jueves, 1 de septiembre de 2011

Sobre el papel de los intelectuales

Jorge Luis Muñoz (Desde Xochimilco, D. F., México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los intelectuales son los pensadores que giran en derredor de un sistema, ya sea para ayudar en su sostenimiento o perpetuación mediante la apología, la crítica o el denuesto. Apología, denuesto y crítica son caras intelectuales de un sistema.

Un intelectual loes porque está al servicio de los poderosos de una u otra forma. Fuera del poder solo es un pensador más, un ser que ejerce esa capacidad de modo natural, o sea, al servicio de la conservación de la vida.

El intelectual contemporáneo es producto del sistema capitalista y, aunque desciende del intelectual al servicio de los poderosos de la antigüedad, se diferencia de estos en que fomenta de continuo una función cerebral que de suyo es contingente. El fomento del pensamiento produce a su vez el funcionamiento continuo de la consciencia, lo que da origen al estrés y a toda esa pléyade de enfermedades modernas.

La función del intelectual es mantener activo al pensamiento y con él a la consciencia, ya sea mediante la apología o la crítica. El uso intensivo de la consciencia es la base del modo de producción capitalista. Mediante ese procedimiento se mantiene la presencia del sistema, ya sea en su figura de gobierno, estado, cultura, espectáculo, etc. La crítica le es indispensable a la dominación, así como la autosuficiencia a la autonomía.

El ejercicio del pensamiento fuera de la contingencia inhibe al resto de las capacidades cerebrales tales como la intuición y la experiencia interior, creando un efecto de sabiduría dogmática fundada en la productividad utilitaria que por excelencia distingue al pensamiento.

El intelectual no es una entidad negativa, es uno de los puntales del sistema en esa trama de relaciones que distingue a un sistema robusto y a unos poderes estables. El intelectual nace y se cría en los valores del sistema y de ninguna manera es un canalla o traidor como se desprendería de la noción de “intelectual orgánico”. De hecho éste tipo de intelectual desapareció con el ascenso de los media, los cuales lo sustituyeron e hicieron ver al sistema como omnipotente. El intelectual solo puede inteligir lo que aprendió y todo ello concierne al sistema.

Evidentemente ni Borges ni Neruda son intelectuales. Ellos como los tupinambá se dedican a crear al mundo, su mundo. Un caso difícil es García Márquez, que a ratos solo piensa a la vez que intuye y medita a través de su obra y a ratos parece jugar al intelectual cuando se reúne con Castro. Si Borges y Neruda viviesen con los azande, por default ayudarían al sostenimiento y perpetuación del sistema o cultura de los azande, tal cual todos ayudamos a la perpetuación y sostenimiento del sistema capitalista en tanto que vivimos en él, respiramos su aire, mamamos su cultura y finalmente en él nos hominizamos. Tal cosa no le ocurre al indio, el cual a pesar del sistema vive su otredad. En tanto no seamos capaces de crear otredades (autonomías) seremos igual que el hijo del tigre: pintitos, no pecamos por acción u omisión, sino por inmersión. El intelectual no está en el sistema, él es parte del mismo.

Nietzsche pensaba que la misión del hombre era superar a su cultura, pero ¿Cómo se le supera? Imagino que habrá mil maneras, una de ellas, acceder a una otredad, quizá una de esas multiplicidades que aparecen con el ser.

A no ser por los intelectuales y la izquierda, el sistema capitalista no hubiera durado más que unas decenas de años tras la época heroica de su consolidación durante los siglos XIX y XX.De hecho la izquierda nace al lado de la derecha, como dos partes de un todo naciente. Cuando desaparece la URSS que fungió como espejo de los hierros occidentales,apenas a unas décadas del hundimiento soviético comienza a hundirse el barco insignia occidental (EU).No es extraño que en medio de la orgía saqueadora del poder unipolar estadounidense y ya sin el contrapeso moderador de una izquierda desprestigiada y cooptada por el capital, el sistema hace agua, aunque las oligarquías no.

La izquierda ingenua (“honesta”), es incapaz de instrumentar nada fuera de las viejas prácticas y consejas del marxismo heroico que hasta hoy ha mostrado su ineficacia tras más de 150 años de lucha.Con su persistencia, la izquierda ha terminado, al igual que la guerrilla, como válvula de escape del sistema, haciendo o participando en las revoluciones que éste necesita (femeninas, gay, de niños, animales, etc.). El capitalismo se está hundiendo en base a sus contradicciones y no por las luchas populares.

