jueves, 10 de noviembre de 2011

El culto del conflicto ¿una política suicida? (a propósito de unas reflexiones de Mario Bunge)

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En un artículo anterior nos referíamos, de pasada, a esta maña de la izquierda en cuanto a intelectualizar la realidad, siendo -pienso yo- un resabio que nos viene desde lejos, pero principalmente desde la concepción hegeliana del mundo.

En tiempos no muy lejanos se pensó que la observancia correcta de las reglas de la lógica resultaba instrumento suficiente para arribar al descubrimiento de la verdad. Evidentemente, hay ideas erróneas, anticientíficas o acientíficas que se expresan, sin embargo, de acuerdo a determinadas reglas del discurso lógico, de tal suerte que si nos atuviésemos solamente a estas reglas, difícilmente podríamos conocer la verdad. Inclusive el movimiento dialéctico de las ideas, su apareamiento y superación, presupone la existencia de ideas verdaderas confrontadas con ideas menos verdaderas o falsas o semifalsas. Las cosas, en cambio, no son ni verdaderas ni falsas pues existen fuera de la conciencia e independientes de ella y además, nunca se expresan como algo acabado.

Por cierto que existe, para el caso, la metodología de veracidad, que incluye la práctica, el experimento o la observabilidad como una de sus bases.

Podemos agregar que el conocimiento no se agota en la exposición ni en la investigación (con resultar importantísimas), ya que es parte de la realidad objetiva y, por tanto, cambiante, obedeciendo a las conexiones que se hallan dentro y fuera de las metodologías y de las leyes del pensar, es decir, a los elementos sistémicos.

Cuando estábamos en la cárcel de Coronda, como puntualizaba Mao en su momento y como es ley entre nosotros, habíamos transformado a dicha prisión en una escuela donde se discutían arduos temas de lógica y de filosofía. Allí uno de mis compañeros, que luego sería catedrático en la Universidad de Rosario, planteó el tema de la dialéctica, recordando aquellas frases de Mao Tse Tung quien sostenía que las distinciones arriba/abajo, seco/húmedo, masculino/femenino, par/impar y similares ejemplificaban el concepto hegeliano de oposición y es más, repitió aquel ejemplo del agua que fría, caliente, helada o gaseosa daba el salto de una calidad a otra.

Yo rebatí esos conceptos, en primer lugar porque en Hegel la antítesis, al “contradecir” a la tesis, genera síntesis, mientras que la combinación de supuestos contrarios, tales como arriba y abajo, noche y día, resulta estéril.

Hace poco y a raíz de unas conferencias que Mario Bunge brindó en la Universidad de Pekín, escribió que, mientras leía un libro de George Boole en un tren que lo llevaba a Tucumán, comprendió que la dialéctica era una macana monumental. Y agregaba que saldó sus cuentas con la dialéctica en la ponencia que presentó en la reunión que celebró el Institut International de Philosophie en Varna, Bulgaria, en el verano de 1973. (Este trabajo está incluido en su libro Materialismo y ciencia, que Ariel publicó en 1980, pero había sido publicado fragmentariamente en Moscú, cuando yo estudiaba allí).

Mario Bunge planteaba que no era verdad que el conflicto fuese la madre de todo cambio. Aunque había y hay competición y aún conflicto en todas partes, la cooperación tiene precedencia, como lo muestra la existencia de los sistemas dentro y entre los cuales emergen conflictos. Más aun, el culto del conflicto es políticamente suicida, ya que el rol principal del administrador de todo sistema social, sea cabeza de familia, empresario o dirigente político, no es exacerbar conflictos sino resolverlos. Recuerden -concluía Bunge- que la desastrosa Revolución Cultural (1966-1978) fue justificada por la idea de que la sociedad china, habiendo resuelto sus principales “contradicciones”, corría el peligro de estancarse, de donde la necesidad de darle una descarga para que siguiera avanzando.

Admitan que las ciencias -continuaba Bunge- se han desarrollado fuera del cajón marxista y que la mayoría de los filósofos marxistas han desempeñado un papel reaccionario al rechazar casi todos los avances científicos de su tiempo.

Tenía cierta razón Lakatos -aunque no es santo de mi devoción- cuando decía que el marxismo del siglo XX debió correr tras de los hechos, y no los pudo alcanzar ¿Pero qué marxismo fue aquél?

Es verdad que Hegel elaboró un constructo mental extraordinario que se lee con gran placer y que como las grandes catedrales está lleno de oros y mármoles, obras de arte y piedras preciosas, pero sus naves están vacías. Y es cierto que muchos, en especial miembros de la escuela soviética, transformaron el corpus marxista en una serie de consignas acartonadas o hueras, pero de todas maneras buena parte de la responsabilidad la tuvieron los burócratas.

El truco de Mario Bunge está claro: rebatir desde la ciencia actual los planteos hechos hace ciento cincuenta años, cuando aún no se habían dado los descubrimientos científicos que hoy conocemos. De todas maneras hay algo que es irrebatible pese al paso de los años y se trata del desentrañamiento de los nexos y contradicciones del sistema, entonces ocultas y hoy en día visibles.

Y si bien es relativamente cierto que las ciencias en general se han desarrollado “fuera del cajón marxista”, lo han hecho en base a un materialismo quizá intuitivo pero que ha ido confirmando aquello que Carlos Marx y Federico Engels planteaban hace un siglo y medio. Mario Bunge, en su meneado “realismo” sólo actualiza -e insuficientemente a mi entender- el materialismo dialéctico del siglo XIX.

Walter Benjamin, en su tesis número nueve, escribía: “Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus novus. Se ve en él un ángel al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe de tener ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. Tal tempestad es lo que llamamos progreso”. Perdón, Walter, por enmendarte la plana, yo lo llamaría capitalismo.

La lucha de contrarios es evidente, quizá no como Mao Tsé Tung la planteara sino en mayor profundidad, pero los sistemas se mueven en base a contradicciones y por tanto la ley de unidad y lucha de contrarios sigue rigiendo, por ejemplo, en el sistema social. No se trata de rendir culto al conflicto sino que ese conflicto, en una sociedad dividida en clases, existe realmente y lo suicida, en todo caso, sería ignorarlo. Los luchadores por la justicia social, si podemos, lo tenemos muy en cuenta porque de él dependerán los cambios, y tratamos de resolverlo eliminando sus causas, nunca armonizando al zorro y las gallinas.

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