jueves, 17 de noviembre de 2011

Apuntes para el regreso

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

De camino al trabajo, a veces (cada vez más seguido) me dan ganas de regresar. Regresar no necesariamente al modelo de casa (la no casa) que se parece tanto al modelo de la no vida que me aturde en el afuera (el tic tac sin armonía; la aceleración de los pulsos; las voces que de lo rápido parecen formar parte del mediocre ritmo de una película de Hollywood; es la fugacidad del espectáculo lo que me aturde la mirada). El teatro del destiempo. Observo a las otras personas (pienso en mi ir y venir de todos los días) y desearía encontrar la forma de detener esta lógica de progreso que hemos comprado como realidad absoluta. (Desubicados del cosmos). Los analistas dicen que el mundo padece un grave problema económico; los más atrevidos, en maquillar el sinsentido del desarrollismo, apuestan a sustituir (sin reparo) la función de los políticos por la de los tecnócratas. Decir, seguir; gritar. Hay demasiado ruido como para detener el camino al desastre. Los opinadores de turno maquillan la ruta para que nada cambie. (El sujeto se convirtió en la perspectiva de mundo que dibujó la industria de la realidad impuesta). Yo, en mi parar y volver, creo que tenemos un problema con nuestra naturaleza.

Objetos, tenemos los espacios invadidos de objetos y de mensajes fugaces (cada vez recordamos menos las situaciones importantes). Se pregunta el poeta y crítico Peter Hamm (Alemania, 1937), en el libro “Vivan las ilusiones” (Editorial Pre-Textos, 2011), refiriéndose al libro “La pérdida de la imagen o Por la sierra de Gredos” (Editorial Alianza, 2003) de Peter Handke (Austria, 1942): “¿Y no es también una especie de lucha contra los molinos de viento el hecho de que Peter Handke, en su ‘Pérdida de la imagen’, contra el acoso diluvial de «imágenes omnipresentes de objetos que se pueden comprar, de actos públicos, de acontecimientos y otras imágenes que suscitan la atención» y contra las imágenes de amenaza y amedrentamiento, fabricadas en serie por los medios de comunicación, conjure (o ponga en juego) imágenes, o fogonazos de imágenes, completamente distintas?” Es posible que toda la literatura sea una forma de buscar (de inventar) la luz al final del túnel. (La literatura). Una vía de regreso. Y, en medio de la prisa que tritura cualquier posibilidad de preguntas, desearía que algún maratonista de la loca carrera me interrogara (contra la pared del absurdo): ¿Regreso a dónde? Sí, ¿regreso a dónde? Y Peter Hamm intenta encontrar una respuesta a su pregunta (que quizá habita en una habitación cercana a la mía): “Sólo estas imágenes de paz, estas contra-imágenes de las imágenes acabadas y dirigidas, de estas imágenes-de-finalidad-y-de-utilidad, son las que pueden encender el sueño del nacimiento de un hombre nuevo, que es aquello con lo que Peter Handke ha soñado en la sierra de Gredos. Es el sueño de un solitario en la soledad. Pero, como dijo Unamuno, la soledad es «la forma más profunda de comunidad»”. Y justamente, en esa idea de Unamuno, percibo buena parte de lo que la sociedad de hoy ha perdido: el sonido de la soledad interior; la existencia de los otros; la comunidad que habita en el yo.

En este nuevo intento de volver a quién sabe dónde, he sentido (una vez más) que la maquinaria desarrollista nos está desalojando del espacio de humanidad de donde venimos. El otro día, mientras pasaba frente al televisor de la sala (donde la familia deja pasar las horas), me llamó la atención la sonrisa de un (parcamente) jovial presentador de moda. Por un momento comparé la expresión de aquel hombre con la sonrisa desenfrenada de mi abuelo. Y pensé cuánto se han enfriado nuestras emociones, cuánto hemos dejado de ser humanos. Como obedientes alumnos asistimos a la escuela del hielo. Y, con una velocidad que congela, abandonamos los encuentros y los testimonios que nos confirman un lugar en el mundo de los vivos. (Entre la resignación y la nostalgia estamos aceptando la muerte del fuego humano. ¿Cuál será la última generación infantil a la que le arrebataremos el vuelo de su ficción poderosa?). Escribe Handke en el libro “Ayer, de camino” (Editorial Alianza, 2011), al recordar a Austria: “Quisiera rasgar el país y abrirlo, sacar de dentro todas las malas superficies hasta que las capas de letreros, convertidas todas ellas en ilegibles, ondeen en todas las columnas de anuncios… ¿Cómo de un país de esta espantosa risa, a-risa, ha podido salir la música de Mozart, de Haydn y de Schubert?...¿Pero no será tal vez que hace doscientos años, en este país, en los países, se reía de un modo completamente distinto?...” Y me pregunto: ¿De qué modo reímos en el ahora (el del nunca estar… el del nunca ser)?

Después de todo, es posible que el regreso se trate de una compleja decisión personal que le permita al ser recuperar la calma, la mirada y el camino. Quisiera tener la voluntad de Robert Walser para pasear hasta más no poder y siempre en sentido contrario a los automóviles.

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