miércoles, 12 de octubre de 2011

Héroes sobre tumbas

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La vida y la muerte

Recoleta, un barrio tan ambivalente,
por un lado la vida, por el otro la muerte.
Bares, restaurantes, parques florecientes,
feria de artesanos, risas de la gente.
La muerte los mira silenciosamente,
paz del cementerio, del lado de enfrente.
Detrás de sus muros reposa el valiente,
poetas, deportistas, varios presidentes,
atrapa el misterio de jóvenes niñas,
de historias de amor y bellas durmientes.
Ángeles custodian sus sueños truncados,
reposan espadas que tanto han luchado,
laureles coronan las glorias logradas
palmas de martirio, lágrimas amargas.
Un ancla pretende afirmarse en la tierra,
ignora el misterio que la muerte encierra
y un Cristo que observa con dulce mirada
bendice a quien llega a su eterna morada.

Susana Espósito

Entre las tantas cosas que hice en mi vida, estuvo la de ser profesor en una escuela secundaria con alumnos a los que, tiempo más tarde, acompañé en un viaje de estudios, como para complementar in situ los conocimientos de “historia repetida”, una de las materias del curso.

En aquellos tiempos se viajaba en tren, de manera que niñas y muchachos armaban una tremenda baraúnda en el vagón y varias veces tuve que intervenir para que le devolvieran la ropa interior a ciertas jovencitas, lienzos estos que volaban de asiento en asiento y corpiños revoleados. Lamentablemente, recién en la localidad de Las Lomitas nos dimos cuenta de haber tomado un tren equivocado.

Varios de los niños se perdieron por el camino, pues bajaban en las estaciones intermedias sin posibilidad de contenerlos y luego no sabían o no podían subir y así, pues, nos la pasamos haciendo retroceder el tren para recoger a los descolgados, aunque algunos de ellos fueron a parar al domicilio del doctor Esteban Laureano Maradona y otros aún no han sido hallados ni por la Missing Children.

Llegados a la Capital como cinco días después, nos alojamos en el Hotel de la Paix y la primera excursión se dirigió hacia el cementerio de La Recoleta.

Justamente en aquel momento habían robado las manos de Perón y como entre los muertos allí depositados había no pocos granujas, no me extrañaría que alguno de ellos hubiese hurtado las susodichas manos, quizá para sacarle los anillos, como opinara uno de mis destacados alumnos.

Estos alumnos míos, pura inocencia, no guardaban solemnidad alguna para con los padres de la Patria por más que fuesen enterrados antes del anochecer del óbito y así recorríamos bronces, mármoles, bustos a los cuales les pintaban bigotes o escribían ocurrentes leyendas en aerosol.

Les llamó poderosamente la atención la historia de Rufina Cambaceres, aquella chica que fue enterrada viva -a lo que una de mis alumnas sugirió que debía haber sido enterrada con un celular-, la de la dama de blanco (historia ésta que debería pagar derechos de autor ya que existe en casi todos los cementerios del mundo), banderas de granito, bronces augustos y estatuas formidables de diosas como Palas Atenea, Gimena Susánez y Lady gaga, o la de Rodrigo Bueno quien, según la leyenda, en las noches de luna sale a bailar cuarteto con Felicitas Guerrero. Personajes como las de Woodrow Wilson, Spruille Braden o su Madre Santísima. A la derecha, la estatua de Miguel Angel Firpo, obra del escultor Luis Perlotti, que recuerda el momento en que Firpo tira del cuadrilátero a Henry Kissinger y al lado la de Martín Karadagian derrotando a la Momia de Sumatra. En el centro se encuentra la estatua ecuestre de Felipe III, obra de Juan de Bolonia y Pietro Tacca y más a la izquierda el mausoleo de Guillermo Brown muerto en la batalla de Trafalgar y Facundo Quiroga atando su caballo en la pirámide de Luxor.

Un mausoleo cuesta mucho dinero, y más porque resulta carísimo el reposo de guerreros y de los pocos prohombres civiles que allí yacen –el metro cubierto en el Barrio de la Recoleta vale siete mil dólares- y si es del caso, preguntadle a Ernesto Sábato, boletinero de Urquiza, que murió combatiendo en la batalla de Pavón, como luego recordaría el laureado poeta Jorge Ricardo Alevino en la revista Ñoña. El poeta Alevino, quien fuera autor de la nueva versión de Un Tranvía Llamado Deseo -porque Federico Lacroze ya había escrito Deseo Llamar a un Tranvía - tiene un sitial a la vera del susodicho y del de Amalita Lacroze, enterrado en el mismo túmulo de Roberto J. Noble y su viuda. Luego venía el de La Perichona, amante del virrey Liniers, luciendo un coqueto negligé con el cual entró en la gloria junto a Regina Pacini de Alvear. Más a la derecha se halla la tumba de Toribio Ayerza, sorprendido en una canoa del Tigre en compañía de Susan Barrantes, madre de la duquesa de York.

Una tumba digna de recordar es la de Pedro Andrés García, comandante del Tercio de Cántabros Montañeses, que fue quien expulsó al general Robert Craufurt durante las invasiones inglesas y quien luego, siendo prisionero del virrey Liniers, se casaría con Mariquita Thompson de Bacon y Wheelwrigth, a lo que un paseante comentó que donde las dan las toman.

Mis párvulos se interesaron por la tumba de Dorrego, fusilado por Lavalle que a su vez sería fusilado por Damasita Boero, rubia y de ojos azules, quien les abrió la puerta, aunque digan que no, y la Pulpera de Santa Lucía descarnando el cadáver de Lavalle en el Río Juramento para luego enterrarlo en Potosí. Al sur, frente al Río de la Plata está la tumba de María Kuidame cuyo cadáver nunca se encontró y fuera asesinada por los Reinafé en las barrancas de Rosario y Borges (el coronel, tío abuelo de Georgie) asesinando a Facundo mientras iba en coche al muere, en Suiza.

