jueves, 3 de noviembre de 2011

En el semáforo. (Reflexiones sobre el “otro modelo”)

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Es mucho lo que se ha discutido sobre el “modelo alternativo”. Entre quienes admitimos que el problema de fondo de la sociedad mundial es el capitalismo, una y otra vez llegamos a la conclusión de que se hace necesario construir “otro modelo”. Bastaría con entrar al supermercado y observar (la mujer que corre y corre metiendo la compra del día en el carrito abarrotado de productos instantáneos; el hombre que pide permiso en la cola porque en el banco le concedieron un brevísimo permiso para comprarse un refresco light; la cajera que mueve y mueve la mano entre la caja y las ofertas del “nunca podrás ahorrar más de lo necesario”) para asumir que esta forma de “vida” (la vida que no era vida) no tiene sentido. Vital es un cambio de “modelo”.

El indiferente, aquel que se deja llevar por los “hilos invisibles del destino” (los hilos que engordan la cuenta del maquinista), debería detenerse un brevísimo instante, justo cuando corre rumbo a la escuela en busca de los niños. Y de pronto, en medio de la loca carrera, se ve obligado a esperar en el semáforo que demora demasiado en rojo (porque la productividad del sistema depende más de las máquinas que de las personas). Ahí, justo ahí, en ese semáforo que ha sido testigo de tantos ir y venir en la ruta del sin sentido (y a más de uno ha visto rodar en la diaria competencia), el sujeto debería aprovechar la discriminación que la maquinaria hace de su tiempo (su vida) para plantearse qué mucho le podría beneficiar a él (que nunca piensa en los otros) el “otro modelo”. (El capitalismo, más que modelo, se ha convertido en la cultura que genera la reacción invisible de las personas).

A veces, cuando yo mismo participo en una de las tantas carreras (del supermercado al colegio y del colegio a la casa trabajo), el prolongado alto que me marca el semáforo me sirve para dialogar (conmigo mismo) sobre qué significa ese “otro modelo”. (¿Por qué no logramos construir ese “otro modelo”?). Y luego de las mil y una preguntas (las mismas que posiblemente se han hecho los otros inconformes de la lógica consumista), me sobreviene una interrogante un tanto más detallista (pero clave): ¿Por qué los gobiernos de izquierda no logran levantar (y legislar) ese “otro modelo”? Y en el semáforo (mientras contemplo a los corredores que desesperados deciden sortear la “sagrada” velocidad de los automóviles de última generación -“mala madre la que los parió”, dice un hombre a punto de infarto-, me respondo que, unas veces, la falta de voluntad, y otras, la complicidad de “gobernar” para rentabilizar la injusticia, determinan la continuidad del modelo capitalista establecido (y en vuelo directo hacia una forma de dominio superior). ¿Qué tan difícil sería legislar para que cambie la dinámica social? ¿Qué tan imposible sería, desde el gobierno, establecer otra relación entre el semáforo y el hombre? Si tanto la izquierda desea cambiar el mundo, ¿por qué desde los gobiernos que lidera no ejecuta políticas palpables que giren el rumbo del tren hacia una dirección contraria al desarrollismo? ¿Por qué no se cambia la concepción social en su movimiento minúsculo para que el “gran monstruo” pierda peso y costumbre? No puedo evitar, mientras aguardo mi turno en el semáforo, que me invadan las sombras de la sospecha. (¿Incapacidad o participación en las cuentas del drama?). ¿Por qué los llamados “gobiernos progresistas”, luego de que celebran los votos, no legislan el diseño de otra política de progreso? ¿Cómo podemos cambiar el mundo si no transformamos, en ley, la dinámica de las personas? ¿Por qué en los mandatos de izquierda todas las áreas de gobierno (educación, cultura, ambiente, economía, tráfico, defensa, comunicación) avanzan en el mismo sentido de la noción derecha-capitalismo? ¿Por qué el estado tiene que practicar la misma ley del “apetito voraz” que mueve el hambre insaciable de la gran corporación privada? (El funcionario público que dice “izquierda” y a escondidas trabaja sólo para su provecho es tan nocivo como el empresario que negocia su bienestar a cambio de la vida de los otros). ¿Qué pasaría si un gobierno cambiara los horarios, la concepción del ir y venir y la relación del ser con la madre naturaleza? ¿Existe en el mundo algún gobierno que no siga la línea abismal del desarrollismo? (Y alguna vez, en el semáforo, llegué a la conclusión de que tanto con la defensa como con el ataque que practicamos sólo sembramos el mismo modelo). ¿Llegará algún día el gobierno que sea capaz de diseñar la cotidianidad de ese “otro modelo” que camine en sentido contrario a la desaforada carrera?

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