jueves, 17 de noviembre de 2011

Los negros también piensan…

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Ustedes pensarán que la historia que sigue no es verídica. Pues bien: ¡se equivocan! Va a suceder. O si queremos decirlo de otro modo, sucedió ya, en el futuro.

Quienes lean esto ahora podrán no creerlo. De todos modos, recuerden que el relato no es sino la transcripción casi literal de lo que nos contó un visitante del futuro en su misión hacia atrás en el tiempo. Fue cuando compartimos una bella excursión al Kilimanjaro que tuvimos ocasión de conocer la historia. Aunque suene a increíble, si nos fijamos bien en el significado histórico del hecho, no debería sorprendernos para nada. ¿Por qué? Pues… racismo ha existido siempre, ¿o acaso vamos a desconocer que hubo y sigue habiendo? Eso siguió igual por muchos años, también en el futuro inmediato del siglo actual.

Los acontecimientos que presentaremos ahora tuvieron lugar hacia la séptima década del siglo XXI. El personaje en cuestión tenía sobre sí la –sin dudas terrible– carga de haber sido nombrado el ciudadano número ocho mil millones. Decimos “terrible” porque para ese entonces la explosión demográfica aún seguía firme, y era consenso generalizado que “no era de buen gusto” seguir maltratando así al planeta con más y más nacimientos. René no tenía la culpa de ser ese número, pero eso no era cualquier cosa. Cuando nació, tuvo cierta notoriedad. Incluso su madre recibió algunos regalos y pasó sus minutos de gloria mediática; al tiempo ya nadie les recordaba.

Afrodescendiente –ya no se decía más “negro”, no era políticamente correcto–, nacido en Haití, pobre como el 90 por ciento de sus conciudadanos, la maldición de provenir del primer país de América que había osado independizarse de las potencias europeas allá por inicios del siglo XIX, seguía pesando. La decisión tácita de los poderosos de haberle hecho una cruz eterna a “esa sarta de esclavos que habían querido ser libres” se extendía ya por 250 años. El terrible terremoto del año 2010 que redujo el país prácticamente a escombros aún se sentía varias décadas después. La pobreza crónica era la factura pasada por los “desarrollados” a Haití por haberse querido sentir un igual; las consecuencias de ese terremoto eran un efecto de todo ello. Ser el ciudadano número ocho mil millones no hacía sino recordar continuamente la precariedad de su vida, de la de los haitianos, de los pobres del mundo en general.

Para el momento de la historia que vamos a contar, René vivía en Estados Unidos. Igual que durante todo el siglo XX, los afrodescendientes –o sea, la mayoría del país– seguían tan pobres y excluidos como siempre. Por tal motivo, era muy raro, casi imposible que un hijo de pescador, tal como él era, pudiera haber superado la mitad de la escuela secundaria. La universidad, por supuesto, seguía siendo un lujo inalcanzable. Pero de todos modos, como todo el mundo, tenía su teléfono móvil y su computadora. ¿Por qué esa difundida idea que teniendo esas cosas se “progresaba”? ¿Cuándo y quién inventó eso?

Era talentoso, sin dudas. Habiendo decidido irse ilegal a la alicaída ex gran potencia de Estados Unidos, que continuaba siendo aún un paraíso para muchos pobres del mundo, había aprendido el inglés en las calles de Nueva York. En menos de dos años lo manejaba casi a la perfección. Se ganaba la vida como podía. Siempre en forma legal; o, al menos, todo lo legalmente que su situación de indocumentado le permitía: sabía algo de reparación de equipos de computación, algo de cerrajería, y si las cosas venían duras, no le espantaba trabajar de ayudante de albañil, o de basurero, como había hecho el invierno pasado.

Era muy reservado. Hablaba lo indispensable. Y si podía, menos aún.

Cuando tenía 19 años –ya hacía 3 que vivía en el país del norte, siempre muerto de frío porque no podía desacostumbrarse al calor caribeño de su país natal– descubrió el ajedrez. La primera vez que lo vio jugar en una cafetería de dudosa reputación (dos viejos con aspecto demacrado, alcohólicos o drogodependientes seguramente), rió. Le parecía absurdo que dos personas pasaran tanto tiempo quietas con la vista fija en esas cositas que parecían muñequitos, calladas, sin mirarse. Pero eso mismo fue lo que lo entusiasmó: se comunicaban sin necesidad de hablar. Eso parecía interesante.

René era no sólo reservado: era introvertido, especialmente solitario. Él mismo no lo sabía de pequeño, pero su pasión pasaba por lo matemático. Quedarse horas resolviendo problemas numéricos lo llenaba de un gozo imposible de describir. Había llegado al extremo –para él absolutamente normal– de preferir concluir una ecuación que salir con una muchacha de su edad que buscaba cortejarlo.

En el ajedrez encontró un campo enteramente similar a lo numérico. Ahí podía pensar mucho, y pensar en silencio, hacer cálculos, dejarse llevar por la frialdad de las predicciones aritméticas. Descubrió ahí su verdadera pasión.