La izquierda con su crítica advierte al capital de sus fallas, las cuales el capital corrige o reprime. A esto ingenuamente llama la izquierda “logros de las luchas efectuadas”. La izquierda ofrece teoría y consejos que nadie le pide pero que bien se aprovechan.

Un periodista es desde luego un intelectual, en tanto que, sobre todo, le interesan los problemas de la corte. Este sistema no podría entenderse sin el papel de los periodistas ocupados en los haceres del poder. Los pobres solo importan en tano que reflejan las omisiones del poder. Los pobres solo sufren o hacen cosas que importunan al poder, su vida, los mundos que inventan no se siguen y cuando se llegan a seguir, se hacen girar en torno al sistema y aun así aparecen en los rincones de los diarios. Los periodistas de izquierda siguen ese mismo esquema. Se argumenta que el periodista busca la verdad, la creatividad; en efecto, el poder es el que necesita la verdad, la creatividad; las gentes y los pueblos se las apañan bastante bien con su “verdad” y su hacer. Cuando el periodista y el intelectual se comprometen con la verdad, venden su alma al diablo.

¿Deben entonces usar la mentira los intelectuales? No, esta es lo mismo que la verdad, es su pareja. La mentira sin la verdad no vale nada. La construcción se autonomías está más allá, mucho más allá de la verdad y la mentira (o sea, solo de la verdad).

Superar al sistema significa bajarse del barco, dejar de hacer lo que hacen los intelectuales, dejar de pensar. La crítica solamente debe ser utilizada en la contingencia y desde la problemática específica de una comunidad o un pueblo. La crítica debe dejar el seno materno de la teoría para integrarse como variable interactuante en medio de la experiencia de un pueblo o comunidad. De hecho, debe de abandonarse la teoría para dejar a los literatos y a los juglares la explicación de las cosas. La teoría son historias y la ciencia recetas, y así deben de tratarse.

Superar al sistema es en primer lugar dejar de girar en torno a él, es en segundo lugar construir autonomías autopoiéticamente constituidas (en términos de Maturana), que no organizadas; en tanto que la organización es la forma por excelencia en que se produce y reproduce el capital.

Por desgracia el intelectual, como tal, no tiene papel en la erección de autonomía, salvo quizá en el proceso de federarlas y confederarlas en la etapa de transición del capitalismo hacia lo que salga (que no necesariamente sigue).

El sistema capitalista es un constructo autopoiético, ampliamente probado en cada detalle y en cada uno de sus aspectos, de tal manera que escapar a su influencia es muy difícil. De hecho escapar al sistema solo es posible a partir de sus propios constructos. Me refiero a las empresas capitalistas reorientadas hacia el beneficio comunitario, la escuela como coartada de libertad matriarcal, el club como retro-alimento de estimulaciones vitales, los media como vehículos de intercambio de información de acciones comunitarias y el trabajo como tributo al medio que nos soporta.

La consciencia es una función asociada al pensamiento y que el capital utiliza exhaustivamente en el proceso productivo y de control. Hacer llamados a la consciencia significa actualizar uno de los mecanismos más eficientes que usa el capital para el control. De manera natural el hombre utiliza al pensamiento (con todo su aparato de consciencia, ciencia, razón, método, etc.) a la par que la intuición y la experiencia interior, pero por su forma de dominar, el capital inhibe a las últimas en beneficio del pensamiento, logrando un alto grado de bestialización de la gente, especializándola y reduciéndola a sus impulsos primarios continuamente estimulados por los media. Dejar de pensar significa ubicar al pensamiento en la contingencia, a la intuición en la solución de los problemas y a la experiencia interior en el despliegue de la existencia (hoy por hoy, la meditación es catarsis de la burguesía, pudiendo ser liberación de los oprimidos).

Construir autonomías no es asunto de los intelectuales, ni siquiera es un asunto individual. Es asunto de un gran movimiento colectivo capaz de crear las riadas de sentido que el cerebro necesita para activarse, y el humano para seguir vivo. Suele decirse que “un pragmatismo ciego sin teoría no puede sino estrellarse contra la pared”, pero el grueso de la gente vive sin teoría. Esto es así porque primero se ocupa uno de comer, satisfecha la comida, lo que sigue es la comodidad y el esparcimiento y finalmente la especulación. Aunque suele hacerse lo anterior sin orden fijo, el hambre no deja pensar, el cansancio menos. Los oprimidos viven encarcelados en el hambre y el supliciometiatizados por los media, mismos que el empleo promete remediar mediante el truco de la zanahoria.

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