miércoles, 12 de octubre de 2011

La malaria de Malabia

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Lomas de Zamora, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Yon estaba en la luminosa cocina de “Pigalle”, dando instrucciones a Pierre, el chef. Los amplios ventanales derramaban cascadas de luz, en este otoño caliente del 2004.

El declive del parque, verde esmeralda, daba al ambiente un bucólico aire silvestre, propio del mediodía francés. En realidad era algo que se habían propuesto las propietarias, amigas del esplendoroso gris de ausencia, que hace posible lo imposible. Ni Ludmila ni Anna necesitaban esa Casa, ni otra, pero cuidadosas del estilo, conservaban para su elite, gustos y pertenencias que más tenían que ver con aristocracias en extinción, que con nuevos pudientes, de una clase condenada. Porque esos ricos advenedizos, para ellos, no encontrarían ni las ruinas de los modales y les llevaría tiempo construir otro jet set, sustituto. Sólo traían glamour, pero de consumo masivo, algo que las elites detestan. Pensé en Stalingrado, San Petesburgo y la resistencia rusa que incendiaba en retirada, para que franceses antes y alemanes luego, sólo recibieran escombros ardientes sobre tierras nevadas. La mejor forma de no dejar huellas de sí, en eso de hacer la guerra y no el amor.

No obstante, en tales círculos, estrictos en la admisión, la murmuración no cesa y “todo el mundo” conoce los asuntos de todos. En realidad una conspiración que parece proceder tanto del amor, como del miedo. Sucede que esa compulsión expositiva suele alimentarse de cosas que algunos dicen o mejor que no habían dicho, pero escalaban con sus miradas y el modo en que miraban, hasta que alguien se reprochaba “no; hago mal y no puedo perder este tiempo; no puedo malgastarlo”, y se marchaba.

Pasaba revista a estas imágenes como si se hubiera bajado el volumen y no me llegara el sonido de las instrucciones que daba el vasco.

- La “piperada” es un clásico popular de la cocina vasca –decía– y en la versión francesa lleva huevos, cebollas medianas, ajíes medianos, uno rojo y otro verde, medio kilo de tomates, un diente de ajo grande, dos cucharadas soperas de aceite de oliva, una lonja de panceta ahumada, magra, sal y pimienta negra molida -.

Cuando iba a transmitir la preparación, vi la delgada línea dorada que, pensativa, se apoyaba en un ceibo, milagrosamente rojo. Una mujer meditando provoca distracciones y, por lo tanto, la asesoría en cocina vasca se me escapó hasta la hora de comer, momento en que, seguramente, se evaporaría la mujer dorada, rumbo a otra mesa.

Al salir crucé a Paul, el somelier, que se repetía –toda la gama de Pinot Noir, Retini, Marcus Reserva, Santa Julia–, en un soliloquio monocorde, complementario del plato que Yon dejaba como herencia vasca a “Pigalle”.

Los rumores del bosque silenciaron otras voces que venían a contar. Alguna referencia tuve al ascender al Alfa gris, esa misma media mañana.

- Hay mucha gente nerviosa por el túnel de Malabia – me anunció Yon, como motivo del viaje y sus extrañas reuniones.

-¿Y que le pasa a la gente con el túnel de Malabia? -, repetí como una letanía.

- De todo y lo peor es el aumento de las violaciones, mucha basura, muchas caras difíciles y mucha gente, incluso de la Universidad (de Lanús) preocupada -, sumó referencias.

- ¿Y eso como se arregla?-, acoté con mi originalidad recién planchada. Fastidiado por regalar otra mañana de sueño.

- La violencia ya no tiene arreglo, en todo caso proponer prevenciones y quiero que vengas –singularizó– porque hay mucho “amarillismo” periodístico y aunque vos no escribas, vale la pena que escuches lo que pasa – resumió, ostentando una autoridad discutible, sobre mi libertad condicionada, pero estaba habituado a sus excesos de cimientos egoístas.

El Alfa adormece cuando la marcha ocurre por rutas parejas y este era el caso.

Como siempre me adormecí, para apropiarme de mis sueños, algo que me quedaba y el placer no se comparte en estas situaciones.

Ahora, el rumor tomaba tonos enfáticos. En una mesa tendida bajo los almendros, el mantel de hilo blanco era el equivalente, en la tierra, de la única nube que cruzaba, soberbia, el cielo insufriblemente azul.

Los reunidos, de aire serio, guardaban semejanzas en la forma de expresar sus miedos. No sé porque, pero a mí ese día, las cosas me resbalaban como agua por el lomo de un pato; añoraba una tranquila placidez y no este aburrimiento progresivo, que paraliza.

Las presentaciones sobre los vecinos, fueron escuetas, como le cuadra al vasco. Tres hombres jóvenes y dos mujeres mayores que ellos, eran un mosaico de coloridas diferencias y una sola calamidad.