En un friso por demás alegórico, Giuseppe Garibaldi perdía la cabeza aliándose con el Chacho Peñaloza en la plaza de Olta y Francis Fukuyama, enterrado junto con La Historia, muertos a manos de los salvajes unitarios, los mazorqueros y los indios Qom, porque Alfonsín no quería un caudillo como el riojano (el Facundo, porque el otro no llegó ni a caud) y el Supremo Entrerriano, cuya cabeza en salmuera presidía el living del Brigadier Estanislao López quien a su vez fuera ultimado en Barranca Yaco junto con Sarmiento, y Santos Pérez que mató a Juan Manuel de Rosas a través de la puerta del Palacio San José. Virasoro, en una réplica de Curuzú Cuatiá cuando intentaba cruzar el río Uruguay con los Treinta y Tres Orientales -hicieron un bozal con su piel- y Cullen en Santa Fe decapitado por Bairoletto al intentar asaltar La Forestal. Mate Cosido y Bartolomé Mitre historiando, que aquí que allá, que José Hernández peleó junto a Estévez Boero en Cañada de Gómez o que De La Rúa estuvo en el sitio de Paysandú donde fueron todos degollados por Venancio Flores, quien a su vez quiso hacerle una revolución al presidente Bernardo Prudencio Berro, igualmente caído en una celada hecha por los Montoneros de Aldao, y Pincén, empalado por Jorge Rafael Videla, Pincén, que no se rindió ante los soldados de Carlota Joaquina y estuvo una semana clavado en el Cerro de la Caballada bramando espuma y sangre.

Fulgencio Yegros fue un caso especial, según destaca el libro de visitas, porque quiso asesinar a Gaspar Rodríguez de Francia en la guerra de la triple alianza, para establecer un régimen que aceptara la unión de Paraguay con Buenos Aires en calidad de Estado Libre Asociado. Varios de los conspiradores que fueron fusilados un año más tarde descansan aquí e inclusive, algunos extranjeros considerados espías, entre ellos el médico y botánico suizo Aimé Bonpland, quien finalmente mató al doctor Francia en Curupaytí.

Llegamos a la tumba de Arturo Rawson Corbalán, quien mereció especial detenimiento por ser hijo de una familia santiagueña de origen estadounidense. .Su placa dice que el 4 de junio de 1943, más de 10 mil soldados encabezados por el general Arturo Rawson llegaban a la Casa Rosada con la intención de desalojar del gobierno a Ramón Castillo, hombre que el ex presidente Roberto Ortiz había bautizado como “la Mula de Ancasti”, por su terquedad y mal carácter. Esto último al parecer se debía a que no había podido tener hijos con su esposa, doña Delia Luzuriaga Gorbachov, siendo todos los no-hijos sepultados junto con las buenas intenciones en este benemérito cementerio.

En su proclama inicial, como puede constatarse en la lápida, dirigida a los mandos militares, Rawson denunciaba que el comunismo apátrida y pusilánime estaba sentando sus bases reales en el país, que ya se organizaban los soviets y designaban los comisarios del pueblo, que Stalin se preparaba para gobernar La Patagonia, que su principal agente era el coronel Perón, lo cual debía ser una de las mayores preocupaciones de los uniformados; pero también reprobó “la educación de la infancia y la ilustración de la juventud viendo pornografía, practicando sexo oral y sin respeto a la bandera nacional, reverenciando en cambio al trapo rojo, sin Dios ni amor a la familia, la propiedad privada y la patria sojera”.

Su empeño fusilador fue digno de mejor causa, y más cuando intentó formar un gabinete con sus amigotes del Jockey Club. Así, el gobierno de Rawson duró sólo 48 horas. La rareza es que no se encuentra dentro de la lista oficial de presidentes argentinos, porque ni siquiera alcanzó a colocarse la codiciada banda, superando en esto a Lanza Seca, que duró cinco días como presidente. A pesar de ello, Rawson siguió participando en algunos actos oficiales junto a Palito, por lo cual quienes lo denostaban lo apodaron Reina Madre.

Quisimos también visitar el osario común, hay un sitio allí en donde los enterradores juegan con las insignes calaveras de ex ministros, cardenales, senadores y terratenientes. Interrogamos a uno de ellos, quien dijo llamarse Yorick y nos aseguró que jamás jugaban por plata y que previamente despojaban a las calaveras de dientes de oro y dentaduras postizas, por respeto y para que no se desparramaran al bochar.

Finalizando ya nuestro paseo, llamó la atención un amplio espacio reservado para los, en vida, muertos políticos y literarios, y para los asustados de los truenos, dentro del cual hay una tumba, reservada para un tal Felipe Domingo Cavallo, a quien algunos malintencionados rebautizaron neutrino, por ser más rápido que la luz. En su mismo nicho, entre diversos fantasmas existe un lugar para el de la desocupación.

Fuera de los muros y sobre la calle Junín pudimos ver un local, frente al que había una cola de jubilados esperando pacientemente probarse dentaduras postizas provistas por los enterradores y que se vendían en cómodas cuotas.

De regreso a nuestro pueblo –como lo reflejara el periodista estrella del diario El Alba, es decir, nuestro popular Cornelio de las Nieves Leuco- mis alumnos (y alumnas, ellas/os) recibieron una felicitación de la directora doña Beatriz Marlo y del magister Marión Grandona, por su desconocimiento de la asignatura “historia repetida”, siendo el alumno Zapicán Malatesta nombrado abanderado y designadas escoltas las doncellas Rosa Martínez (a) Mirtha Lepetit y Lilita Descarrió Ferrobaires.

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