jueves, 10 de noviembre de 2011

Comentarios a “Crisol de mi raza”

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)


Vigo, 23 de octubre del 2011 (domingo, 8:11 a.m.)

Querido Riggin:

¡Me quito el sombrero ante el Riggin, el novelista!

Fue para mí todo un placer la lectura de tu “Crisol de mi raza”. Me pareció una saga muy hermosa, donde entretejiste a tus personajes de una manera preciosa para dar cuenta del origen del alma borincana.

Me encantó como empieza; es casi un zoom desde un satélite que nos enfoca el continente africano, para acercarse de a poco a la historia de Li’zi, quien prolongará su carne y su sangre en las tierras americanas, en una hermosa consagración al Nuevo Mundo, al que ha sido conducida, sin proponérselo.

Si los blancos la oprimen y someten a la esclavitud, la verdadera la acogida se la brindaron los taínos de la región, provenientes de la inmensidad del tiempo. Allí, en la aldea nativa encontrará la hermosa mandinga, el amor de Cabey, el cual, más allá de la muerte de sus progenitores, se prolongaría en esa existencia maternal de Estebanía.

Creo que lo único en lo que te equivocaste fue en poner en el medallón que le entregaran a la africana, a San Esteban y no a San Sebastián, ya que el primero, protomártir de la Iglesia Católica murió apedreado y el que muriera atravesado por flechas fue San Sebastián, como bien puedes ver aquí, en estas pinturas del Greco:

Me encantó el feminismo espontáneo, digno y rebelde de esa mujer mandinga, dentro de un contexto que tú no idealizas, ya que no pareces identificarte con el mito del buen salvaje de Rousseau.

Y me pareció bella la solidaridad y la amistad con la mujer del hacendado, quien alberga a la africana, alberga mientras vuelve el tratante de esclavos con la mandinga, como si una suerte de afinidad electiva las reuniera. Tal vez, el género femenino puede ser más copartícipe y empático en los momentos de la desgracia, al menos era algo que hoy captaba en un video sobre la literatura femenina de la shoah.


Me pusiste hasta a estudiar botánica porque no tenía ni medio idea de qué eran la yautía y la malanga, que nunca oí mencionar en los trópicos colombianos aunque sí que sabía de las pomarrosas, ya que me levanté entre pomares, en nuestra casa quinta de Robledo, allá en Colombia, en Medellín, donde esperábamos con ansia loca la cosecha con toda la lluvia de esos pequeños frutos tan dulces y aromáticos, con los que llenábamos tarros de galletas, para comer con toda fruición en el seno familiar.

También me pusiste a estudiar la arquitectura de los bohíos taínos que parecen ser muy distintos a nuestras construcciones bahereque, realizadas con una estructura de guaduas que rellenan con lodo, o una mezcla de este con boñiga, el excremento de las vacas.

La interpretación del sueño, me llevó a recordar que cuando leía a Carl Gustav Jung, el psiquiatra disidente del freudismo, decía que el sujeto siente una necesidad perentoria de publicar los sueños trascendentales, en tanto producciones de lo que, el viejo psiquiatra suizo consideraba el inconsciente colectivo.

Me pareció bello como Li’zi adoptó su nueva tierra y a las nuevas gentes con las que se relacionaba y le daban un buen recibimiento, algo que yo siento que es un elemento fundamental si queremos construir un mundo mejor, al menos el que nos rodea más inmediatamente.

Además me resultaba muy reconfortante oír palabras comunes a tu patria y a la mía, que he dejado de oír desde hace tiempos, y llegué a formarme la idea de una comunidad sociolingüística pues supongo que, posiblemente, la gente que llegaba a Antioquia, más al norte del país, la gente que venía de afuera, debía hacerlo por la costa atlántica, a través de las aguas del Caribe; por ejemplo, la recua de mulas es algo que nos resulta sumamente familiar a los antioqueños, ya que el mismo padre de mi esposa, en sus comienzos. Fue arriero; por ello, un sobrino de mi mujer escribió un relato corto sobre él; se llama El arrierito.

En nuestra región paisa (antioqueña), llegaron a confundirse las palabras arrendado y mayordomo, aunque pienso que fue que el primero se convertía en el hombre de confianza del hacendado y devenía, por lo tanto en mayordomo, administrador de la finca, aunque, de estas cosas agrarias, sé poco porque yo me crié más en el ámbito de la burguesía industrial; de todo eso, sabe mucho más Ruth, cuyo origen era más del ambiente de la burguesía agrícola.

