jueves, 27 de octubre de 2011

Cuestión de espacio-tiempo

Edgar Borges

De niño veía por una ventana el ir y venir de los adultos. Recuerdo que no comprendía muy bien ese diario movimiento que por frenético me parecía absurdo. ¿Eso era vida? ¿Esa sería mi vida de adulto? Y, como suele ocurrir en estos (y en otros) casos, me hice adulto y entré en la rueda del absurdo.

De generación en generación nos han ido robando la lógica de la calma. Todos, de una manera u otra, hemos aceptado que el sistema capitalista es algo (invisiblemente) equivalente a lo que nos enseñaron como destino. Abuelos, padres e hijos asisten a la derrota de su rutina. Cada uno le entrega al siguiente la inercia como señal de vida. Mas, sin embargo, el asunto no es casual; la famosa rueda del ciclo social forma parte de una educación global (e histórica) instrumentada para el dominio. Si la velocidad de la luz es la misma, ¿por qué subvivimos como si los días ya no tuvieran 24 horas? ¿Qué clase de adoctrinamiento invisible nos han impuesto para que el tiempo no nos alcance ni para pensar?

Mucho se ha dicho sobre los diversos instrumentos que utiliza el clan del capitalismo para dominarnos. No obstante, poco, muy poco, se ha estudiado la utilización del espacio-tiempo como vía determinante para despojarnos de la ofensiva y arrojarnos al pantano de la inercia. Bastaría con que alguien analizara la dinámica de su vida para que se diera cuenta de que el enredo de sus 24 horas le impide toda capacidad de respuesta. ¿Me despierto? ¿No me despierto? ¿Llevo los niños al colegio? ¿Qué es el colegio? ¿Dónde está la casa? ¿Era tan pequeña mi habitación de niño? ¿Puedo salir esta noche con mi esposa? ¿Esa mujer que corre tanto o más que yo es mi esposa? Y, de lo mucho que nos avasalla la confusión, pasamos a la no pregunta. Y aceptamos lo que tenemos (el ir y venir) porque no hay tiempo de construir una vida más justa y por ende más digna. Hemos asumido la reacción como norma divina. ¿Quién dijo que esto tiene que ser así? (Me interrogo como el niño que aún se hace preguntas rebeldes frente a la ventana). ¿Por qué yo no puedo participar, desde lo mínimo (que soy yo) en un cambio de ruta? (Mi cambio de ruta).

Y, en su constante mutación, el capitalismo nos sigue cegando la mirada interior. A las palabras primero nos las enseñaron como dogmas, luego les quitaron su importancia; al tiempo (bendito tiempo) le están restando sensación y significado. No obstante, el gran factor de dominación se centra en lo que hay detrás del concepto espacio-tiempo.

Espacio-tiempo.

Imaginemos un escenario en el cual se desarrollan todos los eventos del universo. El espacio-tiempo, desde el valor de cada perspectiva, sirve para determinar el dónde y el cuándo de las situaciones. La teoría de la relatividad y otras teorías físicas lo definen como una “entidad geométrica”. La perspectiva de este valor relativo siempre dependerá de la ubicación del observador. Para que el escenario tenga coherencia colectiva, se hace necesario unificar la localización geométrica en el tiempo y en el espacio. (En ese escenario se han creado poderosas ficciones y realidades mediocres). Todo esto tiene sentido si aceptamos el trabajo de la física en beneficio de la conformación de una dinámica social sana y realmente evolutiva. El físico Albert Einstein explicaba: 1) Si la medición de la velocidad de la luz es constante en todas las direcciones e independiente del estado de movimiento del observador; 2) Si para mantener esta constancia es necesario cambiar nuestras nociones de espacio y tiempo de modo que éstas dependan del estado de movimiento del que efectúa las medidas y 3) Si las leyes del electromagnetismo concuerdan mejor con estas ideas que con las del espacio absoluto de Newton. Entonces lo que ocurre es que: 1) No existe éter, ni espacio absoluto (un sistema de referencia privilegiado), ni tiempo absoluto, y 2) el tiempo y el espacio son relativos, dependen del estado de movimiento de quien efectúa las medidas.

