jueves, 10 de noviembre de 2011

“Los idus de marzo”: El lugar de la ética en la política

Jorge Zavaleta Balarezo (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hoy por hoy, la política -en todo el mundo- no es más aquella entelequia teorizada alguna vez por Platón, Hobbes o Maquiavelo. La práctica política carece del alto espíritu que aquellos cimeros pensadores imaginaron para ella, para el acto de gobernar e impartir justicia.

Los malos ejemplos saltan a la vista en todo el orbe, los gobernantes, elegidos democráticamente o solo sátrapas que se enquistan en el poder, no son más que una expresión caótica, decadente, de lo que el propio mundo posmoderno y posneoliberal nos ofrece como elementos que lo conforman: esa falta de convicciones que aterra, esa ausencia de discurso, esa demagogia que suma generalidad tras generalidad.


En este contexto, tan familiar, “Los idus de marzo”, de George Clooney, narra una historia que no está ni siquiera muy lejos de la podredumbre moral que reclama para sí la política coyuntural, y que encuentra en un sensible “incidente” el motivo para acercarnos a ese ambiente en el que justos pagan por pecadores, unos se lavan las manos y otros hasta sacrifican sus vidas con tal de que un omnívoro y poderoso sistema siga en marcha, contra todo y contra todos.

Heredera, porque algo tiene de ellas, de cintas como “Los tres días del cóndor”, de Sidney Pollack, “Network”, de Sidney Lumet, y “Todos los hombres del presidente”, de Alan Pakula -las tres, célebres cintas de los años 70- ,“Los idus de marzo” también se fija en los intrincados hilos que manejan una campaña política y que, más temprano que tarde, descubren las omisiones y las faltas de un candidato demócrata a la Casa Blanca quien tiene un peso enorme sobre su conciencia. El problema, ético por supuesto, es que a él no le importa esta carga. Y allí es donde Clooney incide, después de habernos mostrado por un buen momento los pormenores y detalles de las relaciones que establecen y comparten asesores de imagen, periodistas, o simples miembros de los comités de campaña.


“Los idus de marzo” quiere plantearse a sí misma como una película idealista, en la que podrían evocarse, aunque lejanamente, las obras de un maestro como Frank Capra, léase “Caballero sin espada”, por ejemplo. Pero, en tanto intenta esa filiación, que le daría prestigio y la enmarcaría dentro de una corriente liberal de pensamiento, en realidad la película, pese a todos los riesgos que intenta cubrir, no alcanza el último, definitivo aliento, porque cae en la anécdota más que en el logro puntual.

Así, esos “idus de marzo”, como los que acompañaron la muerte de César, y a los que volvió un escritor como Thornton Wilder, son en la película de Clooney los días de un mes de marzo de incansable campaña, de la lucha en las primarias en Ohio, de las grandes noticias en la televisión o los rumores en los pasillos. Clooney intenta mostrarnos los límites del sistema democrático modélico, sin que su obra necesariamente plantee una hipótesis. Aquella “democracia en América” -a la que Tocqueville dedicó un enjundioso ensayo, hoy clásico de la ciencia política-, en verdad hace agua por todas partes. Los intereses creados de los realmente implicados -los candidatos y sus asesores- o de quienes buscan notas con que llenar sus primeras planas, como la periodista encarnada por una madura y tal vez sexy Marisa Tomei, llevan al mismo incierto y, él también, putrefacto destino.


Aunque esta película naufraga en su toma de decisión, y falla por omisión, y no por exceso de expectativas, es bueno señalar que el trabajo de Phillip Seymour Hoffman y Paul Giamatti -dos de los mejores actores del cine norteamericano del presente- es más que correcto y los muestra en la piel de esos negociantes de la política, tal vez uno más amoral que el otro, pero ambos igualmente interesados en lograr la victoria.


“Los idus de marzo”, pese a las reservas señaladas, no deja de constituir una mirada crítica y dura hacia un modelo en cuyos logros parecen haberse basado otros sistemas en el resto del mundo. Ahora, viendo esta película, certificamos que esos “logros” no son más que una cortina de humo y que episodios como la invasión a Iraq o la administraciones de Bush y Bush Jr. tendrían, aún, mucho que explicar.

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