Me pareció muy importante que Sazules y Guano hubieran dedicado muchas horas de su vida a observar y descifrar las circunstancias que rodeaban sus vidas; eso me evocó El Criticón, de Baltasar Gracián, donde la Critilo, hombre experimentado, se dedica al acompañamiento y educación de Andrenio, un joven criado al margen de la civilización, como una especie de hombre de la caverna platónica que necesitara dar nombres a las imágenes reales del mundo, obra que también me fascinó en el momento en la que la leí y ha sido, para mí, pivote para muchas reflexiones.

Creo que en la vida hemos de aprender el arte de descifrar la realidad, lo que vale tanto para el ser humano corriente como para el científico.

Me pareció hermosísima tu metáfora del mar como la inmensidad de un agua sin orillas; se ve que siempre estuvo ahí, ante tus ojos, junto al banco de arena que defendía las pequeñas embarcaciones, que se mecían en la ría, del salvaje oleaje del mar; así exactamente fue como he sentido a las islas Cíes y de Ons, cuando llegué a vivir en esta Galicia maravillosa; las sentí como si fueran especies de murallas, puestas por la naturaleza, para defender las rías de Vigo y Pontevedra.

Y evoqué con ternura nuestros fogones de tres piedras, un elemento que casi había olvidado, pero que siempre estuvo ahí en nuestros paseos de la infancia, para servir de asiento a ollas llenas con los ingredientes de nuestros ricos sancochos: las carnes de cerdo y pollo, la papa, la yuca, el plátano verde, que no es banano, y la inolvidable arracacha, así su nombre suene un tanto feo y cacofónico.

Lo mismo me sucedió cuando mencionaste la palabra hachuela de hierro, instrumento en la cocina de mi casa paterna, que conservé hasta hace poco, hasta que se fue oxidando ahí, en el árbol del olvido.

Y me encantó ver en tus personajes la gesta del nacionalismo puertorriqueño, con sujeos tan bellos como Sazules y el padre Quintana, todo un puntal en la formación de esos muchachos aventureros, llevados por la fuerza de las circunstancias a una vida de riesgos y de acciones non sanctas, aspecto que uno termina por perdonarles.

¿Qué otra cosa podían hacer cuando se les negaban todas las oportunidades?

Este es un asunto que no deja de parecerme muy doloroso y no entiendo cómo en nuestro mundo contemporáneo.

Y eso de que Estebanía tenía una aureola propia, me recordó la emoción de mi primera esposa cuando oyó a una compañera mía de estudios, hoy gran investigadora de la malaria en Colombia, casi a la altura de Patarroyo, pero con menos vitrina, nos hablaba de alguien que tenía luz propia.

Y también tuve que buscar en la enciclopedia qué quería decir jataca y jubón pues no eran palabras que tuviera en mi léxico mientras me deleitaba con las partes de los barcos, cosa muy desconocida para mí, hombre del interior del país, que apenas conoció el mar a los ocho años de edad.

La lectura de tu novela fue para mí todo un estudio de náutica; tampoco tenía idea de qué era una vela de cuatro puños, aunque estuviera en la carátula de tu libro.

En fin, Riggin, tus leyendas y aventura me parecieron increíbles; veía en Sazules y sus amigos, la fuerza del héroe romántico, casi no podían soltarla, cosa que me ha pasado con pocos libros.

Que recuerde me pasó con Cien años de soledad, los cuales me atraparon con su mundo de magia cotidiana, en las tierras calientes macondinas; me permitía toda esa otra gesta garciamarquianas, vagar con la imaginación durante unas vacaciones de una Semana Santa, en las que por alguna razón debía permanecer en casa, era como si Melquíades o alguno de los coroneles me hubieran tomado de la mano para hacerme saltar a un mundo alucinante.

Esa experiencia volvió a sucederme con El último encuentro de Sándor Márai y ahora con Cuadernos de la guerra y otros textos, de Marguerite Duras, textos que han logrado arrebatarme de mis metódicas rutinas de lectura, gracias al delicado y justo manejo que la escritora francesa da a las palabras, que nombran tanto la vivencia interior de la autora, como las realidades que están ahí afuera, como los transeúntes que pasan al lado de su ventana o la portera que arrastra el cubo de basura, en medio de protestas por sentirse demasiado presionada por los clientes que habitan el edificio.

Un abrazo para ti y para Joan, de este pariente que te quiere,

Jesús

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