jueves, 27 de octubre de 2011

Broma pesada

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A mi amigo René

Ninguno de los dos era originario de Tokyo. Por razones de trabajo sus respectivas familias se habían trasladado a la capital, y allí se habían conocido muchos años atrás, cuando cursaban la escuela primaria.

Sakamoko Narizoki, desde joven un muchacho retraído, bastante circunspecto, con los años se había ido tornando más reservado aún. Buen dibujante ya en su juventud, había llegado a ser un exitoso arquitecto. El año pasado, a sus 51 años de edad, había obtenido el Premio Nacional de Arquitectura por el diseño del nuevo Palacio de los Deportes, considerado una de las joyas arquitectónicas del Japón, aunando magistralmente tradición y funcionalidad moderna. Pero pese a su exitosa vida profesional seguía siendo el muchacho tímido que cuatro décadas atrás había llegado a la gran ciudad. Parco y de sencillas costumbres, prefería sonreír aquiescente a hablar, a exponer.

Sukulo Kochino, por el contrario, continuaba siendo ahora, igual que años atrás, un extrovertido sin cura; gritón, hablador, siempre se había llevado el mundo por delante. En su profesión como médico, al igual que su amigo Sakamoko, le había ido bien. Pero su principal preocupación no era la excelencia, la calidad de lo hecho, sino el triunfo económico. Para él la cirugía -en la que, sin dudas, era un maestro- era un camino para el éxito, un instrumento para la gloria material en que se sentía. Para Sakamoko, en cambio, la arquitectura tenía un valor en sí mismo: era su pasión absoluta, su vida, lo que lo trascendería más allá de su muerte.

Si bien eran muchas las diferencias personales, los estilos, los proyectos diversos de vida que ya desde niños se entreveían, todo eso no impidió que desarrollaran una entrañable amistad entre sí. Quizá justamente esas diferencias fueron lo que los unía tanto.

De algún modo Sukulo, con su forma grandilocuente, casi histriónica a veces, siempre sirvió como protección para Sakamoko. Aunque físicamente eran muy parecidos, y los dos eran de pequeña complexión, la grandeza del futuro médico estaba en su carácter avasallador, y era eso lo que le servía como escudo, como defensa inexpugnable. Sakamoko, en más de una ocasión, se protegió tras su amigo, siempre majestuoso en su forma de actuar. Si algo no sabían -en la escuela o en el ámbito que fuera- Sukulo lo inventaba, nunca se quedaba callado, demostraba un dominio de la situación que nunca lo hacía retroceder. Contrariamente, Sakamoko prefería el silencio. Esa prudencia, o timidez, no se le quitó jamás con los años. Ya de adulto, incluso con todos los honores que había ido consiguiendo en su profesión, tal característica se le había remarcado.

Lo cierto es que la amistad entre ambos se había ido acrecentando con el paso del tiempo. Compartieron escuela primaria y media, y si bien optaron por carreras universitarias distintas, siempre se mantuvieron unidos. Desde las primeras salidas con muchachas hasta la pesca deportiva -pasión que ambos cultivaron juntos a través de los años-, desde la práctica del karate hasta los mismos gustos musicales o culinarios, Sakamoko y Sukulo tenían interminables cosas que los unían. Idénticos en muchos aspectos, las diferencias no eran obstáculo para que el apego entre ellos estuviera por arriba de cualquier desavenencia o punto de desacuerdo sobre algo.

Un solo recuerdo, pequeño, insignificante, nublaba a veces -muy tangencialmente- el horizonte y empañaba la hermosa relación de décadas. En realidad, era Sakamoko quien lo tenía presente y a quien le pesaba; para Sukulo eso había sido un pequeño detalle del que casi no se acordaba. En la adolescencia, en un parque de Tokyo y delante a unas muchachas a las que pretendían cortejar, Sukulo había obligado a Sakamoko a caminar sobre una rama que hacía de improvisado puente sobre un curso de agua de un par de metros de ancho, y en el momento en que pasaba sobre ella haciendo equilibrio, la había movido con tanta fuerza que Sakamoko había caído. Para él caerse de ese modo, habiéndose empapado de pies a cabeza, había sido muy bochornoso, más aún porque fue delante de la jovencita que le gustaba. Para Sukulo sólo significó una broma, una más de tantas que continuamente gastaba, tanto a su amigo como a cualquiera. Pasado el tiempo el incidente no dejó marcas.