Sus maestros fueron esos viejos borrachos de las cantinas de mala muerte que frecuentaba. En sentido estricto, nunca recibió clases. Sólo escasas orientaciones, dadas de mala gana por gente que también había aprendido empíricamente el arte del ajedrez y que no sabían cómo transmitir lo poco que conocían o intuían. Así, a los golpes, fue adentrándose en un mundo que desde el primer momento que conoció sintió que lo atrapaba, que era para él como ninguna otra cosa en el mundo.

Su pasión por el juego-ciencia fue siempre en aumento. Con los escasos dólares que iba juntando adquirió su primer libro de ajedrez, que fue, además, el primer libro que comprara en su vida. De ahí en adelante, la pasión por saber siempre más de este juego lo llevó a devorar más y más libros. Él mismo estaba sorprendido. Las consultas a bibliotecas se le iban haciendo rutinarias, a punto que en la Biblioteca Pública de la ciudad, en la Quinta Avenida, ya era personaje conocido. Por internet, igualmente, consumía todo lo que podía.

En pocos meses ya estaba familiarizado con el nombre de las jugadas, había estudiado varias partidas célebres de grandes maestros y cada día iba descubriendo nuevos secretos. Alguien bastante entendido en el tema con quien jugó alguna vez –y a quien jaqueó con una suficiencia realmente digna de admiración– lo animó a participar en un concurso. Como ilegal que era, dudó si debía hacerlo. Volver a la pobreza crónica de su Haití natal lo espantaba. La posibilidad, muy remota sin dudas, pero posibilidad al fin, de poder ganar algún centavo con esta peculiar ocupación del ajedrez, lo animó. Su ocasional “mecenas” –un profesor universitario de arte– vio en René una potencialidad fuera de lo común. Fue él quien lo ayudó a gestionar su residencia.

Nuestro amigo haitiano en todo momento pensó que había alguna agenda oculta tras tamaña muestra de afecto; supuso que sería un homosexual que, finalmente, le aparecería con alguna propuesta difícil de sortear. Pero no fue así: la amistad genuina y la solidaridad, aunque especies en extinción para la segunda mitad del siglo XXI, aún existían. Los buenos oficios del Profesor Herkinsky se lo dejaron ver.

Con la residencia otorgada y los contactos que pudo empezar a establecer a partir de ahí, más la inestimable ayuda de Herkinsky, las cosas comenzaron a facilitársele. Participó en varios torneos de ajedrez, y en todos descollaba. Tenía un juego fuera de lo común: un conocimiento asombroso de los grandes maestros –memorizaba de un modo prodigioso jugadas que habían tenido lugar a principios del siglo XX por ejemplo, pudiendo introducirle variantes de una profundidad asombrosa– y un espíritu de ataque, una agresividad que dejaban atónito. Jamás jugaba a la defensiva; era un ofensivo neto. No eran infrecuentes, incluso con rivales ya de buen juego, fulminantes jaque-mates Pastor.

Cuando se fijó una partida con el por ese entonces campeón nacional de Estados Unidos, Edward Button, su fama ya era considerable en los círculos ajedrecísticos del país. Quiso la casualidad que el mismo día del evento –era una partida amistosa, no más que eso, no daba puntos para acercarse a disputar el cetro nacional– René se encontraba en una sala contigua a la de los organizadores, en el Madison Square Garden, ya bastante alicaído para ese entonces, utilizado más que nada para predicadores neopentecostales. Eran tres empresarios blancos. Como sólo lo conocían de referencia y no físicamente pese a haber organizado el espectáculo, cuando lo vieron pensaron que era algún muchacho de limpieza, por eso siguieron hablando con toda naturalidad. Los chistes racistas que escuchó René lo enardecieron. “Blanco con delantal blanco: médico; negro con delantal blanco: heladero”. Y cosas peores aún: “Blanco con automóvil de lujo: empresario exitoso; negro con automóvil de lujo: chofer…, o vehículo robado”.

Ya estaba acostumbrado a ese tipo de expresiones agresivas; pero esta vez, sintiéndose que era ya un ajedrecista hecho y derecho y que se le debía más respeto, no lo soportó. Los insultó entre dientes (porque no se atrevía a hacerlo abiertamente). Los tres rubios, petulantes y altaneros, lo escucharon, pero no quisieron reaccionar. Sólo uno de ellos, el más voluminoso, gordo de rojos cachetes y sonrisa burlona, socarronamente le pidió que le lustre los zapatos… “si tenía tiempo, claro…”. René, para evitar más problemas, prefirió salir de la escena.

Grande fue la sorpresa de los tres cuando momentos más tarde daba inicio la ceremonia de presentación de la partida. No podían creer que “el negrito ese” fuera la promesa de la que les habían hablado y gracias al cual iban a ganar buen dinero organizando este espectáculo. El ajedrez, igual que décadas atrás para el momento en que seguramente estarás leyendo esto, estimado lector, seguía siendo un juego bastante selecto. Pero para mediados del siglo XXI conocía un momento de esplendor, y merced a un muy logrado mercadeo, había pasado a ser producto de consumo relativamente masivo. Es por eso que estos inversionistas se dedicaban a organizar torneos del juego-ciencia; no generaban enormes fortunas como en la época de oro de Hollywood, pero sí interesantes ganancias.