- No hay seguridad en ese lugar de Malabia (por el puente) -

- Existe gente que duerme debajo, en el túnel -

- La basura se amontona y complica la circulación y la salud -

- Para peor, se reúne gente pesada y ahí se negocian cosas, las mujeres que intentamos cruzar, estamos en peligro -

- Los chicos y chicas que van y vienen de la Universidad, son víctimas propicias -

- Ni la policía, ni la municipalidad, parecen darle trascendencia a la zona y, hasta el puente carretero, todo parece librado a la mano de Dios -

- Y Dios está ocupado; no atiende en Remedios de Escalada –

- En realidad, la Rectora parece ser la única que reclama seguridad y hay una suerte de servicio de apoyo y protección para los estudiantes que transitan por la zona aledaña al ferrocarril en los horarios de cursos –

- Pero todos los vecinos estamos amenazados, cada vez más. Es casi un territorio y pronto nos van a cobrar peaje, para pasar de este a oeste -

El balance de lamentos era variado pero con un elemento común, la inseguridad, el miedo. Ninguno de ellos tenía realmente, en común, algo más que aquello que las circunstancias les habían impuesto; un compañerismo forzado, que los encadenaba.

Yon había ordenado, para servir a los visitantes, tartas heladas, pasteles de crema, jaleas, bizcochos, un servicio de té a la hora en que la gente almuerza. No nosotros, por supuesto.

Intuí que el debate iba rumbo alguna “prueba de vida” y eso, para mí, significaba un nuevo desplazamiento que me gustaba menos, por no tener decisión, sobre la presunta decisión.

Cada tanto, Yon me observaba, de reojo, para evaluar cuanta atención concedía a la reunión. Como siempre, era un misterio porque y para que, la gente buscaba al vasco y le trasladaba sus problemas. Algo esperaban de él. Estos tiempos de desconcierto, prueba que la gente deposita sus esperanzas a plazo fijo, en martingalas inciertas, jugadas en casinos de ceniza.

Este desorden que provoca el vacío de poder, instala la rosa de los vientos. La diáspora de soluciones, a veces antagónicas, recorre el abanico de la desesperación, que no siempre es buena consejera. Pero también las ausencias, los espacios, pueden ser ocupados por nuevas insatisfacciones, fruto de nuevas instalaciones.

Los últimos tres años lo probaron, con la aparición de fenómenos sociales emergentes, clasistas y nuevos voceros para viejos reclamos, porque la historia de la desigualdad, la injusticia, la discriminación, son tan antiguas como el hombre.

Los visitantes, como la proyectada sombra del alero abandonaban en grupo la zona de reclamos. Luego de agregar precisiones sobre sus necesidades, intercambiar números telefónicos y recibir la respuesta de Yon, sobre una vaga gestión en su favor, vaya a saber ante quien.

Nos trasladamos a otra mesa más pequeña, donde el Pinot Noir transpiraba las delgadas copas de cristal, para menguar la fortaleza de “La piperada” y su fuerte sabor vasco. Tres Pinot después y luego de saludar a las propietarias, efusivamente por parte de ellas con el vasco y este, moroso en las caricias, extendía murmullos en oídos ansiosos de escuchar otras promesas.

Entre las dos luces finales del día, partimos. Las sombras avanzaban raudas, claudicaciones astrales que le dicen. Circulamos por Alsina rumbo al paredón y después, hicimos el giro reglamentario, para retomar como Dios manda, suponiendo que Dios se meta en estas boludeces, y pudimos apreciar que el paisaje era, por lo menos, inquietante.

El Alfa gris despertaba codicias y algunas babas se deslizaban presurosas de un grupo de bocas codiciosas acodadas en un Fiat Regatta blanco, que ya había hecho la campaña del desierto, por lo menos en Punta Indio.

La gente, sentada buscando el útero en sus posturas, instalada debajo del puente, parecía no permitir la circulación. El vasco detuvo el auto, me ordenó con un gesto conducir; descendió, decidido a cruzar a pie de este a oeste rumbo a la avenida Hipólito Yrigoyen que ya me parecía un espejismo del futuro, su paso tranquilo, casi a la mitad del trayecto, se detuvo junto a un trío que pareció envolverlo. No tuve claro si seguir - soldado que huye sirve para otra batalla- o detenerme y hacer número para la parada.

No fue necesario. Minutos después, no sé cuantos, si los bocinazos enloquecidos a mis espaldas - 115 -, el vasco palmeó a cada uno y siguió remontando la cuesta del camino.

Yo llevaba la espalda empapada cuando lo recogí al final de la trepada. No obstante actué con indiferencia. El sonrió sin mirarme, sólo acotó - ya sé que pasa y vamos a tratar de arreglar las cosas -, dijo se acomodó la ropa, sobre todo la camisa suelta y allí volví a ver la oscura forma del arma, discretamente situada en su cintura.

No quise preguntar, menos averigua Dios y perdona... a veces...

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