O, por lo menos, marcas significativas que empañaran la amistad. Hoy día, en el momento en que sucedió la historia puntual que nos ocupa ahora, sólo Sakamoko la tenía presente. Para el médico eso era algo muy borroso de épocas ya olvidadas, y que no podía pasar de una anécdota divertida de juventud.

Ambos tenían muy buena salud; habían pasado ya los 50 en perfectas condiciones. Los dos continuaban practicando bastante deporte -karate básicamente- toda vez que sus respectivas ocupaciones se los permitía. Desde los 40 en adelante, una vez por año y con puntual regularidad, los dos se hacían un chequeo general. Sukulo era el médico de Sakamoko, y por supuesto jamás le cobraba una consulta. En compensación el arquitecto, sin cobrarle nada tampoco, le había diseñado una lujosa casa de fin de semana a su amigo, en las afueras de Tokyo. Sakamoko estaba orgulloso de esa vivienda, por lo fastuosa, y porque el diseñador había sido una gloria nacional de la arquitectura, cosa que le gustaba resaltar.

Una semana después de cumplir los 52 Sakamoko había tenido por vez primera en su vida un episodio de ganas incontenibles de orinar por la noche. Coincidió eso con un proyecto faraónico que había obtenido -el diseño y construcción de monumentales edificios para dos ministerios, tanto en Tokyo como en cuatro de las principales ciudades del país- y que lo iba a tener ocupado a razón de no menos de doce horas diarias por espacio de varios meses. Eso, sin dudas, iba a tornar imposible salir de pesca con su amigo, o siquiera compartir un trago de sake con Sukulo cada fin de semana, como era ya una inveterada costumbre desde hacía años. No había habido ningún otro síntoma previo, ni dolores ni molestias: sólo, inopinadamente, un deseo irreprimible de orinar que lo había despertado un par de noches seguidas. Luego de ese episodio puntual, unos días después el mismo no se repitió más.

Sin pensarlo mucho, el arquitecto consultó con su médico y amigo de toda la vida. Sukulo pensó que podría ser algo menor, quizá una infección urinaria. Pero pensando también en algo más grave, y para atacar de una vez el mal mayor para, eventualmente, luego ir descartando, no le indicó exámenes de orina sino que optó de una vez por una tomografía axial computarizada de próstata, acompañada de un antígeno cancerígeno, para detectar un probable inicio de cáncer. Por la edad supuso que podría haber una displasia prostática normal -de hecho, él la tenía-. Y por la dudas, para anticiparse a cualquier posible proceso grave, quería ver desde el inicio un análisis profundo de ese órgano que tantos dolores de cabeza les daba a los varones de una regular edad.

La tomografía se la practicó en la misma clínica de Sukulo y, por supuesto, no debió pagarla. El resultado lo tuvo en sus manos el médico un martes por la mañana, un rato después de realizado el estudio, pero dado que Sakamoko tenía que viajar a Kyoto y a Osaka esa misma tarde, pospusieron la nueva cita para la semana siguiente, cuando el arquitecto ya estaría nuevamente en la capital. La tomografía no arrojó ningún problema serio; una pequeña displasia totalmente normal en alguien de 52 años de edad. Sin dudas, era una buena noticia. Sukulo pensó entonces en una posible infección urinaria. Se lamentó que su amigo hubiera tenido que viajar tan precipitadamente, no dándole tiempo a indicar otros análisis de laboratorio.

