jueves, 10 de noviembre de 2011

Nuevo libro “resucita” al personaje: La Violeta nuestra de cada día

Fernando Barraza (Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

En este renacimiento jubiloso de la artista, que ha irrumpido con fuerza este año, la obra de Jorge Montealegre, rescata a la verdadera Violeta Parra, más allá del recuerdo dulzón del sistema. Entendemos el temor que le tenían los poderosos y por qué una de las primeras medidas de la dictadura fue cambiarle el nombre a la población que llevaba su nombre. Trasgresora, consecuente, rebelde, visionaria, indomable, genial y provocadora, Violeta se instaló definitivamente en el imaginario popular y habita cotidianamente entre nosotros.

“¿Porqué no te levantas de la tumba,
a cantar, a bailar, a navegar en tu guitarra?
Álzate en cuerpo y alma del sepulcro
y haz estallar las piedras con tu voz,
Violeta Parra.”

Nicanor Parra, Defensa de Violeta Parra

A 44 años de su suicidio en la carpa de la Reina, aquel fatídico 5 de febrero de 1967, Violeta ha aceptado el ruego de su hermano, y está haciendo estallar las piedras de Chile con su presencia. Películas, libros, foros, homenajes, exposiciones, la genial artista está presente y vigente en todos los rincones, no sólo con su mensaje premonitorio, sino con el testimonio de su vida, en que la palabra claudicación nunca figuró en su vocabulario.

Esta especie de epifanía que vive hoy Violeta Parra no es simplemente admiración, ni mucho menos nostalgia. Los liceanos quinceañeros que repletan las calles desde hace seis meses, exigiendo educación y justicia para todos, aunque nunca la conocieron, saben que ella está vigente y que, visionaria, los describió con admirable antelación: “Me gustan los estudiantes / porque levantan el pecho cuando les dicen harina / sabiéndose que es afrecho / y no hacen el sordomudo / cuando se presenta el hecho / caramba y zamba la cosa / el código del derecho.”

Una nueva obra del poeta y periodista, Jorge Montealegre, “Violeta Parra, instantes fecundos, visiones, retazos de la memoria”, de la colección Grandes de Chile, del sello Editorial de la Universidad de Santiago, que se lanza en estos días en la feria del Libro, más que adentrarse en lo biográfico, apunta a la razón de ser de la Violeta: “No la conocí personalmente, pero para mí ella es un lugar de memorias también personales. Leí sus escritos, escuché sus canciones y, especialmente, me dediqué a observar sus pinturas, arpilleras y figuras en papel maché, le pedí a las imágenes que me hablaran de ella, de su infancia, de sus ideas, de sus instantes fecundos, de la risa y el llanto. Me nutrí también de lo escrito y dicho por sus parientes inmediatos (Ángel, Isabel, Nicanor, Eduardo, Roberto), reservándome el derecho a una aproximación personal que interpretara más su obra que comentar sus avatares biográficos”.

Montealegre destaca la relación de Violeta con su pueblo: “Ella representa una obra integral donde la plástica, la literatura y la música conforman una sola gran obra que, siempre, la completa el público. La gran conexión de todo es la utopía de la carpa donde se junta el arte con la gente: el canto de todos. Violeta es una visionaria que, incluso después de su muerte, fue percibida como un símbolo peligroso para los poderosos. La veo presente en ausencia. No olvido que una de las primeras medidas de la dictadura fue cambiar el nombre de la Población “Violeta Parra”.

Violeta, visionaria y política

Como todos los genios, Violeta nació adelantada a su tiempo, y quizás por eso, ahora vive de nuevo, como lo consigna Montealegre en su libro; “Tras la derrota de Allende, en 1964, en una carta a su gran amor, el suizo Gilbert Favre, ella le cuenta: Todos los allendistas tenemos pena. Tres años después, en su funeral Salvador Allende encabeza el cortejo, Violeta no sabe lo que pasará después, no sabe que antes de morir, el presidente, en su despedida, se dirigirá a “aquellos que cantaron”, no sabe lo que pasará con Víctor Jara, con René Largo Farías, con sus hijos, sus amigos y seguidores, entre ellos, los habitantes de la población Violeta Parra.”

