jueves, 1 de septiembre de 2011

Romance de la vida - García Lorca: un abanico de sueños

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Creyente de todas las libertades, de los vuelos del alma y de las almas en vuelo, sus ojos y sus versos se asoman a través del tiempo.

Era la noche arrancada de versos, estaba allí, parado, alumbrando con sus ojos la oscuridad, mientras un abanico de sueños caía rendido a sus pies. Armado de todo lo humano, con sus poemas y sus credos, miraba al pelotón que abriría su corazón a tiros. Y luego, su voz infinita recordándonos para siempre, la vida. Era la madrugada del 18 de agosto de 1936.

Federico García Lorca (Granada, 5 de junio de 1898) está vivo en todos los poemas y obras de teatro que nos legó para recordarlo, y recordarnos lo más y mejor del ser humano. Creyente de todas las libertades, de los vuelos del alma y de las almas en vuelo, sus ojos y sus manos se asoman en las lecturas que estas otras y otros que somos hacemos a través del tiempo. Con él y a través de él es posible reanudar los ires y venires que cantando cantan los paisajes de la tierra.

Él le escribió al amor en todas sus formas, en las imaginables y en las que habrán de ser, con su Granada de fondo dando testimonio de los pasos y sus gentes. Por eso decía en el Romance Sonámbulo, “Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas. / El barco sobre la mar y el caballo en la montaña. / Con la sombra en la cintura / ella sueña en su baranda / verde carne, pelo verde, / con ojos de fría plata. / Verde que te quiero verde. / Bajo la luna gitana, / las cosas la están mirando / y ella no puede mirarlas”.

Generación del 27

Reconocido como uno de los poetas más importantes del siglo XX español, miembro de la Generación del 27, García Lorca escribió romanzas y poemas a Granada, a su cultura salpicada de cantos, a la Alhambra y al imaginario gitano que puebla aún Andalucía. Sus versos son cantos para la noche alumbrada por los sueños y las voces que tienen todavía vidas y sueños que contar. “Por el olivar venían, / bronce y sueño, los gitanos. / Las cabezas levantadas / y los ojos entornados. / Cómo canta la zumaya, / ¡ay, cómo canta en el árbol! / Por el cielo va la luna / con un niño de la mano. / Dentro de la fragua lloran, / dando gritos, los gitanos. / El aire la vela, vela. / El aire la está velando”, nos alumbra con versos en el Romance de la luna, luna).

Sin más fronteras que las de la humana capacidad de verse reflejado en las otredades, el poeta acunó entre las hojas el sentir de las mujeres y hombres que a su paso se iban revelando mudos de miedo y opresiones. Su voz de camino, anduvo desatando las pasiones para saberse uno más, para encontrarse encontrándonos, para buscar las velas abiertas y surcar las aguas.

“No, no, no, no; yo denuncio. / Yo denuncio la conjura / de estas desiertas oficinas / que no radian las agonías, / que borran los programas de la selva, / y me ofrezco a ser comido / por las vacas estrujadas / cuando sus gritos llenan el valle / donde el Hudson se emborracha con aceite” (fragmento de Vuelta a la ciudad Nueva York de Poeta en Nueva York).

Cuba y España

Y después de haber visto el odio, de haber hallado el grito desgarrado, de haber sentido como suya el hambre, el “poeta llega a La Habana”. Sus sueños son los sueños de todas y todos. Y allí también se reconoce y esboza en el aire el tiempo que habrá de ser.

“Pero el dos no ha sido nunca un número / porque es una angustia y su sombra, / porque es la guitarra donde el amor se desespera, / porque es la demostración de otro infinito que no es suyo / y es las murallas del muerto / y el castigo de la nueva resurrección sin finales” (fragmento de El poeta llega a la Habana, Pequeño poema infinito, de Poeta en Nueva York).

Lorca, el irreverente y el de la ternura amurallada. El que supo ser pueblo en su arte y el que hizo arte para el pueblo, conjugando la hermosura con el compromiso, el sueño con el nacimiento. La vida, con la vida que debe ser. Su figura no pasaba desapercibida en la España de la década de 1930, sus declaraciones a la prensa sobre la injusticia social pronto le convirtieron en un personaje terriblemente incómodo para la derecha, para los poderosos de siempre. Un 7 de abril de 1936, en una entrevista en la Voz de Madrid, supo decir sin miedos que “el mundo está detenido ante el hambre que asola a los pueblos. Mientras haya desequilibrio económico, el mundo no piensa. Yo lo tengo visto. Van dos hombres por la orilla de un río. Uno es rico, otro es pobre. Uno lleva la barriga llena, y el otro pone sucio el aire con sus bostezos. Y el rico dice: ‘¡Oh, qué barca más linda se ve por el agua! Mire, mire usted el lirio que florece en la orilla’. Y el pobre reza: ‘Tengo hambre, no veo nada. Tengo hambre, mucha hambre’. Natural. El día que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la humanidad. Nunca jamás se podrán figurar los hombres la alegría que estallará el día de la gran revolución. ¿Verdad que te estoy hablando en socialista puro?”.

Ese era el Federico que odiaban los que aún odian todo lo que tiene en la mirada el tacto de la libertad y las solidaridades.

Y sí, por eso quisieron silenciarlo. Y aunque García Lorca cayó esa madrugada de agosto, con sus ojos mirando el cielo despeñado de estrellas, pero aunque intentaron no pudieron fusilarlo, sus versos siguen diciendo la vida que nace una y otra vez en el horizonte.

El poeta llega a la Habana
Pequeño poema infinito

“Equivocar el camino
es llegar a la nieve
y llegar a la nieve
es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios.

Equivocar el camino
es llegar a la mujer,
la mujer que no teme la luz,
la mujer que mata dos gallos en un segundo,
y luz que no teme a los gallos
y los gallos que no saben cantar sobre la nieve.

Pero si la nieve se equivoca de corazón
puede llegar el viento Austro
y como el aire no hace caso de los gemidos
tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios”.

Federico García Lorca (fragmento)

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