jueves, 27 de octubre de 2011

Esta Boca es mía...

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En ese 2004 de pronóstico reservado, las historias eran menos desangeladas, pero igual de vivas aunque no hubiera nada que vivar.

¿Pérez Cellis tuvo algo que ver con ciertas imágenes que se ven en la Bombonera?

No lo sé. ¿Debiera?

Me parece que en tu calidad de hincha de Boca, por lo menos tendrías que averiguarlo, sin contar el ser periodista y ahí me parece casi, una cierta obligación.

Últimamente tengo más obligaciones que derechos, por lo tanto estoy en camino de corregir este déficit.

Me estás contestando mal y me imagino que después de haber perdido con River, cierta capacidad discriminatoria aparece en la superficie, ¿no es cierto?

No me modificó la vida. En realidad el día del partido me fui a dormir la siesta así que eso debiera darte la medida de mi interés - dije con la mayor indiferencia disponible.

En realidad haber perdido con River fue doloroso. Conrado el boxer atigrado, un día antes del partido, había salido a pasear, orondo con su camiseta de Boca que llamaba la atención en esta bestia de 50 kilos de inteligencia, músculos y molicie.

Era parte de los festejos que pensaba ampliar en el programa de radio que ese domingo, por la noche, trataría de otra manera. “Cosas veredes Sancho”, me apunté ignorando absolutamente el significado de la frase.

“El Programa sin nombre” bien podría llamarse “hijos nuestros” – revolvió el cuchillo en la herida, Yon, adivinando el curso de mi pensamiento. Hábito que ya no me inquieta a esta altura de la narración. En realidad el partido fue un apocalipsis privado, pero no tenía intenciones de darlo a conocer pese a sus dotes perceptivas. Hay episodios que suceden en el momento más inoportuno, ese era mi caso, y no tenía ganas de confiárselo.

No nos une otra cosa que el espanto – añadí para explicar lo inexplicable de esa frase que había colapsado.

El resultado me derramó una cantidad de calamidades superior a la capacidad de tolerancia, pero ese día debía ir a la radio, como cada domingo desde hace 16 años, para hacer un programa durante las seis horas siguientes después de las nueve de la noche y no tuve otro recurso que poner la mochila en equilibrio y salir al aire, cuando las ganas que no tienen nombre, como el programa, pugnaban por llevarme a otro sitio.

Yon, hoy, en el césped prolijo y dentro del rectángulo de sol que desciende horas antes del mediodía, muellemente instalado, me lo trajo al primer plano. Una mala copia fotográfica que no quería volver a ver y mucho menos comentar. El había llegado con el Alfa gris y una caja de viandas, para prepararnos antes de salir, como siempre, a cubrir giras exóticas y atender cuestiones que a nadie interesan, más que a sus protagonistas.

La pisada leve del tiempo, holló la alfombra angosta de la eternidad.

El vasco volvió la cabeza cuando dos hombres se aproximaron a la pérgola donde la sombrilla amarilla era señal de prudencia ante los impulsos.

Briggs llevaba al cuello la bufanda azul y oro de la “pesada” de Budge, eslabón perdido de la 12 histórica que pasa por la puerta 12 -pasa porque pesa- dijo Briggs, cuando llegó siguiendo el involuntario rumbo perceptivo que ya no me sorprende, cuando aparecen estos personajes devenidos de la borrachera de Dios.

El otro, Dola, arrastraba su pierna izquierda – lo de Dola lo supe luego de los saludos-, yo me apronté para otra velada sospechada de delirio. El gesto adusto del acompañante de Briggs hacía presumir que algo no había digerido bien, aunque no se tratara, precisamente de los alimentos. Tomaron asiento y una copa de Cabernet Sauvignon que extendió Yon, con la gentileza propia de los desatinos que cometen irresponsables, titulares de la libertad.

Briggs dijo sin mirarme, pero bajando el tono de voz – Dola quiere contarte algo que quizás vos puedas hacer publicar por medio de tus amigos; él necesita vomitar lo que sabe y luego que sea lo que Dios quiera.

No aclarar porque oscurece – dijo el vasco y se quedó mirando al visitante. Sobre la casa sobrevolaba, otra vez cuando no, el avión publicitario que recordaba amablemente a los vecinos de Lomas que hay moratoria y debían pagar – sin precisar el número de moratoria que se trata, ya que Lomas es, largamente, primera entre las municipalidades que ofrecen facilidades para cobrar lo incobrable-. Observé el detalle porque tuve certezas que esa charla sería “intrusada”.

Dola, casi con aflicción, se dirigió a Yon para contarle – pasa que nadie me da bola pero la muerte de Juan –la grabación del avión me hizo perder el apellido del aludido – no es como la contaron y la gente ya “compró” –

-¿Y qué es lo que pasó? – respondió el vasco taciturno, que no había perdido el dato, como Briggs y yo la esperanza, con la derrota de Boca.

-El volvía con el programa periodístico, de investigación, por la tele y había invitado a la mujer de... -otra vez el avión interrumpió para promover las cuotas hasta 36 meses con que se puede blanquear la vida de los evasores, los infractores y los secos-, pero para hablar de sexo
- prosiguió Dola -; quedaron en contestar y, días después, le dijeron que ella no hacía ese tipo de programas.

Juan - el avión retomó la ruta promocional y borró palabras que debería recoger de la mesa-, se enojó mucho y se equivocó feo al amenazar con fotos comprometedoras de ella, tomadas con otros políticos, si no accedía. Ese día parece que llegó “un equipo de limpieza” a su departamento, por la fotos creemos algunos. Eran por lo menos tres quienes entraron uno con un bate golpeó su cabeza luego de franquear la entrada decidida por el propio Juan. Parece ser que las fotos, allí no estaban – como te imaginarás se deshicieron de todo, incluido Juan inconsciente y, hace pocos días, ese departamento fue “limpiado” definitivamente-.

El hombre hizo silencio. Yon me confirmó al oído que nada es más cierto que no aclarar cuando oscurece. Otra vez el asombro se volcó, sobre mi boca - esta boca es mía pensé -, pero Yon no me prestó atención; en realidad él me prestó unos pesos hace dos días, si de prestar hablamos, sólo le dijo a Dola.

-Estamos de racha. Demasiadas muertes accidentales en poco tiempo, para “tanto abandono de persona” en recuperación – enumeró en tono quedo – igual veremos si es posible saber algo más de las fotos, pero alguien –lo dijo sin mirarme – puede interesarse. ¿Vos eras amigo de él?-

- ¿Qué te parece? ... todos se están borrando y dentro de poco esto va camino de otra mentira más – respondió un Dola molesto.

- Yabrán; Cabezas; Junior; María Soledad; el comodoro; aquel otro del oro que nunca más se habló, son los primeros que se vienen a la memoria -susurró el vasco -, tampoco hagamos una teoría conspirativa de la historia, porque sino todo se convierte en un caos de confusiones. Y esto se va a aclarar el día que los chanchos vuelen.

Antes del tormentoso desaliento que empieza a disiparse en la pereza de la tarde, me preparé para la reunión a punto de disolverse porque esa era la ley de la irrealidad.

Ellos se fueron con la esperanza almidonada, nosotros rumbo a la mesa tendida bajo los cipreses, que nos esperaba en Lynch, para que el filet de pejerrey y la ensalada agridulce, donde la remolacha y las ciruelas disputaban tonos de rojo, no se sintieran solas; por supuesto el Chablis helado seducía y llamaba a brindar desde el silencio impuesto; para que más... el Alfa gris hizo lo suyo y nos llevó.....

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