jueves, 20 de octubre de 2011

El Brillo

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Vieron cómo huele un tablón de cedro cuando lo cortan? Así olía -según El Cordobés- la tarde en la fundición, y sus mil ruidos que entraban y salían de los cuerpos, venían con ese olor y enmarcaban todo sin que los obreros se dieran cuenta, somatizados como los tenían.-Cuando estás en tu casa, parece como te faltara algo-agregó-.

La noche anterior, luego de la reunión, Juan sintió cosas extrañas que aparentemente nada tenían que ver con su estado habitual, hasta le daban la impresión de verse vivir desde afuera.

Con la sirena, los grandes portones mostraron sus amígdalas vomitando al turno anterior. Carne cansada, pensó, y después, Juan se veía reflejado en las herramientas que iba lavando con el kerosene, que espejaba el acero bruñido, todos nos parecemos y olemos igual, se dijo.

-Cada cual es uno solo -pensaba- aunque Totó y los otros nos cuentan con la sumadora y somos un montón de carne que tiene que producir para ellos, pagándola con chauchas y palitos al fin de la quincena.

-¡Quien fue el hijo de puta que comió los bizcochos que guardaba en mi cofre! Desde ya le digo que los había meado-. El Cordobés lanzó un eructo que se oyó en toda la sección.

Siempre el mismo guaso, pensó Juan, y luego recordó que Podestá, uno de los capataces, se le había acercado diciéndole, no está haciendo la cantidad, Juan, yo soy su amigo, pero no me haga quedar mal ante Totó.

A pesar de eso, parece buen tipo, pensó Juan, no como Ficetti que venía a espiar de noche para ver si trabajábamos, y ¿viste? al final terminó jodido, Totó no le reconoció nada.

-Che Juan, estás paliducho -pasó el Pibe de la Carretilla-. ¿Tuviste una encamada brava con la vieja?

-Dejate de pelotudeces, pero… ¿Notaste pibe? Es desde ayer.

-El sábado jugamos contra el frigorífico, no te olvidés.

Ya en su casa su mujer lo atrajo hacia sí.

-Viejo, qué tenés.

-No lo sé, Tina, es como si tuviese los ojos al revés, veo las cosas de otra manera. Me voy a dar un baño polaco, patas, bolas y sobaco.

Cuando metió los pies en la palangana, el agua fría lo reanimó.

Esa noche, al apagar la luz, la mujer le dijo:

-Che Juan, tenés como una especie de resplandor.

El sábado por la tarde, luego del partido de fútbol, se encontró con El Profe: -¡Fiat lux! Goethe pedía más luz –dijo éste- pero vos no la pedís, das luz.

-A mi no me fían la luz, me la cobran y bien cobrada… Pero de todas maneras, tenés razón, La Tina, mi compañera, me lo dijo anoche.

El lunes siguiente todo el turno comentaba el brillo de Juan, ese día se elegía el delegado de sección y él resultó electo.

-Lo que pasa es que vos brillás –sentenció el Pibe de la Carretilla.

Poco tiempo después lo llamó el jefe de personal:

-Juan, usted tiene diez años de antigüedad, mujer, hijos, un crédito para vivienda, déjese de joder, podría llegar arriba, y hemos resuelto darle la categoría, pero quédese tranquilo. No le pedimos nada inmoral, continúe siendo delegado, defienda a sus compañeros, pera nada más. Aquí hay mucho abuso, dan parte de enfermo a cada rato, fuman en los baños, hacen sebo y eso no se puede defender. Además, hemos notado que usted ha comenzado a brillar y eso distrae al personal y si es una enfermedad puede contagiarlo, vaya a que lo vea el médico de la empresa.

-Es una enfermedad desconocida, no hay ninguna vacuna –le aclaró el médico- en todo caso, tómese una purga y no coma carne por unos días, puede deberse al fosforado que echan en el pasto de las vacas y que luego usted ingiere.

-Ojalá lo tuviera yo –exclamó El Cordobés- me hago millonario, me hago.

La policía lo detuvo a la salida de la fábrica.

-Ese brillo lo hace sospechoso –dijo un milico al llevarlo detenido.

-Apáguese –le ordenó el comisario al ponerlo en libertad.

Cuando retornó al trabajo, se halló con que había sido despedido.

-Y…con esa claridad – le dijo Podestá, el capataz.

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