Jorge Montealegre sólo tenía trece años cuando la artista se suicidó y, en su libro, la nombra como “la señora Violeta” y subraya las intuiciones que laten en su obra: “Desde 1967,se suceden acontecimientos reveladores de su adelantamiento, Cuando fallece la señora Violeta, no había muerto el Che Guevara, ni estallaba la revuelta estudiantil de mayo del 68 en París, ni la reforma universitaria en Chile, ni la masacre de Tlatelolco, ni el primer festival de la Nueva Canción Chilena, ni se hablaba de la Teología de la Liberación. Y pasarán muchos años, para que la llamada causa mapuche pase a ser un tema candente. Es visionaria. Al menos hay una canción o una pintura que se conecta subjetivamente con cada uno de esos acontecimientos.”

Cuando en 1970 triunfa Salvador Allende, a quien Violeta había apoyado siempre, el canto comprometido alcanza un protagonismo destacado, tal como lo recuerda Víctor Jara, en una entrevista de “El caimán barbudo”, en La Habana, en marzo de 1972: “Decíamos una verdad no dicha en las canciones, denunciábamos la miseria y las causas de la miseria, le decíamos al campesino que la tierra tenía que ser de él, hablábamos, en fin, de la injusticia y la explotación. Como todos los medios de información los manejaba la derecha, nos pusieron el apelativo de políticos, para no darnos cabida en ellos. En la creación de este tipo de canciones, la presencia de Violeta Parra es como una estrella que jamás se apagará.”

Montealegre sostiene que, a menudo, tratan de distorsionar su mirada: “En su queja por el trato de la prensa conservadora, “Ellos quisieran que fuera solamente cantante”, hay una reivindicación de su mirada: ni solamente artista, ni solamente política, ni solamente folclorista. Reducirla va contra su naturaleza: ella es única porque es múltiple en la construcción de una obra integral, coherente y profundamente valórica. Rompe esquemas, porque todo es urgente y no hay tiempo que perder, en la vida, en el arte, en la política.”

Un lugar de memoria

Aunque habían pasado seis años desde su desaparecimiento, la dictadura se empeñó desde el primer día en borrar su nombre del mapa. El 2 de octubre de 1973, El Mercurio informa que la población Violeta Parra,ahora pasará a llamarse Luis Cruz Martínez: “como una manera de hacer justicia a los valores propiamente nacionales y poner término a las designaciones políticas.”

Atinadamente, Jorge Montealegre entiende que este hecho no es trivial: “el nombre de un lugar es parte del imaginario colectivo y un elemento de identidad., es parte de la memoria en construcción de la comunidad que habita ese nombre y el significado de quien lo encarnó. Habitar un lugar llamado Violeta Parra tiene un sentido para los pobladores que eligieron ese nombre. Por ello, es de una enorme violencia cultural el hacer desaparecer simbólicamente a quienes estando ya ausentes físicamente, están presentes en el afecto colectivo. El nombre es un lugar de memoria, un punto de encuentro, que remite a la historia de la localidad y al nombre de la persona con que se designa el sitio, en este caso Violeta Parra.”

Lo que el fascismo no entiende es que la memoria no se puede matar: “Tarea imposible, porque más allá de su musica, de sus pinturas, de sus arpilleras, el solo nombre Violeta Parra es un lugar de memoria. Solamente nombrarla es un discurso. Cada cosa, cada artefacto cultural es un lugar de memoria: las casas de los Parra fueron allanadas. “Escondimos libros, discos y cintas de música, también las arpilleras de mi abuela”, cuenta su nieta,Tita. El acto de esconder para conservar y mas tarde,al desenterrar, rescatar, se redescubre, se re-valora y significa la evocación que trae cada objeto y el nombre de la cultura que ya es parte de nuestra familiaridad cultural.”

Presente siempre, aun en la ausencia.

