jueves, 3 de noviembre de 2011

Gustavo Pereira, poeta de la Venezuela que tiene nombre de mujer

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

“La poesía es un servicio público” resaltó el escritor durante una entrevista cuando recibió el Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora, en su tercera edición.

A veces la vida se vive a plazos. Las facturas vencidas se acumulan y engendran dudas y fracasos. Pero hay otros días que nos sorprenden por su buen trato y es entonces cuando no quisiéramos despertar del sueño de vivir. La vida siempre es una guerra o un instante de tregua, un minuto que siendo deja de ser y que nunca, por nada del mundo, nos deja indemnes.

En cambio, otras veces, la indignación se suma a viejas heridas y entonces estallan las alforjas. Hay también derrotas de ahora y de siempre, resquicios y rendijas, hay palabras que juntas hacen hogueras para iluminar todo lo que está por hacer, por sentir y por vivir.

“Para sellar mi pacto con la vida / parto de las probables / raíces de mis huesos De lo que pudo / ser en mí corona / de lejanas espinas”, canta Gustavo Pereira, nacido en la Isla de Margarita, en 1940, en Somari para pactar con la vida.

La palabra de Pereira tiene del amor el compromiso con los sueños, con los suelos, con la tierra y sus gentes, él es esta Patria contradictoria, mineral, que baila tambores y canta noches estrelladas a la sombra de algún olvido. Él es de esos poetas imprescindibles, de esos que saben hacer el mundo nombrándolo.

Premio Nacional de Literatura (2001), Gustavo Pereira es un poeta que anda la vida sembrando versos y verdades irrefutables. Comprometido con el ejercicio de la palabra liberadora, divinamente humana, su obra es un canto a la vida y al amor en todas sus formas.

Doctor en Estudios Literarios, fundó el Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales, y el Centro de Investigaciones Socio-Humanísticas de la Universidad de Oriente. Entre otros premios ha sido reconocido con el Premio Municipal de Poesía de Caracas (1988), el Premio Fundarte de Poesía (1993), el Premio de la XII Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre (1997) y el Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora (2011), por su antología Los cuatro horizontes del cielo y otros poemas.

Gustavo Pereira, es poeta infinito, vivo en nuestras vidas y en los poemas que nos siembra. Divinamente humano en la cadencia y en el sonido que guardan sus versos, los que acarician el mágico susurro del viento en los árboles.

De versos y amores

Todo lo vivo, lo vivido, lo amado, lo sentido, lo deshecho... todo lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos se entreteje en los versos de Gustavo Pereira. En él la palabra es la dimensión del hombre, su exacta mirada del mundo, el latir de sus pueblos. Somos esto que somos, esto que anhelamos, esto que el poeta descifra en la página hecha verso, esta voz y todas las voces, todas las risas y todos los llantos.

“Cuando, como una esencia, bebo el jugo del vivir, doy gracias al árbol del fruto que como y a la tierra benigna que lo acuna y a las lombrices y las sustancias que nutren su savia. / Cuando un ser vivo muere otro ser vivo nace en mí. / Y en esta estratagema se construye la eternidad que soñamos” (Texto del sistema, fragmento).

Pero al poeta también lo mueve el amor y sus viceversas. Y aparece entre sus versos la mujer que contempla los ires y venires del mar golpeando las orillas. La caricia sabe a sal y a encuentro, tiene la textura de la arena tibia y sabe a gloria cuando doblega al poeta en la hoja. Allí un espejo, posible o imposible en los tiempos, un reflejo, un enigma...

Por eso dice, diciéndonos... “Para desnudar a una mujer no hace falta penumbra / ni pericia / ni astucia / De nada valen erudición destreza brusquedad / Ni siquiera sabiduría / (…) / Para desnudar a una mujer toda presunción es inútil / toda voracidad resulta amarga / todo discernimiento se vuelve melancólica penuria / Para desnudar a una mujer basta el instante / en el que el ciego misterio la envuelva y la estremezca / y restaure en su pecho la incordura / y sepulte su cuerpo en nuestros brazos”.

Son en fin sus palabras un mar mecido por el ir y venir de los tiempos y los pasos. Pereira trae devuelta los ritos urbanos, los entona y los hace saltar desde las cenizas y la voz transeúnte.

De dioses y humanos

En el poeta la palabra es también compromiso, es el mirar y mirarse, reconociéndose en el imaginario colectivo. Gustavo Pereira tal vez se sabe acompañado por todas las voces y todos los tiempos, las geografías se suman y estallan el papel que no es hoja suelta, sino hilo de la historia.

Está hecha de tendones, pasiones, sueños, dudas… de lo más divinamente humano, como si a través de la poesía, Pereira pudiera conciliar a los dioses con el tránsito terrestre, como si la palabra del más acá evocara las pequeñas y las grandes tragedias de éstos y todos los tiempos. El ser humano con su infinita carga de interrogantes y respuestas sin preguntar, se asoma también a los versos.

“Y cómo comprender estas miserias / este darse a los diablos / esta especial manera de cortarse / de amarrarse en pedazos / y entregar por entrañas las migajas / Yo no comprendo nada / Nada / Excepto que lo humano es la perpleja / condición del misterio” (Somari del que nada comprende).

Poesía del compromiso, de la Patria buena, del insomnio y de la duermevela, de la victoria, del canto, de la vida que nace y nos nace, y es que la palabra de Gustavo Pereira es para dejarse ir, viniendo.

Sobre salvajes

La poesía de Gustavo Pereira tiene mucho de encuentro y de memoria. Así también, sus palabras dibujan los decires originarios, se vuelve eco de lo que la historia de los vencedores ha intentado acallar, pero que en él se vuelve grito, voz enarbolada de presentes.

“Los pemones de la Gran Sabana llaman al rocío Chirîké-yeetakuú que significa Saliva de las Estrellas. A las lágrimas Enú-parupué que quiere decir Guarapo de los Ojos, y al corazón Yewán-enapué: Semilla del Vientre. Los waraos del Delta del Orinoco dicen Mejokoji (El Sol del Pecho) para nombrar al alma. Para decir amigo dicen Ma-jokaraisa: Mi otro corazón. Y para decir olvidar dicen Emonikitane, que quiere decir perdonar. Los muy tontos no saben lo que dicen / Para decir tierra dicen madre / Para decir madre dicen ternura / Para decir ternura dicen entrega / Tienen tal confusión de sentimientos / que con toda razón / las buenas gentes que somos / los llamamos salvajes”.

Fuente imagen: María Ramírez Delgado

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