jueves, 10 de noviembre de 2011

El rostro del héroe

Armando Orozco Tovar (Desde Alegría de Pío, Cuba. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Todos los rostros de los muertos están muertos. Pero este tenía un aire secreto de dignidad a pesar de haber sido deformado por las bombas lanzadas sobre él como aerolitos del día final.

No todo rostro muerto así, refleja ese hálito de pureza y resolución, que casi nadie ve y que sólo descubre un poeta. Un rostro deformado sin la insignia simbólica de su barba de combatiente, que lució por largos años, la cual le permitía protegerse del viento, el frío y las alimañas.

No la portaba en el momento de morir, hasta el punto de parecer otro. Pero él era él, no otro. Aquel que llevaba largos años haciendo lo que pensaba con inteligencia y altivez. No tenía ese rostro mancillando la belleza del Che o de Jesucristo, después de haber sido ambos torturados y asesinados. Inigualables sus imágenes en la muerte por otros de similar linaje y propósito.

Pero este rostro poseía su propia hermosura. La que quisieron arrebatarle al presentarlo públicamente, quitándole todo su rango de dignidad. Poseía la serenidad del héroe, del que nunca arrió sus banderas. Del que no perdió la fe en su causa. Qué admirables son esos seres fieles a ellos mismos donde no media el interés material fuera de la lucha por la justicia.

Su rostro estaba en paz con él mismo y con los otros, porque sabía que su final sería morir con las armas en la mano. Su fusil lo acompañó siempre junto con sus libros, que leía en la oscuridad para que los fantasmas del cielo no detectaran sus luces entre las sombras. Estoy seguro que entre ellos estaba la Ilíada, la Odisea, El quijote, y como en la mochila rota del Che, algún poema de Neruda.

Otro rostro misterioso y vejado por sus enemigos, que apareció en los diarios a las pocas horas de su muerte en combate, fue el del padre Camilo Torres Restrepo. Este sí que tenía magulladuras por los golpes. Poseía esa santidad de los mártires, de los que son capaces de entregar su vida por los demás y que todo para bien cambie.

El rostro de este mártir de la guerra mostraba un camino de paz en la mirada de su único ojo, que le quedó. Una nueva ruta. Un nuevo comienzo.

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