jueves, 3 de noviembre de 2011

Los filósofos tempranos en Latinoamérica: Juan Crisótomo Lafinur

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Durante muchísimo tiempo la lógica fue una especie de instrumento, que algunos consideraban ajeno a la presencia humana, dado por los dioses para iluminar nuestro cerebro. Se tenía por cierto que la lógica del pensamiento era anterior a éste e inclusive, anterior al mundo objetivo residiendo en el “topos uranos”.

Otros la entendían como un método infalible para demostrar su aserto y conquistar así la verdad eterna. O si no, como un juego de ingenio pasatista e intranscendente.

Milenios después de su nacimiento, y cuando era evidente que ella se abría camino, ciertos filósofos la negaron tres o más veces. Otros, en cambio, aferrándose a aquel formalismo canonizado durante el tomismo -y que constituía una sutil manera de negarla también- erigieron a la lógica en verdad absoluta.

Naturalmente, el hombre, cuando razona, se atiene siempre a determinadas leyes, que son aquellas que le permiten, precisamente, razonar. Aunque, por otra parte, el hombre no siempre razona bien. Y lo que es más: la mayoría del tiempo no razona.

Las ruinas de Persépolis y de Babilonia están llenas de tablillas cuneiformes: casi todas contienen juramentos de amor. Dejando de lado los casos de enamoramiento o enajenación, ocurre a veces que intuye, sueña, odia, pide, ordena, canta, clama, duda, escribe, pinta, filma, televisa.. Últimamente se ha hablado bastante sobre los modos no conceptuales del conocimiento (intuitivo, místico, afectivo, psicotrónico).Por cierto que estas acciones no entran en el campo de la lógica formal, ya que escapan a lo que se dio en llamar recta consecuencia del razonamiento.

Pero, ¿quién podría afirmar que tales acciones no obedecen a una necesidad; actos que, por otra parte, son propios del ser humano y que, en algunos casos, poseen una lógica? El hombre avanza desde lo desconocido, desde lo subyugante y aparentemente ilógico. Como decía Einstein, lo más hermoso de la vida es lo insondable, aquello que está lleno de misterio. Es éste el sentimiento básico que se encuentra junto a la cuna del arte verdadero y de la auténtica ciencia. El motorcito de los descubrimientos es todo aquello que no tiene lógica y que surge por esa curiosidad que traemos desde el homínido. Por ella Pandora abrió su caja, con lo cual desafió a los dioses y se quedó con la esperanza, que en realidad era lo ilógico.

El misterio no reside tan solo en explicar cómo surgió y funciona el universo, sino en porqué, en virtud de qué necesidad natural e histórica, es precisamente tal como lo razonamos y lo vemos. El hombre tiende a negar aquello que es ilógico, o le pone magia o se lo atribuye a un dios para, de algún modo, tratar de explicarlo y explicárselo. Y en este sentido, como decía Carl Sagan, a medida que avanzamos en los descubrimientos queda menos lugar para dios Un monje budista japonés, afirmaba que Dios es un invento del hombre, por lo que la existencia de Dios es un hecho poco profundo. El misterio profundo –continuaba- es la existencia del hombre.

Volviendo al tema de la lógica, cierto es que un error lógico a nivel de la toma de decisiones puede llevarnos a la injusticia o a la muerte.

Muchos recordarán haber leído la relación de aquel incidente ocurrido en Grecia durante el juzgamiento de una cortesana llamada Friné. Sabido es que el tribunal de heliastas no razonó muy bien, pues la perdonó, pero no lo hizo por estar convencido de la inocencia de la acusada, sino porque ella mostró la opulencia de sus formas desnudas.

He aquí como las leyes de la estética pudieron más que las leyes jurídicas. El error lógico -por otra parte, bastante atendible- consistió en no seguir la recta consecuencia del razonamiento, confundiendo deliberadamente la belleza con la inocencia, como si no supiésemos que ambos conceptos no son idénticos y que, es más, ocasiones hay en que marchan en sentido contrario.

Inversamente a los conceptos del Derecho, en filosofía el hombre no puede ser condenado por la infracción a leyes que no conoce. Pero este desconocimiento puede ser mortífero.

