jueves, 6 de octubre de 2011

Cortázar también sabe de versos

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Rayuela abrió un mundo que era imposible, pero aunque éste tal vez el libro más famoso, los versos de este argentino universal, irrumpen el cielo de la boca.

Van y vienen, los besos y los versos. Como si la palabra fuera un espacio para el cuento y el encuentro, como si con ella pudiéramos rehacer el mundo o aunque sea, el instante que precedió al derrumbe. El verso transita el papel acobardando a los adioses y así, hace estallar todo lo que se extiende más allá y más acá de los labios.

Rayuela abrió un mundo que sin Cortázar hubiera sido imposible, pero aunque éste tal vez sea su libro más famoso, los versos de este argentino universal, irrumpen el cielo de la boca, en Todos los fuegos, publicado en 1966 y Salvo el Crepúsculo, de 1984.

Y es que como él decía en After such pleasures “Esta noche, buscando tu boca en otra boca, / casi creyéndolo, porque así de ciego es este río / que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados, / qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor / sabiendo que el placer es ese esclavo innoble / que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo”.

Breve semblanza

Julio Florencio Cortázar, nació en Bélgica, el 26 de agosto de 1914 y falleció en París, Francia, el 12 de febrero de 1984, de padres argentinos él también lo fue.

Se formó como Maestro Normal en 1932 y en 1935 se graduó como Profesor Normal en Letras. En Buenos Aires inició estudios de Filosofía, pero luego de aprobar el primer año decidió utilizar el título que tenía para trabajar.

En 1945 reunió su primer volumen de cuentos, La otra orilla. Y un año después publicó el cuento "Casa tomada" en la revista Los Anales de Buenos Aires, dirigida por Jorge Luis Borges. Después de la publicación de algunos trabajos literarios, obtuvo en 1948 el título de traductor público de inglés y francés. Meses después, en 1949 publicó el poema Los Reyes, fue precisamente esa su primera obra firmada. Y durante el verano escribió su primera novela, "Divertimento", que dicen los críticos prefigura lo que será Rayuela.

En 1951 apareció Bestiario, ocho relatos que le valieron cierto reconocimiento en el ambiente porteño. Poco después, disconforme con el gobierno de Juan Domingo Perón, decidió residenciarse en París, ciudad donde, salvo algunos viajes por Europa y América Latina, viviría durante el resto de su vida. Vida que estuvo íntimamente ligada a los sentires populares, a los sueños de las gentes, a sus dolores, a sus amores. Tal vez por eso más de un derecho de autor de sus novelas decidió donarlas a los presos políticos de la dictadura de Argentina. Hombre, grande como su nombre, como la palabra que nunca lo contuvo, sino que fue un extenso paisaje para armar y desarmar al mundo.

Algunos de los libros de cuentos de Cortázar son La otra orilla, 1945; Bestiario, 1951; Final del juego, 1956; Las armas secretas, 1959; Historias de cronopios y de famas, 1962; Todos los fuegos el fuego, 1966; El perseguidor y otros cuentos, 1967; Un tal Lucas, 1979; Queremos tanto a Glenda, 1980 y Deshoras, 1982. Entre sus novelas están Los premios, 1960; Rayuela, 1963; 62 Modelo para armar, 1968; Libro de Manuel, 1973 y Divertimento, 1986.

De la narrativa al verso

Pero Cortázar, también fue poeta. Y entonces, asaltan también las preguntas. Esas que sin respuestas nadie se anima a formular. Sin embargo, ahí se alza, este Cortázar de grandes manos y opacos silencios, en él convergen el ir y venir de las humanas dudas, de los gritos sin eco, del sopor de una siesta sin sueños, de un techo raso que cae en la penumbra de los gestos.

“No pregunto por las glorias ni las nieves, / quiero saber dónde se van juntando / las golondrinas muertas, / adónde van las cajas de fósforos usadas. / Por grande que sea el mundo / hay los recortes de uñas, las pelusas, / los sobres fatigados, las pestañas que caen. / ¿Adonde van las nieblas, la borra del café, / los almanaques de otro tiempo? / Pregunto por la nada que nos mueve; / en esos cementerios conjeturo que crece / poco a poco el miedo, / y que allí empolla el Rock”. (El Interrogador)

En Un Tal Lucas (1979) Cortázar define la sociedad con su carga de soledades e hipocresías. Y aunque es un microrrelato más que un poema, por su brevedad y por el recuento de lo que somos, esas palabras se asoman, también tienen mucho de Cortázar y sus sueños y sus amores sin dobleces. Así, como él lo cuenta, nos cuenta y al final, nos descubrimos insignificantes y nulos tras las máscaras que nos hemos inventado. Por eso dice en Amor 77, “Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son”.

Cortázar supo desnudar las verdades, convertirlas en mágicas certezas, en caminos sin finales. Con él la literatura se hizo realidad a la vez que ficción, tal vez porque la palabra se deshizo de las convenciones para hacer nacer los sueños colectivos que no nos animamos a narrar al despertar. Su literatura es cómplice de los buenos amores, de las libertades sin cortapisas, de la magia que vibra en las entrañas y en los ojos amados al despertar cada mañana.

“Te amo por cejas, por cabello, te debato en corredores blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz, / Te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz / voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y cintas que dormían en la lluvia / No quiero que tengas una forma, que seas precisamente lo que viene detrás de tu mano, / porque el agua, considera el agua, y los leones cuando se disuelven en el azúcar de la fébula, / y los gestos, esa arquitectura de la nada, / encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro” (fragmento, Poema).

Hay lecturas necesarias, de esas que son imprescindibles tener colgadas de los ojos, de las caricias que habrán de darse. Cortázar es para celebrar la humanidad y toda la vida que pende de ella.

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