jueves, 15 de septiembre de 2011

Raúl Ruiz: Prodigioso encantador de serpientes

Fernando Barraza (Desde Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Todos creían que Raúl Ruiz era un gran cineasta, pero estaban equivocados, él era un mago de marca mayor, un prodigioso encantador de serpientes, que jugaba con las historias, los personajes, las secuencias y los planos de tiempo.

En los universos de Ruiz, Blanca Nieves nunca despertaba, la bruja mala se comía a Hansel y Gretel, en la casita de chocolate, Cenicienta jubilaba como empleada doméstica, Romeo y Julieta se casaban y comían perdices, Don Quijote se acostaba con Dulcinea en un motel, Allende nunca murió en La Moneda, Pinochet jubiló como coronel en un oscuro regimiento de provincia y nuestro escudo proclamaba la fuerza de la razón.

Todo empezó en las matinées interminables y en los rotativos en que daban cuatro películas, a los que se aficionó en su adolescencia, en la década del cincuenta, cuando se vino de Puerto Montt y jugaba a cambiar los desenlaces de los dramones mexicanos o los oníricos y surrealistas argumentos de Buñuel.

Por lo tanto, ojo, Raúl no ha muerto, ni sus restos llegaron en un avión a Santiago, ni lo enterraron en Chiloé. Y esto ni siquiera es un juego, sino la pura verdad, ya que, cuando una vez le preguntaron: ¿Cómo le gustaría morir?, su lacónica respuesta fue muy suya: “Preferiría no hacerlo...”

Raúl está en París, en la post producción de la película que empezó a filmar en el norte, hace un par de meses y de la que nos contó, cuando conversamos largo con él, en su departamento de la calle Huelén, y de acuerdo a lo convenido, recibió y leyó en París, dos semanas atrás, la entrevista, y el periódico quedó doblado en el baño hasta ahora...

Raúl sigue hurgueteando en la identidad de los chilenos, comparando la “saudade” de los portugueses con nuestra nostalgia tristona, tratando de averiguar por qué somos tan picados y envidiosos, buscando el hilo de la madeja en una buena copa de vino tinto que se estará tomando en el bar de “El Parrón” o en el sabor y el olor de una paila chilota hirviendo en la Confitería Torres.

Culto, casi enciclopédico, creativo, original, irónico, rápido, ágil, único, era una fiesta escucharlo, aunque costara esfuerzo seguirlo, tanto en esa conversación al caer el crepúsculo, ahora, en su casa de Providencia, como cincuenta años atrás, cuando de repente aparecía por los patios del inolvidable pedagógico, a mediados de la década de los sesenta, en interminables charlas repletas de fantasmas, con Ariel Dorfman, Manuel Silva Acevedo, Antonio Skármeta, Carlos Cerda, después de una clase de Juan Rivano o de Luis Oyarzún.

Por eso, después del Golpe, apenas se apropió de París, se tropezó con Proust y era inevitable que intentara adentrarse en busca del tiempo perdido, más bien del tiempo recobrado, que no es lo mismo, de esos momentos de ocio fértil, los happening del Bosco, el olor de los patios de los Padres Franceses, las sensaciones de “Palomita Blanca” o “Tres tristes tigres”, los secretos de “La maleta”, esas cosas así...

Raúl era un monstruo del cine mundial, aclamado en Cannes, reconocido por la crítica europea, Marcelo Mastroiani o Catherine Deneuve se peleaban por filmar con él, pero aquí nadie lo conocía cuando caminaba por la calle. Quizás por aquello de que el cine es el espejo en que nos miramos y no a todos nos gusta mirarnos... Con el agravante que el espejo que construía Raúl Ruiz no nos devolvía imágenes intrascendentes, digamos la Plaza Italia o el parque Forestal, sino que nos reflejaba el alma, la mirada interior, los recovecos y pasadizos secretos por los que nunca nos gusta transitar, algunas claves profundas del ser chileno.

Grande y modesto Raúl, con esos ojos de niño bueno, pero travieso, que acaba de hacer su última maldad. “Yo entiendo a mis amigos – nos dijo – yo quisiera que a ellos les saliera fácil lo que hacen, como me ocurre a mi...”

Pero claro, no es sólo la cámara y la incidencia de la luz. No todos somos magos, ni podemos torcer el destino, ni cambiar el argumento de nuestra propia historia. Y sucede que “algunos mundos tienen fallas de imprenta”, ¿verdad Raúl...?


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