A medida que se fueron desarrollando las fuerzas productivas, y por ende el homo sapiens tuvo una visión cada vez más profunda e integral del mundo, también hubo de enfrentar paradojas y hechos que lo llenaban de asombro. Por ejemplo, cuando utilizó el caballo y, más aún, al construir sus medios mecánicos de locomoción, sintió que a su paso se aceleraba una visión de los objetos como sin contornos precisos, con formas difusas, debido a la velocidad creciente. Por muchas razones, no era lo mismo observar al mundo de a pie que montado.

A lo mejor algunos de los pensadores de entonces se interrogarían acerca de si lo difuso era el objeto -un árbol, pongamos por caso- o lo era la visión. Otros pensarían que lo que se movía no era el observador, sino el árbol.

Sabido es que las contradicciones que surgen de analizar el movimiento apasionaron a filósofos desde siglos, ya que les resultaba imposible registrarlo en el pensamiento ateniéndose solamente a las reglas de la lógica tradicional.

Y al pasar de una velocidad de desplazamiento obtenida por los medios naturales, a otra que la superaba en mucho, la noción de las dimensiones, del tiempo y del movimiento iría variando.

Imaginemos que Roberto Luis Stephenson, a bordo de su locomotora a vapor, observaba aquel árbol de marras esfumándose al paso. Mas en tanto el viajero se hallaba realizando un tipo de movimiento, que podríamos llamar externo, ¿no se movía internamente el árbol?

No hay duda de que si fue semilla, y sería madera, tenía y tiene su propio viaje. Pero tal viaje, que podríamos denominar interno, ¿no lo sufría asimismo el viajero?¿Y cómo entender que, a un mismo tiempo, ambos se movían y estaban quietos, ya que mientras sufrían las transformaciones permanecían idénticos a sí mismos?

El árbol, es cierto, tenía un movimiento externo: cuando el viento lo desmelenaba y sacudía, o cuando sus raíces buscaban el hondo. Y a lo mejor, hecho leña o madera, un día sería montado sobre aquel tren y emprendería un largo viaje.

Pero todos estarían contestes en que, cuando pasaron delante de él, quienes se movían eran la locomotora con Stephenson a bordo. Pensar lo contrario sería confundir la lógica del movimiento con las deducciones que hacía aquel que, viajando en tren, observaba a los costados de las vías un sinnúmero de árboles que a su parecer viajaba en sentido contrario. Y según sus particulares apreciaciones, aquellos árboles viajaban a una mayor velocidad que el propio tren, por lo que sacó sus conclusiones disponiendo que su viaje de vuelta debía hacerse en árbol.

La rigidez de la lógica tradicional, por otra parte, no podía conciliar los movimientos internos ni conocer su fuente, y tampoco podía explicar los movimientos externos, ya que, por ejemplo, el tren estaba y no estaba en un mismo punto cuando se hallaba de viaje.

Y menos aún entender que el propio viaje, como el viajero y su visión, las vías y la tierra en la que los durmientes se asentaban, debajo de su aparente quietud ocultaban procesos contradictorios, ya que al mismo tiempo que avanzaban, en la misma y exacta medida iban retrocediendo en su existencia. Y además, como es sabido, nuestra visión también variaba en relación con el tiempo

La lógica revolucionaria

Problemas de la lógica fueron analizados desde temprano en nuestro país, preocupando a los pensadores revolucionarios. Si bien fue Chorroarín quien dictó en 1783 una conferencia sobre lógica en el Colegio de San Carlos, Manuel Belgrano dio un impulso importante a esta disciplina al crear su Academia de Matemáticas dirigida por Lavaysse.

Esta Academia tenía por objeto la formación ideológica de la oficialidad y cuadros del Ejército del Norte, con el fin de conocer y llevar los fundamentos de la Ideología y los ideales de Mayo a todos los lugares donde las armas de la Patria desarrollaran su acción libertadora.

A la citada Academia concurrió el puntano Juan Crisótomo Lafinur, quien se había incorporado al ejército de Belgrano en 1814, luego de haber sido expulsado de la Universidad de Córdoba.

