jueves, 6 de octubre de 2011

Yvipora se va con don Barbarito

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Don Barbarito había vivido… yo qué sé ¿Noventa o ciento noventa?, creo que se le enredaban los números. Casi no dormía pero últimamente los años le eran como una llovizna, parecida a la que se veía cuando el cura, en El Impenetrable, proyectaba viejas películas o como el rocío al cortar cañas de azúcar, ese vapor acuoso, al amanecer.

Su cama, un deshilachado jergón relleno de malhoja que crujía, y ahora, esa especie de mecedora debajo del laurel y el alero del rancho ocupado por un montón de gentes extrañas, gentes que sólo podían hablar en pasado. Le costaba trasladar la conjugación porque cuando ellos decían pude, él debía entender puedo, y aquel idioma de los fantasmas menores, llevarlo al tiempo presente Algún vecino escuchaba Radio Encarnación, pasaban un chamamé, cai cá tapiñique, que en toba quería decir no hay más conejos, no quedaban ni conejos ni sábalos ni nada y él, hachero de La Forestal en aquellos enfrentamientos con la policía y el ejército cuando la gran huelga del 25, después cortador de caña, o lo había sido hace unos años, ya no se dedicaba a eso ni a la caza ni a la pesca, no tenía que vagar por la selva como en aquellos lindos tiempos, tiempos en los que él era niño y su padre le había hecho el primer arco y flechas.. Y ahí estaba su cacique “que se enojó y sacó cochillo” y corrió a los milicos ¿hablando, ahora, con el brujo de la tribu?

Sus padres, hermanos y tribu ya habían partido y él, por una cuestión de vínculos, vivía más en pasado que en futuro, sus vivencias y su vida misma estaban ya sumergidos y sólo emergía ese poco de hoy que al cabo resultaba.

Conoció casos parecidos en que los innombrables volvían chiflado al más cuerdo y don Barbarito se hacía el desentendido, pero los fantasmas menores, gordos de puro mate tereré, solían codearlo en la verija, como con complicidad.

A eso de las diez de la mañana recobraba lucidez. Los nietos propios y los agregados, remanentes de adultos que se habían marchado, exclamaban con asombro famélico ¡don Barbarito va a churrasquear!

El churrasco era sólo un nombre pomposo, recuerdo de otros tiempos de esplendor, ahora se reducía a unas vísceras o a un pequeño trozo de carne barata, de esa “para los perros” que el nieto mayor pedía en el matadero señalándose a sí mismo y guiñando un ojo. Precisamente, ese nieto mayor era quien diariamente heredaba las grasitas y restos, mientras el coro miraba sin ilusiones.

Luego de churrasquear montaba a caballo ¡todavía! Tenía un caballú pirú, y con él se marchaba al trotecito hasta el arroyo Los Amores en busca de algún viejo como él que estuviese fijando sábalos o de no, se apeaba en el bolicho donde pedía media caña y jugaba algún truco si encontraba pareja.

Esos eran sus lujos, porque la pensión a la vejez no daba para más y volvía a tiempo para almorzar, tarde como era costumbre, es decir, comer algún sancocho de zapallo y, si había cobrado, unos chicharrones de grano de pecho o chipás, chirirí o abatí, una sopa paraguaya que repartía con los cunumí. Anoche comimos asado, supo decir el más pequeño, dándose importancia ¿ah sí? Y cuánto de asado. Y, como dos tazas.

-Tata….

Don Barbarito revolvía sus recuerdos, los innombrables se habían ido quizá también a almorzar y la voz le era conocida. Gladys no podía ser, porque la Gladys se fue a la ciudad hace mucho y a más, ahora estará vieja y ¡ciega! tiene que estarlo, por puta. Tampoco podía ser la Prudencia porque ha de estar lavando mientras le reza a la virgen de Caacupé por los hijos ausentes.

Y ésta ¿Quién habrá de ser? Añá, no se acordaba, pero reconocía esos pies elásticos como el lomo de un yaguareté y esas pantorrillas que daban ganas de acompañarlas en un chamamé milongueado y esa jedentina de hembra joven que él hubiese querido deshojar entre sus manos como jazmín paraguayo.

-Tata, le alcanzo el remedio…

Pero si era su nuera más joven, la misma que se crió en la casa y que él hiciera cabalgar sobre sus rodillas, hasta que un día, en la fiesta del santo, cuando se acercó a curiosear y a repartir, según a quien, caramelos o guaripola, su hijo menor y otros muchachotes se arremolinaron azotándose las bombachas como para entrar al galope.

-¡Mi entenada la Mirta! Exclamó recordando aquella escena, envidiando en un acceso de celos seniles y temerosos a su hijo que había ya mordido aquel fruto montaraz, llevándosela luego. Pero ¿Cómo podía estar ella aquí? Volvió a cerrar los ojos alarmado.

¿No han visto que está durmiendo? Decía una voz enérgica, déjenlo descansar, no ha dormido anoche.

De ése sí se acordaba, era su hijo Fermín, el que se había llevado a la Mirta. Don Barbarito continuó la siesta, pero no dejaba de oír susurros y un fuerte olor a flores, qué increíble, había enterrado ya a tantos que a lo mejor ese ruido y esos aromas le habrían ganado la cabeza. No le extrañó ver a los innombrables, eran cosa cotidiana, pero lo que sí le causó asombro fue ver a Yvipora, el mismo Yvipora en persona, que lo tomó del hombro diciéndole vamos a la Tierra Sin Mal, que aquí ya no hay más lugar para nosotros.

* Yvipora, “el fantasma de la tierra”, deidad de los guaraníes, también conocido como la mano del mundo y asimismo, como la designación genérica del ser humano.

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