jueves, 20 de octubre de 2011

A propósito de las drogas y otros productos psicoactivos

Yves Charpak (LIBERATION)

Nicotina, alcohol, café, opio, heroína, anfetaminas, cocaína, champignones alucinógenos, LSD, popper, éter, pegamento, ansiolíticos, psicotrópicos, antálgicos, Red Bull… Citar en desorden estos productos psicoactivos permite abstraerse de los dogmas y querellas bizantinas sobre sus estatus, y de las pseudo-justificaciones médico-científicas de las opciones de nuestras sociedades.

Algunos productos son legales, otros están disponibles «ilícitamente» pero no clasificados como drogas, otros más son drogas ilícitas a nivel internacional, pero con «tolerancias» locales diversas; otras por último son productos medicinales. Si se los utiliza, es porque hay necesidades, deseos, se buscan efectos. Claramente, tenemos necesidad de productos psicoactivos. Una vida cerebral natural, sin productos que modifican las percepciones y las capacidades se realiza raramente. Los productores, legales o no, se frotan las manos, tanto más cuando las disputas sobre el estatuto de estos productos nos prohíben realizar un debate real. Pero, ¿qué queremos en verdad? Comencemos por ver qué es lo que existe. Esquemáticamente, se puede distinguir:

1. Estimulantes, para despertarse, para no dormirse en el trabajo o al volante, para “hacerse mejor la fiesta”, limitar los efectos del envejecimiento sobre la capacidad de concentración, preparar exámenes o terminar un trabajo que nos priva del sueño.

2. Productos para desinhibirse, mejorar el contacto con los otros o simplemente soportarlos.

3. Productos para sufrir menos, desangustiarse, dormir confortablemente luego de una jornada agobiante.

4. Productos para modificar las percepciones, intensificarlas, percibir algo desacostumbrado.
Nuestro consumo se realiza por distintas vías: se toma, se bebe, se masca, se inhala, se esnifa, se inyecta. Pronto aparecen efectos no buscados: toxicidad, comportamientos deletéreos, violencia, pérdida de control, baja de las capacidades intelectuales, dependencia, acostumbramiento (aumento de la dosis para alcanzar el mismo efecto), tráfico, contrabando, prácticas ilegales, corrupción, juegos de influencia, clientelismo electoral, blanqueo de dinero, mercados financieros offshore, financiamiento de armas…

Para evaluar todos estos efectos, cada producto y cada contexto deberían ser clasificados según todos estos criterios, sin a prioris ideológicos, científicamente. Sin embargo, cuando son puestas en primer plano las ciencias biológicas y médicas, se trata a menudo de fragmentos de resultados, sin discutir su interpretación. Es penoso ver a algunos científicos salir de garantes: las decisiones sociales no deberían implicar a la ciencia cuando esta no se encuentra en el origen de dichas opciones.

La situación es la siguiente. El estimulante más utilizado en el mundo es el café, probablemente poco tóxico. A continuación, la nicotina. Más fuerte que el café, más adictiva, sobre todo porque se halla mezclada con millares de sustancias que componen el tabaco y que acrecientan su toxicidad. Pero no nos engañemos, es evidentemente la nicotina la que posee el efecto de base buscado. Es la más mortal de las drogas.

Ha existido un mercado de estimulantes por pedido (de acceso bastante libre), muy solicitados en particular por estudiantes ante los exámenes. Eran las anfetaminas, vendidas en general como «calmantes del apetito». Ya no se expiden anfetaminas por pedido, pero el mercado ilícito progresa inexorablemente, junto con el éxtasis y otras moléculas. Muchos profesionales en Europa utilizan muchos otros estimulantes «naturales», la cocaína, para rendir más en el trabajo, para mantenerse activos a pesar de la fatiga, para no hablar de sus usos «festivos».

Pero para el tema fiesta y vínculos sociales, cambiemos de categoría. El alcohol es nuestro desinhibidor común. Es una droga cuyos efectos individuales y sociales son complejos. Existen bebedores regulares excesivos, para quienes el problema no es la dependencia sino la toxicidad. Hay también «alcohólicos», para quienes la dependencia es mayor y dolorosa. Seguramente, haya bebedores razonables, más numerosos. Y finalmente, bajo la presión de fuerzas marketineras mundiales incontroladas, bebedores ocasionales excesivos, que buscan la embriaguez como objeto de interacción social.

La dependencia es una cosa extraña: la heroína, droga mayor, era empleada masivamente por los soldados americanos en Vietnam, abastecida por organizaciones creadas por el «empleador», para ayudarlos a superar los sufrimientos de la guerra. De regreso a casa, la mayoría de ellos, los que encontraron condiciones de vida favorables, a quienes se consideraba toxicómanos “pesados”, pararon con la droga de la noche a la mañana.

El cannabis revela por su parte la ausencia de lectura racional de los productos psicoactivos: droga tradicional en algunos países, implicando raramente una dependencia fuerte, poco tóxica según los actuales conocimientos medicinales, es, a pesar de su estatus ilícito, tomada por una buena parte de la población, mayormente joven, para un uso festivo y facilitador de relaciones sociales. No es percibida como peligrosa. Pero tiene un efecto paradojal: su uso conduce a menudo a una dependencia tabacal casi ineluctable.

Los medicamentos psicotrópicos ilustran otra paradoja: ellos ayudan o alivian, pero los efectos buscados bordean los efectos de otros productos que calman también el dolor, la angustia, la depresión… Sus consumidores no se engañan: algunos usos de drogas son de hecho automedicaciones, más o menos eficaces. Es, por otro lado, difícil medir cuál es la causa de un consumo y cuál es la consecuencia.

En conclusión, el tema merece salir del círculo vicioso ideológico: es allí donde nuestras sociedades se extravían. Es necesario leer, sobre el tema de las drogas ilícitas, el informe anual de la Organización de las Naciones unidas contra la droga y el crimen, y sus estadísticas anuales. Casi todos los indicadores se hallan en rojo, señalando un aumento del uso no controlado por las políticas internacionales y nacionales. Es posible mejorar este control, para ello sería preciso comenzar a reflexionar seriamente.

Yves Charpak es experto en salud pública.

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