año no fue bueno. Ni tu adhesión al nacionalismo autoritario desde la década de 1920. Tú eres peor que el traidcionalismo Mazarquero.

«Señor Chauvinista, Leopoldo Lugones», te gritó Palacios. Gente del periódico roquista «Tribuna» que antes vino a verlo, ya no. Y con todo, que Palacios dijo, que seeía sólo amigo, porque ya no vales como compañero. Coamarada, educador... te digo que 'no creo que estés bien' y me parece que escucho o repito a Doña Juana Agudelo, tu esposa. Se queja de que hablas sobre cierto nido ausente. Mas ella nunca ha faltado a su nido. «Eres tú quien te ausentas, Leopoldo».

El pistoletazo a Quintana hizo ver muchas cosas. Tus lados ocultos. Tus fases de Luna tenebrosa. Que te las das de «Pobre pájaro afligido» y te sales a cantar a otros árboles con pajares. El nido por el que lloras no ha de ser el de Doña Juana. Y tu amigo Alfredo Lorenzo lo vio. Estaba con tu hijo, casualmente, y salieron a buscarte. Para decirte «de lo bello que es el mundo / poseído por la antigüedad de la luna llena». Te dirían que te olvides de insomnios. La depresión, el hastío. Lo que llamaste historia de tu muerte. «Y el ansia tristísima de ser amado, / en el corazón doloroso (que) tiembla». Estaba muy enamorado de una muchacha que conoció en una de sus conferencias en la Facultad de Filosofía y Letras.

Ella lo tenía en la luna. Una ciudad en el aire. «Una ciudad tan lejana, / que angustia con su absurda presencia», «una ciudad casi invisible suspensa, / cuyos vagos perfiles / sobre la clara noche transparentan, / como las rayas de agua en un pliego, / su cristalización poliédrica». Y en ella, para ella, la relación sentimental y apasionada. Hasta que su hijo se enteró sobre estos amores. Lo descubrió y forzó al padre a que la abandonara.

Te digo que 'no creo que estés bien' y me parece que escucho o repito a tu hijo Polo, quien dice hoy que te perdona y que, en declive depresivo, llevas demasiados días, metido en un recreo del Delta de Tigre, llamado El Tropezón.

Aún, con su vergüenza de adúltera a cuestas, la chiquilla que enamoraste se personó a decir a Polo, Susana y Carmen, que no quiso oírla, que hablaste sobre delectaciones morosas con tus lunarios sentimentales y que la novia es la Luna. «Y si la Luna es la muerte, yo no quiero ser su novia». No ofrecerá «el agua triste como el llanto / la fuente consecutiva». Ella, «su amante... en claustral encanto», echará a un lado sus «romances del Río Seco»... Que termine todo, peilhrosa decisióm en este trance porque Leopoldo Lugones lleva días soñando con la hebra de seda que lo envuelve y la punta que se desprende de us manos, como último beso....

y a cada beso tuyo,
con una vuelta menos me ceñía
y cada beso tuyo
era un día;
y el tiempo que mediaba entre dos besos
una noche. La muerte era muy sencilla.
Y poco a poco fue desenvolviéndose
la hebra fatal. Ya no la retenía
sino por solo un cabo entre los dedos...
Cuando de pronto te pusiste fría
y ya no me besaste...
y solté el cabo, y se me fue la vida

Creo que cuando pasé a tu habitación, ya habías ingerido la mezcla fatal de whisky y cianuro. Había un ángel negro recogiendo por la punta una hebra de seda blanca.

Tomado de «Leyendas históricas y cuentos colora'os»


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