La colonización espacio-temporal

Imagen 2

Los planteamientos de Einstein (a los cuales siempre el sistema les quiere buscar caída) dan lugar a muchas preguntas. ¿Por qué se pretende cambiar la dinámica cotidiana con respecto a la noción tradicional que teníamos del tiempo? ¿Ganamos algo con ir más rápido? ¿Más rápido hacia dónde? Si el espacio y el tiempo son valores relativos que requieren el estado de movimiento de quien efectúa las medidas, ¿por qué la maquinaria capitalista nos esta llevando, con fuerza salvaje, hacia la aceleración de ambas nociones? ¿Qué gana la maquinaria con tal fin? Todo lo que acontece actualmente, cuando sentimos que avanzamos hacia la nada, forma parte del más alto grado de colonización que haya conocido el planeta y que tiene su centro justamente en la noción de espacio-tiempo. Ambos conceptos pueden ser relativos, pero, para la convivencia social (la lógica que nos permite ser parte del colectivo), es necesario asumir un punto de referencia. El nuevo orden (el desmantelamiento de lo humano) todo lo trabaja en milésimas de segundo, todo lo ejecuta a una velocidad imperceptible a la mirada humana. Desde el control central de la uniformidad se fabrican efectos no coherentes con la necesaria lentitud de la sabiduría humana. (Y se altera el tic tac de la convivencia. El ritmo de las noticias se parece al ritmo de las malas películas; en la tarde merendamos contentos con el drama informativo con el que nos hicieron sufrir en la mañana; todo va, nada viene; el invento de ayer se estrella con el de mañana; ¿y dónde dejé mi hoy?, ¿en Facebook?, ¿en Twitter? ¿Debajo de la almohada?). De pronto (en los años 80 del siglo XX) algo cambió. Fue como si de pronto hubiesen puesto a correr a la comprensión en una carrera de rayos láser. Y ocurre que esa no era nuestra competencia. Y mientras corríamos, como el desperado maratonista de distancias largas que, ingenuamente, se dispone a ganar la batalla (ajena) de los 100 metros planos, nos secuestraron el espacio (la geografía) y nos descolocaron en el tiempo (la memoria).

Capacidad de respuesta.

La salida a esta nueva forma de colonización global, que invisiblemente nos está llevando a la condición de supervivientes de la desmemoria, no es sencilla. Pero lo será menos aún si continuamos respondiendo desde la vieja práctica de la defensa. Los movimientos populares y los liderazgos de izquierda no pueden seguir atrapados en las cuerdas del cuadrilátero que fabricó el sistema. Hay que ser lo suficientemente meticuloso (y estratégico) para abandonar esa forma de batalla (ahí nunca vamos a ganar) y emprender una nueva dimensión de respuesta. Se nos hace creer que el conocimiento no produce dividendos. Como si de una propaganda masiva se tratara se le hace creer al pueblo que estudiar pasó de moda (que de la sabiduría al hambre hay medio paso). Sin embargo, con esta promoción sólo se pretende distanciarnos de la única forma de dominación y liberación que existe: el conocimiento. El poder le genera mala fama al intelecto para que no lo rentabilice el pueblo. Que nadie se equivoque, el capitalismo gobierna a través de una sofisticada inteligencia. La izquierda (o cualquier nueva forma de respuesta) sólo podrá salir de las cuerdas si abandona la carrera (engañosa) y, mientras deja correr al monstruo hacia su propio derrumbe, diseña un nuevo modelo realmente alternativo. Desde América Latina, por ejemplo, no tiene sentido asumir la misma noción de desarrollo que hoy mantiene en colapso a los llamados países del primer mundo. Eso, más temprano que tarde, nos convertiría en una réplica de lo que hoy cuestionamos. Hace falta voluntad política y voluntad educativa para generar una nueva lógica cultural que nos permita construir ese otro mundo con el cual, hasta ahora, sólo dibujamos utopías mientras la maquinaria capitalista nos impone realidades miserables.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.