Montealegre constata que después del Golpe Militar de 1973, surgen miles de situaciones que ilustran la presencia de Violeta Parra en el corazón de las víctimas y los pueblos y recuerda un episodio del que fue testigo, cuando estuvo prisionero, a los 19 años,en el Estadio Nacional: “En noviembre de 1973, los presos políticos del Estadio Nacional se forman para ser trasladados al campo de Chacabuco, una salitrera abandonada en el desierto de Atacama, Un helicóptero sobrevuela la pista de cenizas. Entre los presos está Ángel, el hijo de Violeta. “Manos en la nuca, comunistas de mierda” Mientras los presos políticos avanzan penosamente, un grupo de presas políticas canta “Run run se fue pal norte”. Se escucha como un himno, era el canto de todos. Musitado por las mujeres, en ese momento, era un acto de arrojo, un atrevimiento.”

Poco tiempo después, al llegar al campo de concentración de Chacabuco, Jorge Montealegre es testigo de otro suceso conmovedor: “El comandante del campo nos recibe brutalmente y nos ordena que nos desvistamos. Se ensaña con Ángel Parra y Mario Céspedes. Al primero le advierte soezmente que era el tiempo de las verdaderas canciones chilenas, como aquellas de los Huasos Quincheros. Al segundo le advierte que debe enseñar “La verdadera historia de Chile”. Ahí estaban, humillados en medio del desierto, un hijo y un amigo de Violeta Parra. Ella estaba en la atmósfera. Y arriba quemando el sol.”

Sobre los méritos que según los militares, debía seguir Ángel para escribir sus canciones, lo responde su tía Hilda Parra: “cómo se le erizaba la piel a la Violeta cuando escuchaba cantar a los Huasos Quincheros, esos impostores, decía, esos huasitos del Club de Golf, de tarjeta postal.”

Montealegre agrega: “la señora Violeta, afortunadamente, no vivió los pesares que trajo la dictadura, pero dejó su sensibilidad ante la prisión de otros artistas, como cantó, a propósito de la prisión del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros; “Mientras las demás aves / están bebiendo / el agüita que cae / del alto cielo / el prisionero bebe / duro tormento/ y lágrimas saladas / de sus recuerdos.”

El libro también nos entrega oros testimonios, como el del poeta Hernán Miranda, que a los 19 años, en 1961, colaboraba en el semanario “El Siglo”: “Violeta estaba internada en el Hospital San Juan de Dios y había que fotografiarla. Estábamos en febrero, con mucho calor y había poca gente en la redacción, y yo estaba dispuesto a ir adonde me mandaran. Cuando llegué a la sala común, ella se puso contenta y posó para la foto. Tenía la guitarra al lado de la cama, la tomó y se puso a cantar, me cantó una canción.” Montealegre destaca que, pese a que Miranda era joven y desconocido, Violeta le ayudó a cumplir con su tarea (“ella decía que “El Siglo” era el diario donde uno puede desahogar sus dolores”)

La propia Violeta aclara su postura: “el canto de ustedes que es el mismo canto / y el canto de todos, que es mi propio canto.”, como también se lo había dicho a René Largo Farías, pocos meses antes de morir; “estoy muy contenta de haber llegado a un punto de mi trabajo en que ya no quiero hacer tapicería, ni pintura, ni poesía, así sueltas. Me conformo con tener al público en la carpa, cerquita de mi, que yo pueda sentir, tocar, hablar e incorporar a mi alma.”

Para Montealegre, la unidad de su obra es evidente: “La indignación ante la pobreza (“Arriba quemando el sol”) o la esperanza revolucionaria (“Me gustan los estudiantes”) no excluyen temáticas amorosas, íntimas y de contemplación de la naturaleza (“La mariposa”, “La jardinera”). Todos sus yoes tienen libertad de expresión. Se sabe múltiple, que hace una obra de obras y tiene su proyecto de síntesis: “yo creo que todo artista debe aspirar a tener como meta fundir su trabajo con el contacto directo con el público.”

Aunque de pequeño formato, el libro de Jorge Montealegre no es uno más en la ya nutrida bibliografía sobre Violeta. Trasciende lo anecdótico y se adentra en el sentido profundo de la artista genial. Lo que no es poco...

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