jueves, 17 de noviembre de 2011

Dos “carajitos” para la mesa dos

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Nada queda ya de tu casa natal... sólo telarañas que...”.

“Es cierto, la vida es un tango pero hay que saberlo bailar, dijo con tono profético Sebastián, desde su enrulada y negra cabellera, cruda envidia del pelado “Garrafa”, que no le pierde la pista ni cuando se da vuelta para pedir otra copa en el bar.

Una fijeza hipnótica y la primera deducción que viene de esa imagen, es la sospecha que si lo sorprendiera dormido, habría un trasplante menos que realizar, en la larga colección que se anuda en la puerta de cualquier hospital, si es que existe más de uno en condiciones de practicarlos. Casi como anuncio de ese tiempo de inicios de milenio.

“¿Que le pasa a tu casa natal?”, fue la tímida consulta que llegó del otro extremo de la mesa y provenía de “Chiquito” Princes, que nunca llegaría a reyes, según sesudas cavilaciones de Luis “Chapita”, formuladas después del Gancia con Fernet y una sólida porción de mortadela que –para él- es “jamón del medio”.

“Que nos tenemos que ir más rápido que corriendo”, amplió Sebastián y el tono oscuro de su piel viró, levemente, al rojo. Una bronca que se avecina y nace -antes-, en el medio del mar; en este caso su mar –de fondo-, llegaba del porrón de barro de ginebra, una reliquia de otros tiempos y casi tan difícil de hallar, que la gente de Sotheby´s ha tendido sus redes para la próxima subasta del 10 de noviembre, porque la tradición es la tradición... piensan los ingleses.

“¿Y porque se tienen que ir?”, deslizó “Chiquito, asomado al borde la mesa.

“Para hablar tenés que pararte”, hostilizó “Garrafa” - solo por los gases - en el bautismo ceremonial que el grupo dispuso para él.

“Porque se vencieron todos los plazos, se vencieron”, replicó Sebastián, con las fetas ausentes de un sandwich, según el cómodo léxico que se cultiva en Don Orione, frontera mediante con Claypole y Calzada, tierras de gente brava y dispuesta a mudarse, cada vez que se vuelven maoistas y mueven los límites, pasándose de un lugar a otro más cerca de “Perdón” - Presidente - que nunca.

“¿Y que van a hacer?”, insistió pesadamente “Chiquito”, al parecer no tan bien informado como el resto, silencioso y lúgubre, ante la perspectiva aceptada.

“Por ahora mudarnos pero no se donde, hasta ahora, lo cierto es que se acabó el tiempo”, farfulló “Seba”, con el desconcierto pintado en la cara.

Luego de una pausa cargada de presagios, cada uno y como si el resto escuchara, estalló en comentarios generando el caos nunca bien ponderado.

La gente suele pensar por los otros y deduce, que escucha sobre lo que el mismo piensa y como por su parte, el interpelado hace lo propio con el interlocutor, cada uno emite su discurso y se va con la serena complacencia de suponer que él o los demás, han escuchado.

De allí se extrae la mejor versión de la Torre de Babel, en el tercer milenio, que se puede disponer y está a la vuelta de la esquina y las mejores intenciones. Un asco total.

Yon y yo volvimos al bar “Macanas” que los fines de semana muta en bailable, para rescatar a Sebastián. Lo hicimos a bordo del Alfa gris y, nos sentamos en mesas separadas, para disfrutar del espectáculo; luego de una discreta seña jugamos a la discreción.

En ese lugar era difícil saber que elegir y tomar, pese al aspecto de ramos generales que ofrece a primera vista. Yon luego de pensarlo un segundo y en un gesto quijosteco, presuntamente medieval, pidió grapa de uva, por supuesto una para cada uno y musitó “nos vamos a tomar dos carajitos´”, me quedé mirándolo absorto por la contaminación que avanza a gran velocidad y amenaza con destruir el sistema neuronal, que ha quedado con vida. No obstante y como cuadra a un caballero respetuoso, que soy, hice silencio interrogante, enarcando la ceja izquierda.

“Se toma en el norte de España y es bueno para el frío” anunció lacónico, en tanto anular e índice indicaban que, además, llegarían dos cafés.

Mi curiosidad progresó moderadamente, mientras aguardaba y el espacio me dio tiempo para recorrer el local, repasar la razón de nuestra estancia en él y resignar, una vez más, a la paciencia -pobrecita- que se requiere para entender el mundo misional de Yon Eibar.

El lugar seguía poblado de voces destempladas. El mozo, eso sí limpio en su librea blanca, dejó su carga sobre la mesa, recelando de nuestras intenciones cuando advirtió que Yon colocaba –atravesada- una cucharita sobre el pocillo, instalaba sobre ella el mítico terrón de azúcar y derramaba una generosa porción de la copa con grapa, dentro del recipiente para culminar, encendiendo un fósforo - aparecido de la nada -, e incendiar el pocillo.

“Cuando se apague, el alcohol queda eliminado”, anunció el vasco en tono didáctico, casi intimista. Era cierto. Concluida la exhibición pirómana, me aproximé -receloso- al pocillo ante la alentadora mirada de Yon.

El sabor de la infusión había cambiado radicalmente - con perdón de la palabra -, un fuerte gusto a uva le otorgaba una atrayente dosis de misterio, aunque luego de dos sorbos, uno dedujera que dos carajitos seguidos, eran casi un pasaporte a la borrachera, sin alcohol.

Me quedé saboreando y aprendiendo la forma de beberlo que, sin sugerencias, él estaba mostrando. Convine en que cada día se aprende algo nuevo y devolví mi atención a la mesa vecina, seguro que el vasco, en algún momento me explicaría porque estábamos allí, en otra, siendo que conocíamos a los protagonistas, haciendo las veces de espectadores de una escena de abrume cotidiano.

“¿Y se van todos... no dejan a nadie afuera?”, algo ansioso, “Chiquito” consultaba al morocho, desde lo profundo de la silla.

“Por el momento no lo sé, pero si estamos todos en negro, me cago en la diferencia”, respondió Sebastián amagando con la retirada. Los otros se diluyeron, como siempre, en acotaciones inconducentes, más parecidas a un estado deliberativo rumbo al naufragio.

Seguí con la mirada, la mirada del vasco, sin descubrir indicios que me orientaran. No me dejó alternativas y procedí sin anestesia.

“¿Quien se muda y porque tanto barullo?”

La tonalidad celeste de su mirada incluía perplejidad y una cierta piedad, parecida a la que suelo hallar en la de la mujer dorada en ciertos momentos, “tu diario, idiota,”, me dijo palmeando mi mano derecha, suspendida con el pocillo y previsiblemente dispuesta a asumir la lluvia nunca púrpura, que mostraba el final que siempre llega, de una u otra manera, pese a mi asombro nunca tan inoportuno, sobre todo cuando se intenta quedar.

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