Toda esa semana, hasta el miércoles siguiente en que volvió al consultorio de Sukulo, Sakamoko sufrió como nunca en su vida. Ni siquiera el bochorno de haber caído al agua en aquella escena frente a las jóvenes en el Parque Ogasawara, en sus años juveniles, lo angustió tanto como la espera actual. Cuando se comunicó por teléfono con su amigo, éste le dijo -en tono chistoso, que no pudo ser entendido como tal por Sakamoko- que prefería hablarlo personalmente cuando volviera a Tokyo. El médico, fiel a su estilo y viendo que no había un proceso oncológico en curso, trató de jugarle una broma al arquitecto. Como muchas veces hacía, adoptaba un tono ceremonial, profundo, solemne -por supuesto ficticio- para luego salir con una bobada. Sakamoko lo sabía, y en general le seguía la corriente en eso que ya tenía casi valor de juego ritual entre ambos. Pero en estas circunstancias, ganado por la ansiedad como estaba, no pudo percibir que se trababa -una vez más- de un chiste.

Esa respuesta del médico y no una palabra de alivio como anhelaba escuchar -“no te preocupes, no es nada grave, no es cáncer”- lo mantuvieron en un estado ansioso indecible. No saber qué le pasaba, pensar que podía ser grave, pensar lo peor -es decir: un cáncer de próstata- casi no lo dejó dormir todos esos días. Tuvo que apelar a tranquilizantes para poder soportar la espera. Lo que le resultó curioso es que no volvieron a repetírsele esos deseos perentorios de orinar.

Ya en Tokyo, Sukulo casi había olvidado el incidente y sólo quería ver a su amigo para ordenarle un examen de orina, pensando que se podía tratar de una infección. O, también, considerando que el síntoma era una respuesta psicosomática ante el estado de tensión que le ocasionaba la sobrecarga de trabajo actual. Dado que la tomografía de la próstata no había revelado ningún problema serio -la displasia era muy moderada, normal para la edad- no encontraba motivo para alarmarse. Y el chiste, o más que chiste…la forma de comunicarse que había tenido con Sakamoko, ni siquiera se le ocurría que podía ser fuente de preocupación. Tantas veces ambos participaban de ese tipo de “locuras” permitidas -“Sakamoko, te cuento que hoy me llamaron los extraterrestres”…, “ah, buenísimo Sukulo; yo estuve con ellos ayer”- que para Sukulo haber mostrado un relativo aire circunspecto cuando le hablaba de la historia clínica a su amigo no podía pasar de una actitud bromista y nada más. No veía que hubiera más que agregar sobre el asunto.

No sentía lo mismo el arquitecto. Para él esa actitud reservada y misteriosa de su amigo significaba lo peor. Incluso, aunque no se le había repetido el episodio de deseo repentino de correr al baño, ya se sentía con síntomas de “gravedad”, según comenzó a fantasear: cosquilleos en el bajo vientre, algún mareo, desánimo.

Antes de ir a la clínica, muy lejos, desde la otra punta de la ciudad, Sakamoko prefirió llamar por teléfono a su amigo para ir teniendo algún adelanto. Sukulo, ahora sí deliberadamente pero sin pensar que ese chiste podría afectar a su amigo, dijo con un tono casi provocativo: “arquitecto, ¡estás jodido! Vamos a tener que actuar muy rápido porque la cosa no viene bien. Pero… ya tienes tres hijos, así que no hay problema si te quedas eunuco…”. En otras condiciones Sakamoko seguramente hubiera seguido el clima de broma, contestando con alguna otra estupidez de ese calibre, o mayor quizá. Pero no fue el caso ahora. Tomó las palabras en sentido literal, sin poder captar que se trataba de una provocación sarcástica.