Corría el año de 1819 cuando el joven Lafinur aparecía en Buenos Aires -egresado de la Academia de Matemáticas- siendo el primer laico que ganó la cátedra de filosofía en nuestro país. Su incorporación al viejo Colegio Carolino -rebautizado ya por entonces Colegio de la Unión del Sud- provocó un revuelo que habría de ir acrecentándose a medida que aquel mozalbete de apenas 22 años fuera vertiendo una concepción de la lógica fincada en la ideología de la Revolución Francesa.

Para comenzar, decidió dictar sus clases en idioma vernáculo en lugar de hacerlo en el tieso latín de sus antecesores, y así en los claustros se escucharon enseñanzas vinculadas a la naturaleza de la razón.

Tal cosa era intolerable para quienes, como el Padre Castañeda (que se apodaba a sí mismo El filósofo Carancho) y otros, resistían la aparición de esos aires renovadores. De manera que así comenzó la persecución de Lafinur que culminó con su destierro, acusado de ateo y hereje, hasta llegar a su misteriosa muerte a los 27 años de edad en Santiago de Chile.

No obstante, dejó sus discípulos y seguidores, entre los cuales se hallaban Manuel Belgrano (sobrino del prócer), Lorenzo Torres, Ezequiel Real de Azúa, Juan Manuel Fernando de Agüero (autor de Principios de Ideológica, en 1822) y Diego Alcorta, de quien Paul Groussac publicara su Curso de Filosofía en los Anales de la Biblioteca Nacional.

Manuel Belgrano, cuando fundó la Academia de Matemáticas, tenía el propósito de capacitar a la oficialidad -como ya dijimos- para que sus cabezas estuviesen ganadas por las ideas libertadoras de aquel entonces. Comprendía bien que, como suelen decir los criollos, para librarse del lazo primero hay que librar la cabeza para luego hacerlo con los brazos.

Ya por aquel entonces, las matemáticas y la lógica eran vinculadas a la ideología de Mayo por Lafinur y otros pensadores de avanzada. No es extraño que siglo y medio después, durante las dictaduras militares, se prohibiesen las matemáticas modernas por subversivas.

Si comenzamos por la definición de la lógica que daba Lafinur, comprenderemos cuál era su punto de partida. Decía éste que la lógica es aquella parte de la filosofía que enseña al hombre a hacer buen uso de su razón y da reglas seguras para hallar la verdad. Es cierto -continuaba- que no hay hombre, por rústico que sea, en quien no brille esta facultad de raciocinar por el uso más o menos reglado de su entendimiento, y a esto llamamos lógica o dialéctica natural.

Lafinur señalaba, pues, que en todo hombre existe la facultad de raciocinar, de conocer la realidad objetiva a través de la razón.

Para Lafinur, las cosas cotidianas y comunes que nos fuerzan a resolver los problemas de subsistencia aparecen con una lógica indiscutible, y requieren de nosotros el manejo de sus elementos. Y lo mismo ocurre cuando estudiamos la actividad de los planetas o lo hacemos con los pequeños organismos; el estudio discurre de acuerdo a las mismas leyes generales. Para descubrir misterios de las altas montañas o de las profundidades (no importa a qué disciplina se ajuste el conocimiento) había que atenerse a un método, a diversas formas y leyes del razonamiento.

Naturalmente que una cosa es el proceso lógico del pensar -y que es preciso respetar para lograr hacerse entender- y otra cosa son las ideas e ideologías expuestas. Hay que distinguir entre el proceso de cómo surgen y se forman, del proceso por el cual estas ideas desempeñan un papel frenador, transformador y/o movilizador. En aquellos tiempos la intelectualidad de la incipiente burguesía era revolucionaria, jacobina. En los tiempos actuales, la burguesía es enemiga acérrima del pensamiento, cuando éste se ajusta a una realidad que no le conviene.

Pero también, uno de nuestros pecados de izquierda ha sido el de intelectualizar al mundo y querer reformarlo desde la razón o de las razones, pues como hemos visto en trabajos anteriores, los nexos y relaciones existentes en la realidad son enormemente más ricos y profundos que cualquier idea que tengamos de ellos. Recuerdo que se decía que si la teoría no coincidía con los hechos, tanto peor para los hechos, pero como también escribía Carlos Marx, los hechos son testarudos.

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