Si bien la figura de René podría haberles sido una buena ficha a la que apostarle, el racismo pudo más. Rápidamente los tres, contrario a una sopesada decisión económica con cabeza fría, optaron por la rápida salida visceral. “A este pedazo de carbón aquí se le termina su carrera como ajedrecista” sentenció altivo el más grande de los tres. El triunfo con sabor a paliza que le propinó al campeón nacional Button no les significó nada. Hubiera podido ser el inicio de un muy buen negocio, pero los prejuicios étnicos se impusieron.

Efectivamente René empezó a encontrar obstáculos en su carrera. Luego del categórico triunfo sobre Button, quien reconoció luego el juego perfecto de su rival, y cuando todo hubiera hecho pensar que se le abrían puertas, contrariamente comenzó a ver cerrados los caminos.

Fue la intervención del profesor Herkinsky que lo salvó una vez más. Amante del ajedrez como era este buen catedrático, y muy respetuoso de los derechos de las minorías –como judío, en su hogar también había conocido lo que en siglos pasados su pueblo había sufrido–, sus buenos oficios consiguieron que en la universidad donde enseñaba se organizaran algunos torneos. Por supuesto que René era la sensación: no tenía rivales, y llegó a hacer partidas simultáneas de más de 15 tableros. Obviamente lo más que unos aventajados estudiantes de ajedrez lograron fue llegar a un decoroso empate el día en que René, en una demostración de dominio pleno de este arte, compitió contra 32 tableros simultáneos.

Si bien era cierto que la cuota de poder que tenían estos racistas empresarios era grande, la excelencia de René era más grande y espectacular aún. Tanto, que comenzó a abrirse camino por vías impensadas. Un noticiero de la televisión china, sabiendo de su calidad, le dedicó un especial de 10 minutos. Eso le cambió la vida.

La nota se difundió por todo el mundo con velocidad vertiginosa, e inmediatamente muchísimos quisieron conocer a ese “genio sin título de campeón”. La presión mediática fue grande, y también lo fue la de varias empresas chinas que empezaron a organizar certámenes para promocionarlo. La Federación Internacional de Ajedrez rápidamente tomó cartas en el asunto. El hecho de ser el ciudadano número 8.000 millones ponía una nota de mayor interés al asunto.

Décadas atrás, cuando Washington manejaba los hilos del mundo en prácticamente todo, algo así hubiera sido imposible; pero ahora, con su alicaído poderío, no tuvo más remedio que permitir esa injerencia. Tres representantes de la Federación llegaron a New York para conocer al prodigio.

Los deslumbró. Poco tiempo después, cuando se le midió su coeficiente Elo (la medida que se continuaba utilizando para conocer la destreza de un ajedrecista), sorprendió a todos con el puntaje obtenido: 3.114. Nunca jamás en la historia se había superado la barrera de los 3.000 puntos. Sabido esto, inmediatamente la IBM –en ese entonces propiedad de un consorcio chino-alemán– organizó una partida entre René y su más moderno y desarrollado programa computacional. Probado en varias demostraciones, ese programa había vencido ya a cuatro recreaciones de grandes campeones de la historia: Boris Spassky, Tigran Petrosian, Alexánder Aliojin (Alekhine) y el cubano Capablanca. Pero no pudo con René. Para sorpresa y admiración de todo el mundo, el haitiano –a quien ya querían nacionalizar estadounidense, porque lo veían buen negocio– derrotó al programa de la super computadora. Pero no sólo venció a la máquina: lo hizo con paliza demoledora.

Formalmente no tenía el título de campeón mundial; ni siquiera el de Estados Unidos, y mucho menos el de Haití. De todos modos, se arreglaron las cosas para concertar una partida con el por ese entonces monarca, el egipcio Abdul Al Rajá. De más está decir que fue una cómoda victoria para nuestro negro ajedrecista.

Ya en la cumbre de la gloria –pero siempre manteniendo su humildad; por lo pronto nunca compró auto propio, sólo andaba en bicicleta–, campeón del mundo y reconocido como “la más deslumbrante inteligencia ajedrecística de la historia”, alguna vez quiso reencontrarse con los promotores que se habían burlado de él en el Madison Square Garden el día de aquel encuentro amistoso con Button. En particular, con el que le había pedido que le lustre los zapatos, el gordo de los rojos cachetes. Su posición actual le permitió darse ese “lujo”.

Cuando finalmente se concretó el encuentro, el empresario en cuestión llegó pidiendo perdón, tratando de explicar que “lo de aquella vez había sido un malentendido”. Enorme fue su sorpresa cuando René le preguntó con qué pie quería comenzar. Ante la mirada atónita del rubio grandote, el ajedrecista sacó una franela y una lata de pomada disponiéndose para empezar el lustre. Nos contó nuestro viajero del tiempo que, según se dijo en ese entonces y fue motivo de mofa por varios meses, el empresario rompió a llorar y no se le ocurrió otra cosa que agregar: “los negros también piensan”.

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