Si bien hoy día no tenía una activísima vida sexual, seguía valorando como en sus mejores tiempos mozos su virilidad. Y no faltaban ocasiones donde se sentía más potente y fogoso que años atrás, más inexperto. Pensar que sería necesario extirparle la próstata lo trastornaba. Por supuesto, la ansiedad le turbaba la clara comprensión de las cosas: en el supuesto caso que hubiera tenido verdaderamente un proceso cancerígeno en curso, había una enormidad de distancia aún con la necesidad de extraer ese órgano. E incluso, el hecho de extraerla no lo condenaba en forma automática a la impotencia. Él sabía eso, dado que muchas veces lo había hablado con Sukulo; el porcentaje de varones que pierde la erección ante la remoción de próstata es bajo. Sin embargo, sólo mencionar el asunto lo hacía perder la razón.

Ni siquiera llegó al consultorio de su amigo médico. Prefirió llamar por teléfono a la esposa de Sukulo, también doctora, para despedirse. Usó términos tremendos. Le dijo que siempre había estado enamorado de ella, pero por respeto a su mejor amigo jamás se había permitido dejar entrever nada de esa pasión. Ahora, habiendo tomado la decisión de quitarse la vida porque no estaba dispuesto a soportar los sufrimientos de una enfermedad mortal, quería dedicarle sus últimas palabras. Le indicó que, cortando la conversación telefónica, se iba a suicidar y que sus últimos pensamientos serían para ella. Y fue enfático en señalar que no se preocuparan por el cadáver, que buscaría la forma más adecuada de desaparecer de una vez de la vista de todos. No faltaron las lágrimas en ninguno de los dos -quien hablaba y quien escuchaba- en el transcurso de la corta llamada.

La esposa de Sukulo quedó abrumada. No sabía qué decir, qué hacer; después de unos instantes de desconcierto llamó a su marido. Fue sumamente dificultoso comunicarse con él, porque estaba por ingresar al quirófano. Luego de infinitos ruegos, gritos y enojos con quien recibió la llamada, pudo hablar con Sukulo. Si su esposa quedó atónita con la comunicación de Sakamoko, muchísimo más quedó el médico. No lo podía creer.

Tuvo que suspender la operación con el paciente ya dormido con la anestesia. Sus asistentes se encargaron. Sukulo salió desconsolado del sanatorio. Sin rumbo fijo, conmocionado por la noticia recibida, no sabía si lo que más lo afectaba era la muerte -o la decisión tomada, mejor dicho- de su amigo, o el hecho de haber actuado tan mal él como médico y como persona, sintiendo que había sido él el causante del suicidio de Sakamoko.

No sólo lo trastornaba la suerte que correría su entrañable compinche de toda la vida, sino también su propia reputación como profesional de la salud. Había actuado mal, y eso lo tenía perturbado. Jamás podía haber imaginado que una inocente broma -así la sentía él- podría decidir el destino de una persona. Menos aún de Sakamoko, a quien veía siempre tan centrado, tan con los pies sobre la tierra.

La vergüenza de verse sometido al escarnio público por su mala práctica profesional lo comenzó a atormentar, más aún que el dolor por el amigo perdido. Eso podía implicar el final de su carrera, un final espantoso, agravado más aún por la calidad del paciente muerto. No lo soportó.

Llamó a su esposa para comunicarle la infausta decisión: no había otra salida, debía suicidarse. Era una cuestión de honor.

Y así lo hizo. Pero contrariamente a Sakamoko, no fue en privado, desapareciendo el cuerpo. En una pasarela de un centro comercial construida por el brillante arquitecto, a plena luz del día y a la vista de todos, se ahorcó dejándose caer desde una altura de más de 20 metros con una soga al cuello que lo asfixió en un instante. El espectáculo del cadáver bamboleándose sobre una de las principales avenidas de Tokyo se difundió a nivel nacional, quedando grabado en la memoria de los japoneses por mucho tiempo.

Tres días después del entierro de Sukulo, su viuda recibió una llamada que la terminó de destruir: era Sakamoko. Con una voz que parecía de ultratumba, acongojado, le pedía perdón y le decía que todo había sido una broma.

Hasta el día de hoy no se volvió a saber nada del arquitecto. Hay un par de explicaciones al respecto. Lo cierto es que su esposa no se decide aún a firmar el acta de defunción, por lo que técnicamente no está muerto.

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